Nutri-Score ¿Una herramienta para facilitar elecciones más informadas en el supermercado?

En España, el uso del Nutri-Score no es obligatorio, pero eso no ha impedido que cadenas como Carrefour, Eroski o Alcampo lo utilicen de manera extensiva en sus marcas propias. No se trata de un etiquetado transversal ni equitativo, sino de una aplicación selectiva, donde solo se muestran las puntuaciones favorables.

  • En teoría, Nutri-Score nació como una herramienta para facilitar elecciones más informadas en el supermercado.

Con una escala que va de la A a la E y colores del verde al rojo, su promesa era sencilla: ayudar a los consumidores a comparar productos de forma rápida. Sin embargo, la realidad muestra que esta etiqueta, lejos de empoderar al comprador, se ha convertido en un recurso estratégico de marketing, impulsado y, en muchos casos, impuesto por los grandes supermercados. Lo que nació como un sistema voluntario se ha convertido en una práctica sistemática que beneficia principalmente a quienes deciden qué poner en las góndolas.

En España, el uso del Nutri-Score no es obligatorio, pero eso no ha impedido que cadenas como Carrefour, Eroski o Alcampo lo utilicen de manera extensiva en sus marcas propias. No se trata de un etiquetado transversal ni equitativo, sino de una aplicación selectiva, donde solo se muestran las puntuaciones favorables. Así, los supermercados logran destacar ciertos productos sin necesidad de modificar su composición o explicar los criterios del sistema. La letra en verde funciona como un sello de calidad percibida, aunque muchas veces esa percepción no se condice con una mejora real en el producto ni con una dieta equilibrada.

Además, el Nutri-Score ha generado un fenómeno preocupante: presiones sobre los fabricantes. Carrefour ha llegado a condicionar su relación comercial con proveedores en función de si adoptan o no el sistema. En palabras del propio retailer, “Carrefour incorpora desde hace mucho tiempo el Nutri-Score en su marca propia y lo recomienda a todos sus proveedores”. Este tipo de declaraciones, más que una sugerencia, revelan una estrategia de estandarización por parte de los grandes distribuidores, quienes actúan como entes reguladores sin tener el respaldo institucional ni la neutralidad que debería requerir una herramienta de salud pública.

El sistema, desarrollado originalmente en Francia, evalúa la calidad nutricional de un alimento a través de un algoritmo que pondera componentes “positivos” como fibra, proteínas y presencia de frutas o verduras, frente a otros “negativos” como el sodio, el azúcar o las grasas saturadas. Esta lógica simplificada permite que ciertos productos logren una calificación alta, aun cuando su composición global no represente necesariamente una opción adecuada dentro de una dieta balanceada. Por ejemplo, un producto que reduce el contenido de sodio o aumenta su aporte proteico puede subir su puntuación sin necesidad de modificar otros aspectos más relevantes para la salud a largo plazo.

Uno de los problemas centrales es que Nutri-Score valora productos individuales fuera del contexto de un patrón alimentario. Pero la salud no depende de lo que se come en un solo bocado o en una sola comida, sino del conjunto de hábitos que conforman la dieta de cada persona. Los alimentos no son, en sí mismos, buenos o malos; lo importante es la frecuencia, la cantidad y el entorno en el que se consumen. Una galleta, una bebida azucarada o un snack pueden tener lugar en una alimentación saludable si se los incorpora con moderación y en equilibrio con otras elecciones. La etiqueta, sin embargo, tiende a reforzar una visión reduccionista, dividiendo los productos en “saludables” o “no saludables” según una letra.

La aplicación del Nutri-Score por parte de los supermercados no sólo responde a una lógica de marketing, sino que contribuye a moldear el comportamiento del consumidor sin ofrecer información suficiente. La mayoría de los compradores no conoce los parámetros técnicos detrás de la calificación. Una “A” o una “B” puede interpretarse como una especie de garantía, cuando en realidad responde a una fórmula estandarizada que no contempla aspectos como el nivel de procesamiento, la calidad de los ingredientes, los aditivos o el papel del alimento dentro de la dieta diaria.

En este contexto, Luis Cañada, responsable de FITstore.es, advierte: “Estamos ante un algoritmo que no se sostiene por sí solo y cualquiera es capaz de manipularlo para pasar de pésimo a excelente. ¿Es eso lo que queremos como referencia para nuestras decisiones alimentarias?”. Cañada sostiene que es «trascendental» que los consumidores hagan la compra fijándose en las etiquetas nutricionales y no en los reclamos publicitarios de los envases, ya que esta información “no miente y demuestra qué compone cada producto”. Su mirada pone el foco en la necesidad de recuperar una lectura crítica de lo que consumimos, por fuera de las estrategias visuales que buscan seducir más que informar.

La desinformación se agrava cuando vemos productos similares con etiquetas diferentes dependiendo del país o del envase. Este desfase no es casual: las marcas pueden modificar levemente la fórmula de un producto o presentarlo en diferentes formatos para mejorar su puntuación. La consecuencia es que un mismo producto puede obtener una “C” en un país y una “B” en otro, erosionando aún más la confianza del consumidor. Esta disparidad revela la fragilidad del sistema y la facilidad con que puede ser manipulado en función de intereses comerciales.

Mientras tanto, los supermercados continúan aplicando el Nutri-Score como si fuera una política pública obligatoria, cuando en realidad es una decisión privada. Esta imposición silenciosa, sumada a la presión sobre los proveedores y la promoción selectiva de ciertos productos, convierte al Nutri-Score en una herramienta de posicionamiento comercial antes que un recurso educativo. En lugar de invitar a reflexionar sobre lo que se come, refuerza el consumo automático, basado en señales visuales que aparentan objetividad.

La paradoja es evidente: lo que debía servir para democratizar el acceso a información clara sobre los alimentos, termina siendo una herramienta para orientar la compra hacia determinadas marcas o formatos. En ausencia de una regulación clara, los supermercados asumen el rol de árbitros de la salud pública, decidiendo qué se etiqueta y qué no, según sus intereses comerciales.

La discusión sobre Nutri-Score no debería centrarse en cómo mejorarlo, sino en cuestionar su existencia misma como herramienta de clasificación nutricional. Su lógica reduccionista, basada en algoritmos que simplifican de forma extrema la complejidad de la alimentación humana, genera más confusión que orientación. Lejos de empoderar a los consumidores, los conduce a decisiones basadas en una letra o un color, sin fomentar un cambio real en los hábitos alimentarios.

Además, su implementación desigual y manipulable por parte de supermercados y fabricantes lo convierte en un instrumento más del marketing alimentario. En lugar de etiquetar productos, necesitamos políticas públicas que apunten a la educación nutricional, a la regulación clara de la publicidad y a la promoción de entornos alimentarios saludables, sin depender de sistemas que benefician más a las marcas que a las personas.

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