El hornazo vuelve a latir en el corazón popular de Alcalá

Cientos de personas se dieron cita este Lunes de Pascua en la explanada de la Ermita del Val para celebrar el tradicional Hornazo Alcalaíno, una jornada festiva que combinó gastronomía, música y convivencia vecinal, con la participación del chef Iván Plademunt y la presencia de representantes municipales, en un ambiente que reafirma esta cita como símbolo vivo de identidad complutense y recuperación de las tradiciones populares más arraigadas de la ciudad y su calendario festivo local.

Foto del Ayuntamiento
  • El hornazo, la música tradicional y la participación ciudadana consolidan celebración que gana peso cultural y refuerza el sentimiento colectivo en Alcalá
  • Crónica gráfica del ayuntamiento

Hay tradiciones que no necesitan reinventarse, solo reencontrarse con su gente. Y eso es exactamente lo que ocurrió este Lunes de Pascua en la explanada de la Ermita del Val, donde cientos de vecinos y vecinas de Alcalá de Henares se dieron cita para celebrar, compartir y saborear una de esas costumbres que, más que mantenerse, se reivindican: el hornazo alcalaíno.

La mañana arrancó con ese aire de romería tranquila, casi familiar, que mezcla manteles improvisados, conversaciones cruzadas y el murmullo constante de una ciudad que se reconoce en sus propias raíces. Bajo un cielo que acompañó, detalle nada menor en estas fechas, la explanada se fue llenando poco a poco de grupos de amigos, familias enteras y curiosos que acudían tanto por tradición como por descubrimiento.

Porque el hornazo, ese bollo que en otras geografías se asocia a la Cuaresma o al final de la abstinencia, aquí en Alcalá adquiere una dimensión propia: la de símbolo compartido, de excusa perfecta para el encuentro. Y en esta edición de 2026, esa esencia se ha sentido con especial intensidad.


Una tradición que se mastica y se vive

El protagonismo gastronómico recayó en el chef Iván Plademunt, encargado de dar forma, nunca mejor dicho a un hornazo que combinó respeto por la receta tradicional con sensibilidad hacia los nuevos tiempos, incorporando también una versión sin gluten. Un detalle que no pasó desapercibido y que amplió el alcance de una celebración pensada para todos.

El proceso de elaboración, seguido con atención por muchos de los asistentes, añadió un componente casi pedagógico a la jornada. No se trataba solo de degustar, sino de comprender. De ver cómo una receta se construye desde la memoria, desde el oficio y desde ese conocimiento que se transmite más por práctica que por manual.

Mientras tanto, el ambiente crecía. Niños correteando entre grupos, mayores recordando cómo se celebraba “antes”, con ese inevitable tono entre nostalgia y orgullo, y jóvenes que, quizá sin saberlo, estaban incorporando a su propio imaginario una tradición que ahora también les pertenece.

El hornazo, en ese contexto, dejó de ser únicamente un producto para convertirse en un lenguaje común. Un punto de encuentro intergeneracional donde cada cual encontraba su sitio.


Música, baile y comunidad: el otro sabor del día

Si el hornazo fue el eje, la música fue el alma. La jornada estuvo acompañada por un despliegue de grupos y asociaciones que convirtieron la explanada en un pequeño escenario de cultura popular viva.

La Casa Regional de Castilla-La Mancha, con su grupo de baile “Quintería”, aportó color y ritmo a una mañana que pronto se volvió festiva. A ellos se sumaron el Grupo de Dulzainas de Alcalá, la Asociación Cultural “Pliego de Cordel”, la Escuela de Baile Belén Rodríguez, el grupo de dulzainas del Centro de Castilla y León y el Coro y Rondalla del Henares.

El resultado fue un mosaico sonoro que oscilaba entre lo tradicional y lo emocional. Dulzainas que resonaban como eco de otra época, jotas que invitaban, casi obligaban, a mover los pies, y canciones que muchos tarareaban sin darse cuenta de cuándo las habían aprendido.

No era un espectáculo al uso. No había distancia entre quien actuaba y quien miraba. Porque en realidad, todos participaban. Algunos bailando, otros aplaudiendo, otros simplemente dejando que la música acompañara la conversación o el bocado.

En ese cruce de sonidos y gestos se construyó algo más profundo: comunidad. Una sensación difícil de medir, pero fácil de percibir, que convierte este tipo de citas en algo más que una agenda cultural.


Presencia institucional y mensaje de identidad

La cita contó también con una notable representación institucional. Allí estuvieron la primera teniente de alcaldesa y concejala de Turismo, Isabel Ruiz Maldonado,  el concejal de Fiestas y Tradiciones Populares, Antonio Saldaña,  y los concejales Esther de Andrés, Víctor Cobo y Pilar Cruz, como representación del equipo de gobierno. Al suculento evento acudieron tambien los concejales socialistas Enrique Nogués, Rosa Gorgues y Diana Díaz.

Su presencia, más allá del protocolo, subrayó el respaldo del Ayuntamiento a una iniciativa que encaja en una estrategia más amplia: la de reforzar la identidad local a través de sus tradiciones.

En palabras de Ruiz Maldonado, la celebración del hornazo tiene como objetivo “preservar la identidad complutense, recuperar y difundir nuestras tradiciones gastronómicas, fomentar el encuentro intergeneracional y potenciar el turismo local”. Una declaración que, sobre el papel, podría parecer institucional, pero que en el terreno encontraba una traducción tangible.

Porque lo que se vivía en la Ermita del Val no era una escenificación, sino una práctica real. Una tradición que no se exhibe, sino que se ejerce.

El Ayuntamiento, en ese sentido, no solo impulsa, sino que canaliza. Da estructura a algo que ya existe, pero que necesita espacios, recursos y continuidad para no diluirse en el ritmo acelerado de la vida cotidiana.


Más allá del hornazo: una ciudad que se reconoce

Al final, cuando la jornada fue avanzando y el bullicio comenzó a transformarse en recogida tranquila, quedaba una sensación clara: el éxito de la convocatoria no se mide solo en número de asistentes, sino en la calidad del encuentro.

El Lunes de Pascua en la Ermita del Val volvió a demostrar que Alcalá de Henares sabe mirarse a sí misma sin caer en la nostalgia vacía. Que puede recuperar tradiciones sin convertirlas en piezas de museo. Y que, en medio de una agenda cultural cada vez más amplia y diversa, sigue habiendo espacio para lo esencial.

El hornazo, en ese contexto, funciona casi como una metáfora. De lo sencillo, de lo compartido, de lo que no necesita grandes artificios para tener sentido. Quizá por eso, entre dulzainas, bailes y conversaciones, la ciudad pareció detenerse un instante para recordar quién es y sobre todo, para celebrarlo.

Porque hay días en los que Alcalá no solo se vive y este ha sido, sin duda, uno de ellos.

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