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López Legarda defiende autocrítica sin derrotismo, cuestiona el “España no funciona” y alerta del avance de la extrema derecha..
- Santiago López Legarda es un periodista alcalaíno que ha ejercido en diferentes medios nacionales.
Le preguntaron a Felipe González hace muchos años, cuando él era el indiscutible caballo ganador hacia la meta del 28 de octubre de 1982, en qué consistía el cambio. Y esta fue la respuesta que dio desde la atalaya de su carisma imbatible: el cambio consiste en que España funcione. ¿Cabe imaginar una respuesta más carente de sustancia? Porque España viene funcionando desde hace más de cinco siglos, si aceptamos la idea de que puede hablarse de España como tal a partir de la unificación de los reinos de Castilla y Aragón.
Otra cosa distinta son los altibajos terribles que a veces ha tenido nuestra historia. Una de esas tragedias espantosas fue la expulsión de los judíos decretada por los Reyes Católicos en 1492. Imaginen ahora el descalabro que causaría una expulsión generalizada de inmigrantes o, sin llegar a tanto, la expulsión de los que no sean católicos o no acepten convertirse a la religión católica. Sin duda viene bien, para amplios sectores de la población, tener a mano una cabeza de turco a la que culpar de los males patrios. En la baja edad media llegó a decirse que los judíos envenenaban los pozos de agua potable y se comían a los niños en aquelarres clandestinos. Hoy se ha llegado a decir, por ejemplo en ese Estados Unidos al que nuestra presidenta regional entregará la Medalla de Madrid, que los inmigrantes ponen en riesgo nuestra identidad y se comen a las mascotas del vecindario. Nada nuevo bajo el sol, porque, como digo, siempre viene bien una cabeza de turco para ganarse el respaldo del respetable.
Pero volvamos por un momento a Felipe González. El viejo líder anuncia su voto en blanco porque, bajo la batuta de Pedro Sánchez, España no funciona. Vaya por Dios. Cómo puede decirse que no funciona un país cuya economía crece más que la de ningún otro de la Unión Europea. Cómo puede decirse que no funciona un país con una renta per cápita por encima de los treinta mil euros. Cómo puede decirse que no funciona un país que ha conseguido situar su salario mínimo en el famoso 60% del salario medio que recomienda la Carta Social Europea, que garantiza el poder adquisitivo de sus más de diez millones de pensionistas, que tiene más gente trabajando que nunca antes en la historia.
Por supuesto que ese país tiene problemas, como los ha tenido siempre. Pero no olvidemos una cosa: el más grave de esos problemas, según señalan las encuestas, es la vivienda y en gran parte es un efecto colateral, no deseado, de la enorme prosperidad sostenida durante las últimas décadas. Ni la derecha ni la izquierda supieron verlo venir a tiempo y no adoptaron las medidas que podrían haber evitado, o al menos paliado, el crecimiento desbocado de los precios de compra y de alquiler. También hay que tener en cuenta otra cosa: el problema a día de hoy lo sufren los jóvenes (no todos, por cierto) y los inmigrantes. Pero hay otro sector muy amplio de la población que ha encontrado en la vivienda una fuente de riqueza extraordinaria. El Parlamento, con mayoría de izquierdas o de derechas, tendrá que decidir a qué parte de la población beneficia o protege.
El otro gran problema es la corrupción, los deplorables casos de corrupción que se han dado en el entorno de quien dirige el Gobierno de España desde la moción de censura de 2018. Son casos imperdonables, de los que destruyen hasta los cimientos cualquier proyecto político. Pero no resulta creíble ni tampoco probable, a la vista de lo ocurrido en las últimas décadas, que un Gobierno encabezado por el PP vaya a ser menos ocrrupto de lo que ha sido el Gobierno de Pedro Sánchez. La retórica, las promesas, las palabras grandilocuentes, no pueden ocultar la realidad de los hechos.
Y llegamos así a lo que da miedo a Gabriel Rufián y a tantos otros, el elefante en la habitación, el crecimiento de la extrema derecha. Se atribuye a muy variados autores la frase según la cual a partir de los cuarenta cada hombre es responsable de su propia cara. Pero mucho antes de llegar a esa edad cada hombre – y cada mujer – son responsables de su propio voto. Si hay muchos que votan entusiasmados por la extrema derecha será porque ignoran las consecuencias que en su día tuvieron los Gobiernos inspirados en esa ideología. O será porque les gustan esas consecuencias o sienten nostalgia de ellas. No creo que en un plazo razonable de tiempo vayan a cambiar, digamos lo que digamos los demás.
La izquierda puede y debe hacer autocrítica de las cosas que se han hecho mal, especialmente esa endémica y patética división en grupos y grupúsculos incapaces de encontrar un mínimo punto de encuentro. Pero la izquierda no tiene por qué cargar con unas culpas que no le corresponden. Lo que tienen que hacer es defender las mismas políticas de justicia social que ha defendido siempre y, frente al chaparrón, que se anuncia, aguantar y barajar, como dicen los jugadores de cartas.


















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