
- Un texto crítico sobre Vox, Abascal y sus fracturas internas, donde Campuzano alerta del desgaste provocado por expulsiones, egos y cálculos fallidos..
- Por Antonio Campuzano. Periodista, patrono de la Fundación Diario Madrid.
Así como las placas tectónicas de la sierra de Grazalema están alteradas en sus capas freáticas y sus componentes calizos, no sucede nada distinto en el subsuelo hidroseísmico de Vox, aquella fuerza nacida del retortijón interior del PP, cuando Santiago Abascal atendía en los ratos libres el negocio textil de la familia en Amurrio, según fuentes verbales del lugar de mención.
La otra ocupación, al margen del corte y pret a porter, fue el estudio aplicado a la sociología, curriculum académico que terminó a la temprana edad de veintisiete años, en el entorno universitario de Deusto, según todas y cada una de las versiones de PP y Vox. De la procedencia PP y Alianza Popular de sus ancestros familiares al derecho de autor sobre la marca monosílaba, así es el recorrido de Abascal, del mentón desnudo al barbado sin pasar por la barbería.
Abascal ha ido siempre a más en la extensión de la marca conservadora. Siempre , salvo ahora, es decir, hace unos meses, en que con el misterio de las capas tectónicas ideológicas de la formación, aquellas que se frotan sin que lo note el paisanaje hasta que se producen las declaraciones del particular “aemét” del poblado público. Primero fue Macarena Olona, luego Iván Espinosa de los Monteros a la misma distancia de enfado que su cónyuge, Rocío Monasterio. Recientemente, el espasmo y la huida tienen el nombre de usuario de Javier Ortega Smith.
Todos ellos gentes de la primera hora, la misma en que se hacían fotos con Jaime Mayor Oreja y en la que nunca pudieron pensar en la necesidad biológica del “sorpasso”, como ahora sucede en el festival de elecciones autonómicas, donde Vox quiere saludar al equipo de Génova una vez adelantado, basta de visión de cogotes.
Podemos, sin ir más lejos, valga la comparación desde un punto de vista estrictamente azaroso, desde la foto de Vista Alegre, todos juntos jamás revueltos, daba gusto y tenía una complacencia en que llegar a los setenta diputados era perfectamente normal, tirando a poco. Luego llegaron las fracciones, las desviaciones, que si Carolina Bescansa, que si Luis Alegre, o Tania Sánchez, o Errejón, o Teresa Rodríguez, lo que dio en quebrar el volumen y las ansias de la alternativa al socialismo hecho organización como el Psoe.
Ni siquiera la hinchazón internacional del impacto Trump y su expansión en España en brazos de Vox puede aguantar ese fraccionamiento de voluntades del partido entonces de Ortega Smith y ahora quebrado por la parte de arriba, la de su cúspide de dirigencia. En la misma exacta medida en que las encuestas a razón de siete por semana acarician ese 20 por ciento de Vox que, según los expertos en esta disciplina, significa el punto emocional de superación del PP, en esa misma proporción desaparecen los rostros que marcan el nacimiento del partido de la profundidad neo fascista.
Abascal solo, a ese sintagma parece conducirse el movimiento de negación de participación de las viejas glorias de la formación escindida del PP hace una quincena de años para superar los “complejines” y las “derechitas cobardes”. Quien más quien menos, en esa caprichosa operación de sumas y restas, quien ejerce es víctima de la operación centrífuga y sale despedido sin cargamento indemnizatorio alguno, acude a llamada del honor y de la acción para montar expectativas o chiringuitos, quién sabe.
Espinosa de los Monteros con Fundación Atenea, que parece caer en la zona de influencia del PP, con reingreso a la casa madre en un año o en doce meses, a elegir el momento de la fusión. Ortega Smith no ejercerá la pasión de la quietud y quizá elija el movimiento de la sonrisa, aunque sea solo por probar. Estas grietas en la organización, máxime cuando los estados de opinión sobre Vox parecen destinados a la precipitación, ayudan muy poco al crecimiento, antes al contrario hacia su apocamiento y frenazo de esperanzas.
El reputado periodista Guy Talese, en “Bartleby y yo. Retratos de Nueva York” (Alfaguara, 2024), dice de Alden Withman, corrector y autor de obituarios en The New York Times, que hablaba de sí mismo como “estudié seis años de latín, era el único alumno que leía a Horacio y al travieso poeta Catulo, pero era incapaz de sumar o restar”.
El abigarrado Abascal no cumple con la primera etapa del enunciado, la del latín, pero tampoco parece hacerlo con la segunda, la de la aritmética. La unidad, esa cualidad de los auténticos liderazgos, hace agua en Vox desde hace un tiempo pese a la afirmación de ambición en su crecimiento sostenido.
Aznar escribió el prólogo del trabajo fin de carrera de Abascal, cuando aquella titulación en Sociología, convertido en libro titulado “La farsa de la autodeterminación. El Plan Ibarretxe, al asalto del País Vasco y España” (Áltera, 2005), donde cita en el campo editorial de Abascal a Gabriel Celaya y a Blas de Otero. Hay que tener valor. Veinte años después, el político de Amurrio, en medio de un ejercicio matemático de sumas y restas, con más de estas últimas, se mueve en la certeza del adelantamiento de su formación a la del autor del prólogo.
















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