Cien años llamando a la puerta de la generosidad: el Domund celebra su cumpleaños en Alcalá

El centenario del Domund reunió en el Palacio Arzobispal de Alcalá a representantes de la Iglesia, autoridades, voluntarios y vecinos en una tarde de música, testimonios y memoria. La celebración recorrió los cien años de la colecta, explicó su impacto en los territorios de misión y acabó con una invitación a colaborar. Entre canciones, cifras y relatos personales, el encuentro convirtió un aniversario en una reunión que miró al pasado sin perder de vista el futuro.

  • Jaime Salido, Patricia Cros y el obispo Antonio Prieto acompañaron una celebración que repasó la huella misionera del Domund y pidió aportaciones.
  • Crónica gráfica y video de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY

El Domund cumplió cien años y Alcalá los celebró con música, testimonios y una invitación directa a seguir sosteniendo la labor misionera. El Salón de actos del Palacio Arzobispal acogió el viernes 16 de octubre un encuentro que quiso mirar hacia atrás, para contar lo que la colecta ha hecho durante un siglo, y hacia delante, para recordar que esa historia depende también de quienes deciden colaborar. Hubo autoridades, voluntarios, canciones y una ovación que convirtió la cita en algo más que un acto conmemorativo.

La celebración reunió a representantes de la Iglesia y del Ayuntamiento, voluntarios de la Delegación de Misiones y vecinos que se acercaron a compartir la tarde. Estuvieron el obispo de Alcalá, monseñor Antonio Prieto, y el obispo emérito Juan Antonio Reig Pla. La alcaldesa, Judith Piquet, excusó su asistencia en el último momento tras ser convocada a un acto de la campaña electoral. En su lugar acudieron Antonio Saldaña, concejal de Obras, Mantenimiento Urbano y Edificios Municipales, y Esther de Andrés, concejala de Mayores y Participación Ciudadana.

Arturo Otero, delegado diocesano de Misiones, presentó el encuentro. La primera nota de la tarde llegó de la mano de Jaime Salido, sacerdote de la diócesis, que interpretó «Todo tuyo» acompañado por la guitarra de Chechu Reguart. La canción puso el tono de una celebración que alternó música y palabra, cifras y vivencias, y que quiso acercar la tarea misionera a quienes quizá conocen el Domund por las huchas que aparecen cada octubre, pero no siempre por todo lo que hay detrás de ellas.

La colecta nació hace cien años para ayudar a las misiones y a las comunidades que viven en territorios donde la Iglesia está en formación. El centenario ofrecía una ocasión para recordar esa historia, pero también para explicar qué se ha hecho con el dinero reunido durante décadas. De eso se encargó Justo Amado, secretario de la Pontificia Unión Misional, con una charla que llevó al público desde el mapa de las diócesis hasta un dato concreto: a lo largo de este siglo, la ayuda del Domund ha permitido que cada día se abriera una parroquia, tres escuelas y un hospital.


Un mapa que ha crecido con la misión

Amado explicó que la Iglesia se organiza en diócesis de distintos tipos. Junto a las diócesis ordinarias y las de rito oriental, están los territorios de misión, que suman 1.132. Para mostrar cómo ha cambiado ese mapa en cien años, presentó una visualización de las Obras Misionales Pontificias. Los puntos que salpicaban la pantalla representaban diócesis: de 297 se ha pasado a 1.132.

La cifra permitió poner perspectiva a una tarea que suele quedar lejos de la vida cotidiana de Alcalá. El secretario de la Pontificia Unión Misional contó que, en 1901, un misionero clavó una medalla en un árbol de lo que hoy es Malaui. A partir de ese gesto, explicó el desarrollo de una comunidad que fue creciendo hasta convertirse en una realidad eclesial. La historia concreta ayudó a ilustrar lo que significa un territorio de misión: lugares donde, junto a la asistencia espiritual, hacen falta escuelas, parroquias, hospitales y recursos para formar a quienes continuarán allí el trabajo.

Amado habló también del crecimiento de las comunidades católicas en esos territorios. Una cifra, dijo, podía servir para hacerse una idea: si se distribuyera el incremento a lo largo de los cien años, equivaldría a unos 9.000 nuevos católicos cada día. Aclaró que no debía leerse como un recuento exacto de personas, porque quienes vivieron en las primeras décadas ya no están, sino como una forma de expresar la dimensión de ese crecimiento.

La explicación tuvo un contrapunto íntimo en las palabras de Beatriz Liaño, secretaria de la Delegación de Misiones. Mientras escuchaba la charla, relató, oyó detrás de ella a un niño de diez u once años decirle a su madre que quería ser misionero. La reacción de la madre, que le sonrió con naturalidad, confirmó a Liaño que no era una ocurrencia. «¡Bendito sea el Señor!», concluyó. El comentario hizo sonreír al público y dejó una imagen sencilla de lo que puede provocar una tarde de celebración: que una conversación sobre lugares lejanos termine despertando una vocación en alguien sentado en la última fila.

La siguiente intervención cambió el mapa por la experiencia personal. Patricia Cros, voluntaria de la Delegación de Misiones, contó cómo llegó hasta allí y cómo su colaboración le permitió acercarse a misioneros de la diócesis y a la labor que realizan. Habló de quienes alimentan a niños, abren escuelas y cavan pozos, pero quiso subrayar algo menos visible: ayudar a las personas a descubrir que son amadas por Dios.


De una pregunta en la calle a una invitación a colaborar

Cros contó que su encuentro con la Delegación de Misiones empezó una mañana de marzo, al salir de casa. En la puerta del convento de las Agustinas se cruzó con una religiosa. Se sonrieron y siguieron cada una su camino, hasta que la hermana le preguntó a distancia: «¿Perdona, tú rezas?». Cros se detuvo, sorprendida, y respondió que sí, que rezaba. La conversación se alargó, como suelen hacerlo las conversaciones de quienes reconocen una oportunidad para hablar de algo que les importa.

A partir de aquel encuentro, explicó, comenzó a conocer más de cerca a los misioneros y la tarea de la Delegación. Su testimonio habló de una vida voluntaria que había ganado sentido y de una fe que se alimentaba también de poner rostro a las personas que reciben la ayuda. El tono cercano de su relato encontró una respuesta cálida entre los asistentes. No era una conferencia ni un balance: era alguien contando cómo había entrado en una historia que, hasta entonces, quizá contemplaba desde fuera.

Cros aprovechó para lanzar una petición clara. Después de escuchar lo que la colecta ha permitido hacer durante cien años, dijo, la pregunta es qué podrá hacer la Iglesia de ahora en adelante. «De nosotros depende», afirmó antes de apelar a la generosidad del público y proponer una colecta extraordinaria para los misioneros.

La Delegación de Misiones facilitó dos vías para colaborar: el Bizum 14979 y la cuenta bancaria ES 93 0075 0273 590600732979. La petición no interrumpió el clima de celebración; lo completó. El Domund aparecía así no solo como una memoria compartida, sino como una invitación concreta a participar en lo que venga después.

La música regresó con Jaime Salido, Chechu Reguart y Estefanía Benedicto para interpretar «Envíame a mí», la canción del centenario compuesta por ellos junto con Pablo Cebrián. La letra, centrada en la disponibilidad para servir y llevar un mensaje al mundo, puso voz a una idea que había recorrido las intervenciones anteriores. En la sala, la celebración dejó por un momento el formato de acto institucional y se convirtió en una escucha compartida: el escenario, las voces y el público reunidos alrededor de una canción.


Una canción que acabó convertida en oración

Arturo Otero pidió a los músicos que, después de la intervención del obispo, regresaran al escenario para interpretar «Alza la mirada», el himno compuesto para la visita del papa León XIV a España. La petición fue acogida con una ovación. Beatriz Liaño explicó después que cantar el himno había tenido también un sentido de oración por el Santo Padre, al que se refirió como convaleciente de una operación de cáncer de pulmón.

Antes, monseñor Antonio Prieto había tomado la palabra. Con un mensaje de agradecimiento a los organizadores y a quienes sostienen el trabajo cotidiano, recordó que el Domund sirve para apoyar a los misioneros y también a las vocaciones nativas que surgen en África, Hispanoamérica, Asia y Oceanía. Mencionó además las parroquias y los seminarios que reciben esa ayuda, y retomó el dato de las tres escuelas que, según se había explicado durante la tarde, se han construido cada día en los territorios de misión a lo largo de este siglo.

El obispo agradeció a Justo Amado la explicación sobre el alcance de la colecta, a Patricia Cros su testimonio y a los voluntarios de la Delegación su trabajo, a menudo silencioso. También dio las gracias a Jaime Salido, Chechu Reguart y Estefanía Benedicto por la canción, con el deseo de que «Envíame a mí» ayude a otros jóvenes a descubrir que la vida también puede ser un regalo para los demás. Su intervención cerró el círculo entre la historia, el compromiso presente y quienes podrían tomar el relevo.

Después, los músicos regresaron para cantar «Alza la mirada». La interpretación fue recibida con otra ovación. Liaño contó que, mientras seguía el desarrollo del encuentro desde la puerta, pendiente de que todo funcionara, una mujer salió de la sala con los ojos llenos de lágrimas y se echó en sus brazos. «¿Qué me está pasando, que esta canción está entrando hasta dentro de mi corazón? ¡Si yo no soy creyente, hermana!», le dijo. La voluntaria aseguró que no fue la única persona emocionada.

La escena añadió al centenario una dimensión inesperada. No hablaba de cifras ni de estructuras, sino de una canción que había encontrado una puerta abierta en alguien que no esperaba sentirse interpelado. En ese instante, el acto social y religioso se volvió también una experiencia personal, distinta para cada uno de los presentes.

La tarde terminó con la bendición de los denarios misioneros confeccionados por las voluntarias de la Delegación. Todos los asistentes recibieron uno como recuerdo. Luego llegó un vino español para celebrar el cumpleaños del Domund, entre saludos, conversaciones y despedidas. El centenario se cerró así como había transcurrido: con una mezcla de memoria y encuentro, de mensajes solemnes y gestos sencillos.

En el Palacio Arzobispal quedaron las cifras de un siglo y las voces de quienes las habían explicado; también, probablemente, la imagen del niño que dijo que quería ser misionero, la historia de Patricia Cros y la emoción inesperada de una mujer ante una canción. La colecta cumplió cien años, pero la celebración no se limitó a mirar el camino recorrido. Dejó planteada una pregunta para los próximos cien: qué podrá hacer la misión con la generosidad que cada uno esté dispuesto a ofrecer.

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