El arte como refugio: Fran Atienza inaugura su universo íntimo en Santa María La Rica

El concejal de Cultura, Santiago Alonso, inauguró en la sala La Capilla del Antiguo Hospital de Santa María La Rica la exposición ‘El camino del arte’, del artista local Fran Atienza, una muestra íntima que recorre su evolución creativa desde la infancia hasta la madurez y que invita al espectador a detenerse en la mirada, la luz y la memoria como ejes esenciales de una obra marcada por la tradición y la sensibilidad contemporánea.

Foto del Ayuntamiento
  • La exposición, abierta hasta el 3 de mayo, reúne obras donde tradición, ciudad y emoción dialogan con una mirada serena muy propia.
  • Crónica gráfica de Ricardo Espinosa Ibeas para ALCALÁ HOY

La sala La Capilla del Antiguo Hospital de Santa María La Rica ha vuelto a abrir sus puertas a la emoción contenida del arte. Esta vez lo hace con ‘El camino del arte’, una exposición que no solo muestra obra pictórica, sino que propone una experiencia íntima, casi confesional, del proceso creativo de Fran Atienza. La inauguración, presidida por el concejal de Cultura, Santiago Alonso, ha tenido algo de liturgia laica: palabras medidas, silencios respetuosos y la sensación compartida de estar ante una obra que no busca impresionar, sino quedarse.

Alonso, en su intervención, puso el acento en esa dualidad que atraviesa la exposición: tradición y modernidad. No como fuerzas opuestas, sino como un diálogo constante. “La herencia y el pasado”, dijo, “se funden con pinceladas contemporáneas”, y esa mezcla, lejos de resultar forzada, se despliega con naturalidad en cada pieza. No hay aquí ruptura violenta ni gesto provocador; hay, más bien, una continuidad serena, como si el artista hubiese entendido que el tiempo en el arte no se rompe, se transforma.


Una pintura que mira antes de hablar

Recorrer la exposición es entrar en una narrativa silenciosa donde lo religioso, el misterio y la penumbra conviven con escenas de tauromaquia y paisajes urbanos. No es casualidad. Hay en la obra de Atienza una clara filiación con la tradición pictórica española, esa que va de Goya a Picasso, pero también una voluntad de reinterpretarla desde una mirada contemporánea, más introspectiva que grandilocuente.

En esa misma línea se expresó el concejal de Cultura, Santiago Alonso, quien subrayó durante la inauguración que “los temas son clásicos y casi diría recurrentes en la historia de la pintura: lo religioso, el misterio y la penumbra conviven aquí con la tauromaquia, tan presente en la obra de Goya o Picasso. Y a través de sus acuarelas, retrata y difumina unas calles y una ciudad como la nuestra, donde la luminosidad y el blanco son protagonistas”.

Sus palabras no son una mera descripción institucional: funcionan casi como una guía de lectura de la muestra. Porque, efectivamente, las acuarelas de Atienza operan como pequeñas ventanas a una ciudad reconocible y, al mismo tiempo, evocada. Alcalá aparece, sí, pero no como postal, sino como recuerdo. Calles que se desdibujan, fachadas blancas que absorben la luz, rincones donde el tiempo parece detenido.

La técnica, precisa pero no rígida, permite que la imagen respire, que el espectador complete lo que falta. Y ahí está una de las claves de la muestra: no lo da todo hecho. Atienza no impone una lectura, sugiere. Invita a mirar despacio, a detenerse en los matices, a aceptar que lo importante no siempre está en lo evidente.

Alonso cerró su intervención con una reflexión que conecta directamente con el espíritu de la exposición: “Disfruten de este reencuentro con lo que realmente importa porque, al final, como él mismo descubrió a los diez años bajo la mirada paciente de su padre, el arte sigue siendo la manera más fiel de encontrarnos con nosotros mismos”.


De la infancia al oficio: una biografía en cada trazo

Hay un relato biográfico que atraviesa toda la exposición, aunque nunca se explicite del todo. Comienza en la infancia, en ese momento casi fundacional en el que un niño descubre el dibujo bajo la mirada de su padre. No es una anécdota menor, sino el origen de una forma de entender el mundo. Aprender a mirar antes que a pintar, a valorar el detalle, a comprender que cada trazo tiene sentido solo si nace de una observación consciente.

Esa enseñanza, casi artesanal, se percibe en cada obra. No hay prisa, no hay gesto gratuito. Todo parece medido, no desde la rigidez, sino desde el respeto por el proceso. La pintura, en este sentido, se convierte en un acto de fidelidad a ese aprendizaje inicial.

Con el paso de los años, la vida llevó a Atienza por otros caminos, especialmente el de la publicidad. Y, sin embargo, lejos de alejarlo del arte, esa experiencia ha enriquecido su lenguaje visual. La capacidad de síntesis, la construcción de mensajes, la atención al impacto inmediato… todo eso está presente, aunque de forma sutil, en su obra.

No hay contradicción entre ambos mundos. Más bien al contrario: la pintura se beneficia de esa disciplina adquirida en el ámbito profesional, mientras que la publicidad encuentra en el arte un contrapunto, un espacio de libertad donde no todo tiene que ser eficaz o inmediato.


El arte como regreso

‘El camino del arte’ no es solo un título; es casi una declaración de intenciones. Porque lo que plantea la exposición es, en última instancia, una idea de regreso. A la infancia, al origen, a ese primer gesto de coger un lápiz sin saber muy bien por qué. Pero también un regreso a lo esencial: a la mirada, al silencio, al tiempo lento.

En un contexto cultural donde muchas veces prima lo espectacular o lo efímero, la propuesta de Atienza resulta casi contracorriente. Aquí no hay estridencias ni discursos grandilocuentes. Hay, en cambio, una búsqueda honesta, una necesidad de entender el mundo a través de la pintura.

El propio Santiago Alonso lo resumía en su intervención final, apelando a esa dimensión casi existencial del arte: la capacidad de encontrarnos con nosotros mismos. Puede sonar a tópico, pero en este caso adquiere un sentido concreto. Porque la obra de Atienza no habla solo de lo que vemos, sino de cómo lo vemos.

Y quizá ahí resida su mayor acierto. En recordarnos que el arte no siempre tiene que explicar, ni siquiera impresionar. A veces basta con que nos obligue a detenernos, a mirar de otra manera, a reconocer en una acuarela, en una sombra o en una calle difuminada algo que, sin saber muy bien cómo, también nos pertenece.

La exposición podrá visitarse hasta el próximo 3 de mayo, pero su efecto, ese poso lento que deja la buena pintura, probablemente dure bastante más. Porque hay obras que se olvidan al salir de la sala… y otras que, como estas, te acompañan un rato largo después. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.

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