PP y Vox, la hora de los afectos/desafectos | Por Antonio Campuzano

El periodista y patrono de la Fundación Diario Madrid, Antonio Campuzano, reflexiona en esta tribuna sobre la compleja relación entre PP y Vox en el actual ciclo electoral. Entre afectos escasos y desafectos evidentes, ambos partidos se ven abocados a entenderse para gobernar mientras compiten por liderar el espacio conservador. Un análisis que combina pulso político, memoria histórica y mirada crítica sobre el lenguaje y las estrategias de poder.

Composición de Pedro Enrique Andarelli
  • PP y Vox oscilan entre competencia y necesidad de pacto, en una relación marcada por la desconfianza, el lenguaje político y el pulso electoral.

 

  • Por Antonio Campuzano. Periodista, patrono de la Fundación Diario Madrid.

Los test electorales que vienen siendo habituales desde diciembre del pasado año, con Extremadura por inicio, luego Aragón, hace poco Castilla y León, con parada en junio, en fecha por determinar, en Andalucía, representan un vía crucis no precisamente cuaresmal para PSOE, sino también para PP, este último en trance de necesidad de mirar las distancias entre su paso político y el del partido reaccionario en su pleito particular por la disquisición y disputa del entorchado del voto conservador, orientada esta pugna hacia la reconquista del poder ejecutivo, ahora en manos ilegítimas, que son conocedores ambos pretendientes, PP y Vox, del término que embriaga en su concepto y génesis y que están dispuestos a la práctica del olvido cuando se habla de coaliciones entre las formaciones de Génova y Bambú que han arrebatado derechos electorales para sentir el peso de la púrpura sin haber obtenido el triunfo en las urnas.

El partido socialista, salvo el honroso balance de Castilla y León con el barbilampiño Carlos Martínez al frente, pasa su tiempo de purgatorio de renovación territorial tal y como se lo permiten sus escasos predicamentos al margen de la figura todavía en situación de resiliencia de Pedro Sánchez, con su larga temporada en Moncloa. Pero la atención de la actualidad política del momento presente en España, con el permiso de las fragatas camino de Chipre y los dragaminas en el estrecho de Ormuz, se hallan indiscutiblemente en las relaciones de PP y Vox con la atención depositada en los escenarios de investidura de Mérida y Zaragoza, y con más calma aún en Valladolid, sedes todas ellas donde siente el poder del boletín oficial.

“Nos salvaremos por los afectos”, concluye como tabla de último recurso Ernesto Sabato, en “La resistencia” (Seix Barral, 2021). En qué media existe afecto entre los dos partidos para la traducción de acuerdos que puedan culminar estas etapas de infecundidad. Ahí reside el problema del déficit de empatía. Abascal, nacido de una mínima pero suficiente división del poder sentimental del Partido Popular para con la idea de España y su visión del problema vasco, cree ser el depositario de la noción conservadora con tal nivel de designación mesiánica que habita el salón de la seguridad con tal afirmación que todo lo que parece dibujar mentalmente del partido de Feijóo se llama “derechita cobarde”. La denominación “derechita” ya rebaja sustancialmente la noción de la facción “derecha”, de suyo performativa, que dice y hace en un solo acto en lo que respecta a decisión y capacidad de ejecución de los designios y propósitos.

Por tanto, introducir por la parte de Vox el diminutivo “derechita” significa habilitar la ayuda del sarcasmo y coloca al partido de la fuerza y de la eficacia en una posición de debilidad de denominación y reconocimiento, precisamente aquellas siglas emergidas de las notas escritas y  rotas en pedazos por Fraga, lacrimal excitado incluido, con la alternativa a José María Aznar en Sevilla como si fuese la Real Maestranza en trámite de cesión de trastos taurinos. Por si resultase insuficiente, los creadores de marca de Vox llaman “cobarde” a esa “derechita”, lo que acentúa en la definición infame y apocada el pleonasmo, es decir, abundar en lo ya expuesto hasta la cantidad innecesaria.

Si es derechita, en pequeño, pudiera parecer poco resuelto, pero por si acaso añado lo de cobarde. El PP, como es natural, hace lo posible por intentar la anulación del descalificatorio dardo dialéctico, pero el problema es que ya forma parte del uso coloquial del orbe nacional del decir, y no se repite únicamente en los caladeros y léxicos de la oposición para ahondar en las diferencias entre los dos logos de la derecha, sino que con ocasión de entrar  en escena el PP se presenta el sintagma de la derechita cobarde con tal facilidad a la punta de la lengua que se aprovecha sin meditación alguna.

La formación de Feijóo ha ganado todas y cada una de las elecciones regionales y queda pendiente Andalucía, donde su poder de convicción electoral goza de una excelente salud, máxime cuando su presidente actual, PP de solapa y militancia, Juan Manuel Moreno, se encuentra en una inmejorable situación si hiciese falta ejercer la figura del reemplazo, en caso de caer en desgracia Núñez Feijóo. Pero el PP se ve en la obligación de formar gobierno, tal y como corresponde a quien ha ganado las elecciones en aquellos territorios donde fueron convocadas, y para ello necesita pactar con la fuerza más afín a su manera de entender la Tierra y el cosmos.

Culminado el proceso adivinatorio de las elecciones en Castilla y León, según la prosa periodística ahora se dan las condiciones de atenuación por parte de Vox de sus fervores de propiedad de la sartén por el mango y ha variado su composición de la realidad negociadora hasta tal punto que pudiera haber llegado el momento de la cesión de la calidad de la chulería en el manejo de las diferencias. Esa misma versión del análisis periodístico diario estima el domingo de Ramos como la fecha de decaimiento del egotismo de ambas siglas para el ayuntamiento de voluntades.

Pero nada ni nadie está suscrito a la seguridad de Feijóo, con sus leales Miguel Tellado y Esther Muñoz como ejemplos de la relación cuña y madera a la hora de negociar con Santiago Abascal, sobre el que cuadra bien la definición del diplomático y escritor chileno Jorge Edwards, premio Cervantes, del enfadado, “cara de desacuerdo con el mundo”. No obstante, el vaivén de esta conversación entre iguales/desiguales antes del sexto domingo de Cuaresma es un estado ánimo de paroxismo de interpretación política de primera magnitud, porque alguien de los dos, PP y Vox, saldrá con estigma del perdedor y sobre su sombra empezará a labrarse el sustrato de la venganza. El PSOE, de momento, parece tranquilo después del escenario post batalla de Castilla y León, desaparecidos los restos de la izquierda a la izquierda de sus socialistas y obreras letras de presentación, para demostración de poderío profético de Gabriel Rufián.

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