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Campuzano cuestiona la identificación entre la UCO y Antonio Balas, alertando sobre la personalización de investigaciones y sus efectos.
- Por Antonio Campuzano. Periodista, patrono de la Fundación Diario Madrid.
La peripecia de la activista Leire Díez, por el momento carne de investigada, desvela, según las entregas del sumario que se dan a conocer, un interés magnífico a la hora de conocer las interioridades y las posibilidades intestinales de los poderes del Estado. La denominación de cloacas como etiqueta del caso supone un acierto sin precedentes en la clasificación de tales asuntos en los tribunales. Si el propósito, como se anuncia, de la red investigada era el alumbramiento de malas prácticas en los cuerpos de seguridad del Estado, el que quiera entender que entienda según la acreditada sintaxis de Aznar, se ha producido un adelanto en el entendimiento de la razón de ser de la Unidad Central Operativa (UCO, en siglas) de la Guardia Civil, como policía judicial.
Al trasluz, como se hacía con las cartas al modo del tarot, el papel de la UCO en determinadas investigaciones de asuntos capitales para la credibilidad del gobierno actual resulta de un escrutinio muy gravoso para la imagen del cuerpo. Del conocimiento del sumario se desprenden graves divisiones entre determinados niveles de representación de la Guardia Civil, con su directora al frente de las diferencias.
A este punto de agitación llega con nitidez a la opinión pública el protagonismo del teniente coronel Antonio Balas, cuestionado objetivamente ante el posicionamiento de notoriedad alcanzado en temas que afectan muy directamente al gobierno, como el caso actual del hermano del presidente del ejecutivo, y como lo fue el del fiscal general del Estado, condenado por revelación de secretos, en sentencia muy discutida en distintos foros de interpretación jurídica.
Balas se encuentra al frente del departamento de delincuencia económica y anticorrupción, en puesto destacado en la línea jerárquica de los mandos de la unidad, lo que le concede una visibilidad colosal en las salas de vista de los más mediáticos casos con ventilación de nombres relacionados con el actual gobierno. El teniente coronel Balas, con o sin voluntad, destila un estilo narrativo en sus manifestaciones en sala que distan mucho de una independencia de criterio que habría de pregonarse de un cargo institucional.
Las respuestas al abogado de la defensa del hermano del presidente Sánchez en la Audiencia de Badajoz excedían el rango del respeto a la solemnidad del trámite para descansar en una toma de posición entre la campechanía y la inclinación hacia un concreto resultado final en la sentencia. La omnipresencia de Balas en los distintos sumarios no debería ser obligada en la seguridad de existir posibilidad de reemplazo en el cuerpo a la hora de asumir tal responsabilidad de explicación de la intervención de una unidad con una composición de 600 números.
La impresión de confraternidad en la lectura del sumario de instrucción del juez Pedraz entre los cargos de la UCO y la directora general del cuerpo de la guardia civil ofrece tal espectáculo de desaparición de jerarquía que la figura de Balas irrumpe con una autonomía de difícil digestión para la opinión pública, abochornada en el caso concreto del fiscal general del Estado, con el amparo de profesionales de la cátedra del derecho por la orfandad de materia probatoria.
Y aquí se corre el riesgo de crecimiento de la especie de la “policía patriótica”, concepto acunado hace diez años con el caso Kitchen en situación avanzada de publicación de sentencia. Aquella sucesión de actos abonaba la idea de policías con itinerario profesional libre de control para la ejecución de actividades que provocaban beneficios o lesiones al margen de leyes y reglamentos. La prospectiva es un término que sale a colación con mucha más alegría de la necesaria. Algo así como investigar sin un fin concreto, a ver si sale algo contra determinadas personas.
La prospectiva debería ser erradicada del manual de instrucciones de las operaciones de investigación y toma cuerpo peligrosamente en el juego de palabras que se cuelga en los sumarios. Algo así como lanzar la caña para lograr o anticipar escenarios posibles de los que resulten material de análisis. La alerta de “uconización” de la superficie pública en España ya constituye un peligro de contaminación. Las pugnas internas en los cuerpos de seguridad apuntadas por el borrador de la investigada Leire Díez quizá contengan alguna verosimilitud.
La entronización del cargo Antonio Balas sobre la directora general Mercedes González, según el relato de muchas informaciones, merece la intervención del ejecutivo, al menos para evitar el manoseo de la UCO por la misma persona, la misma que no ejerce disimulo sobre la orientación final de los procesos contra determinada opción política. Balas, en este momento, es ya un ejemplo de sinécdoque, esa figura retórica que consiste en tomar una parte por el todo.
Pareciera que la UCO es Balas, del mismo modo que la Unidad Central Operativa está personificada casi exclusivamente en el teniente coronel, quien ya pertenece a ese espacio que propende a la polarización. Thomas Bernhard, el novelista y dramaturgo austriaco de adopción, acierta con esa esa imagen de la que se puede hablar de Antonio Balas. “Relatos autobiográficos” (Anagrama), cuando dice que “existía ese espacio peligroso entre simpatía y antipatía”.














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