La Semana Santa de Alcalá vuelve a la residencia con Medinaceli en solitario, emoción compartida y dudas sobre el futuro del acto
- Crónica gráfica y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
La tarde del Martes Santo volvió a detener el tiempo en Alcalá de Henares para mirar de frente a quienes ya no pueden seguir el ritmo de las procesiones por las calles del centro histórico. La Residencia Francisco de Vitoria se convirtió, un año más, en estación de fe, memoria y emoción compartida. Allí, donde la vida discurre con otro compás, la Semana Santa salió al encuentro de sus mayores.
Por segundo año consecutivo tras la pandemia, la procesión de Nuestros Mayores volvió a la Residencia Francisco de Vitoria en un Martes Santo. Así, la Semana Santa de Alcalá de Henares continúa una de sus tradiciones más queridas, una de esas citas que no compiten en espectacularidad, pero sí en sentido.
Esta vez fue la Real e Ilustre Esclavitud de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Medinaceli la encargada de organizar en solitario la procesión, debido a la suspensión temporal de la participación de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Agonía. Aun así, la convocatoria mantuvo su carácter integrador, con representación de las Cofradías Penitenciales de la ciudad y miembros de sus juntas directivas.
En el capítulo de autoridades, la presencia volvió a ser amplia: la primera teniente de alcaldesa, Isabel Ruiz Maldonado; el concejal de Tradiciones y Fiestas Populares, Antonio Saldaña; la edil de Mayores, Esther de Andrés; la titular de Familia, Pilar Cruz; y los concejales socialistas Alberto Blázquez, Diana Díaz del Pozo y Nicolás Rodríguez; además del exalcalde Bartolomé González. La procesión estuvo presidida por el obispo de la diócesis de Alcalá de Henares, monseñor Antonio Prieto Lucena.
El paso de Medinaceli, eje de la jornada
La ausencia de algunos pasos, especialmente el del Santísimo Cristo de la Agonía y el de María Santísima de los Dolores, configuró una procesión más sobria, centrada exclusivamente en la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Medinaceli. Una limitación que, lejos de restar, acabó reforzando el carácter íntimo del acto. Porque aquí no hay lugar para la exhibición. Aquí todo se mide en otra escala.
La imagen de Medinaceli volvió a ser el corazón de la procesión. Los anderos la portaron con esa mezcla de técnica y respeto que exige un entorno como este, donde cada movimiento se percibe con mayor cercanía. La comitiva se estructuró con la cruz de guía abriendo paso, seguida de estandartes y representaciones de las distintas hermandades penitenciales de Alcalá. Una presencia simbólica que subraya que esta procesión, aunque organizada por una cofradía concreta, pertenece a toda la Semana Santa complutense.
El inicio llegó con la Marcha Real interpretada por la Agrupación Musical Jesús de Medinaceli. Un arranque reconocible que, en este contexto, adquiere un tono distinto: menos institucional, más emocional. El recorrido, breve y contenido, rodeó la residencia en menos de una hora. Pero bastó. Porque en ese tiempo se concentraron gestos, silencios y miradas que difícilmente se repiten en otros escenarios.
Los residentes, muchos de ellos acompañados por familiares y personal sanitario, siguieron el paso con una atención que iba más allá de lo protocolario. No era solo una procesión. Era, en muchos casos, una visita esperada.
Hay algo profundamente simbólico en este traslado de la Semana Santa a una residencia de mayores. La lógica habitual se invierte: ya no son los fieles quienes buscan la procesión, sino la procesión la que va en busca de sus fieles. Y en ese gesto hay una carga de sentido que trasciende lo religioso.
Los aledaños del edificio principal se llenaron de público en un ambiente cercano, casi doméstico. Sin vallas ni grandes distancias, el paso se vivía a pocos metros, con una proximidad que transforma la experiencia. Aquí no hay espacio para la grandilocuencia. Todo se reduce a lo esencial: una imagen, unas marchas, unas personas que miran. Y en ese contexto, la procesión adquiere una dimensión distinta, más humana, más directa.
Un cierre que emociona y una tradición que se defiende
Si hay un momento que define esta cita, es el que llega al final, cuando la procesión se detiene y la palabra toma el relevo. El obispo, monseñor Prieto Lucena, ofició una oración centrada en la esperanza y en la fortaleza de los mayores. Un mensaje sencillo, sin artificios, que encontró su lugar natural en un entorno donde cada palabra pesa más.
Pero el momento más sobrecogedor volvió a llegar de la mano de los propios residentes. Don Francisco Soriano, interno de la residencia, repitió su ya esperada saeta. Su interpretación volvió a emocionar, confirmando que este acto no solo se dirige a los mayores, sino que también nace de ellos.
A su lado, Don Francisco Jiménez Manso sorprendió con la recitación del “Stabat Mater dolorosa”, un poema medieval del siglo XIII que aportó una profundidad inesperada al cierre de la procesión. Dos intervenciones que, como el pasado año, arrancaron aplausos sinceros entre los asistentes. No como un gesto protocolario, sino como una respuesta espontánea a lo vivido.
El Padre Nuestro y el Ave María pusieron el broche final a una tarde que, sin grandes alardes, volvió a dejar huella. La procesión de Nuestros Mayores no es una de las más vistosas de la Semana Santa de Alcalá. No tiene grandes recorridos ni despliegues espectaculares. Pero sí tiene algo que pocas pueden reclamar: una razón de ser incuestionable. Precisamente por eso preocupa su fragilidad. Porque no se trata solo de mantener una tradición. Se trata de preservar un gesto.
Un gesto que consiste, simplemente, en no olvidar a quienes ya no pueden estar donde todo ocurre. Cuando el paso se detiene y la comitiva se disuelve, queda una sensación difícil de cuantificar. No hay cifras espectaculares ni grandes titulares. Pero sí hay algo que permanece: la certeza de que, durante una hora, la ciudad se ha desplazado simbólicamente hasta un lugar donde normalmente no llega.
Y eso, en una Semana Santa cada vez más exigente en lo organizativo y en lo visual, tiene un valor enorme. La procesión del Martes Santo en la Residencia Francisco de Vitoria no compite con ninguna otra. No lo necesita. Su lógica es distinta. Aquí no importa cuántos pasos desfilan, sino cuántas miradas se iluminan al verlos. Y mientras eso siga ocurriendo, esta procesión seguirá teniendo sentido.
























