- El TIA participa en el certamen de Arbancón con su Quijote más libre y reafirma su oficio ante un público atento y entregado.
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Hay compañías que hacen teatro. Y luego está el Teatro Independiente Alcalaíno (TIA), que hace algo más complicado: sostenerlo en el tiempo sin perder el pulso. Esta vez, la expedición salió de Alcalá con destino Arbancón, un pequeño municipio de la Sierra Norte de Guadalajara donde el invierno no se combate solo con calefacción, sino también con cultura. Y de la buena.
Allí, en el Teatro Las Candelas, el TIA participó en el IX Certamen de Teatro Aficionado “Villa de Arbancón”, una cita que, lejos de ser un mero escaparate, se ha consolidado como uno de esos espacios donde el teatro aficionado se toma muy en serio a sí mismo. Nueve ediciones no se levantan con voluntarismo: hacen falta público, continuidad y una cierta fe en que subir el telón sigue teniendo sentido, incluso, o precisamente. en los lugares más pequeños.
Y en ese contexto, el TIA no llegó como un invitado exótico, sino como lo que es: una compañía con recorrido, con oficio y con una manera de estar sobre el escenario que no necesita presentación.
Un Quijote que se permite la licencia de contar lo que no se contó
El montaje elegido, “Lo que el Quijote NO cuenta”, es ya uno de esos títulos que el grupo maneja con la tranquilidad de quien ha pasado muchas veces por la misma partitura y sabe dónde están los silencios. La propuesta parte de una idea tan sencilla como eficaz: ¿y si la historia que conocemos del hidalgo manchego no es exactamente la que ocurrió? ¿Y si entre traducciones, omisiones y alguna que otra licencia del propio Cervantes quedaron episodios en la sombra?
A partir de ese juego, el espectáculo despliega una estructura clara — introducción, ocho piezas, despedida— que permite al público entrar y salir del universo quijotesco sin perder el hilo. No hay trampa ni cartón: aquí el peso recae en la palabra, en el ritmo y en la capacidad de los actores para sostener la atención sin necesidad de grandes artificios.
Y ahí es donde el TIA demuestra lo que tiene. Porque lo suyo no es el teatro de impacto inmediato, sino el de cocción lenta: el que arranca con una sonrisa, crece con el guiño y termina en aplauso. Un aplauso que no llega por sorpresa, sino por acumulación.
Hay, además, un equilibrio que no siempre es fácil de encontrar: el respeto al original y la libertad para jugar con él. El TIA no convierte a Cervantes en una figura intocable, pero tampoco lo trivializa. Lo acerca. Lo humaniza. Y, en ese gesto, lo hace más presente.
Arbancón, público atento y teatro sin ruido
El certamen de Arbancón tiene algo que descoloca al visitante acostumbrado a los grandes circuitos: aquí no hay prisa. Las funciones se integran en la vida del pueblo como un acontecimiento esperado, no como una cita más en una agenda saturada. Y eso se nota.
El público acude, escucha, sigue las historias. No está de paso. Está. Y ese tipo de atención, cada vez más escasa, es el mejor escenario posible para una propuesta como la del TIA.
La función transcurrió con esa naturalidad que solo se consigue cuando las cosas están en su sitio. Sin estridencias, sin altibajos innecesarios, con una progresión que fue llevando al público desde la curiosidad inicial hasta un cierre celebrado. Los aplausos, generosos pero sinceros, llegaron como llegan los buenos finales: sin necesidad de forzarlos.
Y luego está la música. Ese “Por la calle bailando y cantando” que abre y cierra el montaje funciona como un hilo conductor que no solo estructura la obra, sino que deja una sensación de celebración compartida. La versión final, más desenfadada, terminó de redondear una función que no buscaba epatar, sino conectar.
Arbancón, con su condición de “pueblo mágico” y su apuesta por mantener viva la actividad cultural durante los meses más duros del año, ofreció el contexto perfecto para este encuentro. Teatro en invierno, en un entorno rural, con compañías que llegan desde distintos puntos del país para hacer lo que saben: contar historias. Y hacerlo bien.
En ese mapa, el TIA encaja con naturalidad. No como una excepción, sino como una pieza más de ese engranaje que demuestra que el teatro aficionado,cuando hay trabajo detrás, puede sostener propuestas de calidad y generar comunidad.
Volver con lo puesto (y algo más)
La vuelta a Alcalá no deja titulares grandilocuentes. No los necesita. Deja algo más discreto y, probablemente, más valioso: la sensación de haber cumplido. De haber llevado un montaje propio, reconocible, a un escenario distinto y haber encontrado allí lo mismo que en casa: atención, respuesta y complicidad.
El Teatro Independiente Alcalaíno sigue en lo suyo. Que no es poco. Seguir ensayando, seguir girando, seguir subiendo a escena con la misma mezcla de respeto y desenfado. Sin grandes campañas, sin ruido innecesario, pero con una constancia que, vista con perspectiva, se parece mucho a la resistencia cultural. Porque al final, entre tanto titular efímero, hay historias que se sostienen de otra manera.
A base de tablas, de horas y de público. Y en ese terreno, el TIA juega con ventaja.Y mientras lo siga haciendo, siempre habrá algún escenario, en Alcalá o en la Sierra Norte, dispuesto a acoger a ese Quijote que, por lo visto, todavía no lo ha contado todo.


















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