Lo que pasa en Aragón no se queda en Aragón | Por Pedro Enrique Andarelli

Pedro Enrique Andarelli mira las elecciones autonómicas del 8 de febrero en Aragón sin prismáticos partidistas y con algo de memoria acumulada. El PP gana sin despejar incógnitas, Vox crece sin complejos y el PSOE resiste sin entusiasmar. Más allá del reparto de escaños, la campaña deja pistas reconocibles: derechas que suman, dependencias que se normalizan y un clima político que avanza con más ruido que proyecto.

Fotocomposición IA de Pedro Enrique Andarelli
  • Aragón anticipa un ciclo nacional: PP gobierna condicionado, Vox crece y manda, PSOE aguanta sin pulso, y política se desliza hacia derechas.

 

Hay frases que nacen para un plató y acaban convertidas en categoría política. “Lo que pasa en Aragón no se queda en Aragón” es una de ellas. Se ha repetido tanto estos días que corre el riesgo de sonar a consigna gastada, pero conviene no despacharla con ligereza. Porque, más allá de quién la pronuncie o de cuántas veces se cite, la idea que encierra tiene más fondo del que aparenta: Aragón no decide España, pero suele avisarla. Como esos pueblos donde nadie parece muy alterado, pero todo el mundo sabe que cuando el bar empieza a cerrar antes es que algo se mueve.

Las elecciones autonómicas del 8 de febrero de 2026 no han dejado un terremoto, pero sí un temblor largo, de esos que no tiran edificios pero agrietan paredes. El Partido Popular gana, pero pierde dos escaños. El PSOE cae con estrépito, pero sin drama interno inmediato. Vox duplica representación y se instala en el centro de la negociación política. La izquierda se fragmenta y solo Chunta Aragonesista recoge parte del naufragio. Todo es perfectamente gobernable. Todo es, al mismo tiempo, profundamente revelador.

Aragón vuelve a funcionar como territorio espejo. No porque lo que ocurra allí se reproduzca de forma mecánica en el resto del país, sino porque condensa tendencias que luego se despliegan a mayor escala. Lo que se ensaya en Aragón —discursos, alianzas, dependencias, silencios estratégicos— suele reaparecer meses después en otros escenarios, ya sin ensayo previo ni red de seguridad. Aragón no inventa nada, pero lo anticipa todo.

El dato frío dice que el bloque de derechas suma cuarenta escaños, seis por encima de la mayoría absoluta. El relato inmediato habla de “victoria clara” del PP. Pero basta levantar un poco la vista para advertir que esa victoria es, como poco, incómoda. Jorge Azcón seguirá siendo presidente, sí, pero lo hará más condicionado que antes. Gana el poder, pero pierde autonomía. Celebra la noche electoral con vítores y con un “tic, tac” dirigido a Madrid, mientras en Zaragoza se prepara para negociar con un socio que ya no se conforma con acompañar ni con poner cara de domingo institucional.

La comparecencia de Azcón fue un buen ejemplo de cómo se gobierna hoy el relato: tono eufórico, escasa autocrítica y mensaje nacionalizado. “Hemos ganado”, proclamó, mientras reconocía de pasada que había perdido dos diputados, como quien menciona que ha llovido un poco cuando ya está empapado. Nada que empañara la fiesta. Nada que interrumpiera los gritos de “presidente”. El mensaje estaba claro: el PP gobierna Aragón y contribuye al cambio en España. Que ese gobierno dependa más que nunca de Vox es un detalle menor, casi administrativo, como el IVA en una factura larga.

Vox, por su parte, no necesitó elevar el tono. Santiago Abascal compareció satisfecho, consciente de que su partido había logrado lo más difícil: crecer sin diluirse. De siete a catorce escaños. Sin matices. Sin complejos. Y sin quitarse la gorrita de ganadero en toda la campaña, que ya es casi un símbolo político: la boina del siglo XXI, pero con marca y bien planchada. Abascal no se disfraza para la ocasión; va siempre igual, como si el país entero fuera una feria de ganado que necesita orden, cercas nuevas y algún que otro látigo retórico.

Vox no solo suma, condiciona. Ofrece apoyo, pero exige poder real: vicepresidencia, consejerías con presupuesto, capacidad de ejecutar políticas propias. No quiere acompañar; quiere gobernar. Y lo hace con una tranquilidad casi pedagógica, como quien explica por enésima vez que no ha venido a ayudar a nadie, sino a mandar. Aragón le sirve para demostrar que ya no es un actor periférico, sino una pieza central del sistema.

Aragón se convierte así en laboratorio de una derecha desequilibrada. El PP gana elecciones, pero Vox gana peso. El primero necesita pactar; el segundo puede imponer condiciones. Es una relación asimétrica que se repite cada vez con más naturalidad y menos pudor. Y que, lejos de provocar alarma en Génova, empieza a asumirse como parte del paisaje, como los peajes o los atascos de los lunes.

Durante la campaña, ese desplazamiento se hizo visible no solo en los discursos, sino también en los gestos. La presencia de Vito Quiles en el cierre de campaña del PP en Zaragoza no fue una anécdota, sino una señal. Invitado por Nuevas Generaciones, el agitador ultraderechista intervino, entrevistó, arengó y se fotografió con los principales dirigentes del partido. Sus palabras —insultos, amenazas veladas, deshumanización del adversario— fueron recibidas con aplausos en un acto oficial del Partido Popular.

Que Quiles estuviera allí dice más del PP que de Quiles. Él hace exactamente lo que se espera de él. Lo relevante es que un partido que aspira a gobernar España decida normalizar ese tipo de discurso en un acto de campaña. No para provocar, sino para seducir. No para escandalizar, sino para competir con Vox en su propio terreno. Como si el PP hubiera decidido que, ya que el campo está embarrado, mejor entrar con botas altas que quedarse en la orilla haciendo gestos de desaprobación.

La reacción posterior del PP fue aún más reveladora. Jorge Azcón minimizó el episodio. Miguel Tellado fue más allá y lo elogió públicamente, comparándolo con humoristas televisivos y presentándolo como ejemplo de valentía. Tellado, que nunca ha tenido problemas en llenar silencios, convirtió la hipérbole en doctrina: donde otros veían radicalización, él vio arrojo; donde algunos veían un problema, él detectó una oportunidad. Es su papel. Tellado no analiza: empuja. No matiza: acelera. Es el hombre que siempre llega a una discusión con la frase siguiente ya preparada.

Ese movimiento, sin embargo, tiene un efecto colateral evidente: legitima a Vox. Si el PP adopta parte del lenguaje, del tono y de los símbolos de la ultraderecha, ¿por qué votar a la copia cuando se puede votar al original? Aragón responde a esa pregunta con claridad: Vox no se frena, se refuerza. Y lo hace sin necesidad de disfrazarse de nada que no sea ya.

En medio de ese ruido, Alberto Núñez Feijóo apareció como un líder incómodo. Presente en la campaña, pero sin marcarla. Protagonista involuntario de un lapsus viral en una empresa cárnica de Binéfar, confundiendo reiteradamente el nombre de la compañía, Feijóo encarnó sin quererlo la imagen de un dirigente cansado, algo descolocado, ajeno al ritmo frenético de una campaña cada vez más estridente. Como si hubiera ido a hablar de gestión y hubiera acabado en un concurso de trabalenguas.

No es el error lo que importa, sino el contexto. Mientras su partido coquetea con la radicalización y endurece el discurso, Feijóo parece hablar otro idioma. Ni el lapsus ni los memes deciden elecciones, pero ayudan a construir una percepción: la de un liderazgo que no termina de controlar el marco político que lo rodea, y que observa cómo otros elevan el volumen mientras él sigue buscando el mando a distancia.

En el otro lado del tablero, el PSOE encajó la derrota con serenidad institucional. Pilar Alegría compareció sin dramatismo, reconoció que el resultado no era bueno y anunció que seguiría al frente del partido para liderar la oposición. No hubo dimisiones ni catarsis. Ferraz cerró filas con rapidez, subrayando la campaña “limpia” y evitando cualquier autocrítica profunda. Fue una escena correcta, casi académica, en un contexto cada vez menos académico.

La escena fue digna, pero también elocuente. El PSOE resiste, pero no avanza. Igualar el peor resultado histórico del partido en Aragón no provoca una crisis interna inmediata, pero sí alimenta una sensación de estancamiento. El argumento del “PP rehén de Vox” sigue siendo válido, pero ya no moviliza como antes. El miedo no basta. El desgaste pesa. Y el votante empieza a buscar otras respuestas, o simplemente a dejar de buscar.

Aragón, una vez más, no es una excepción. El patrón se repite en otros territorios: la izquierda pierde apoyo, se fragmenta, y solo algunas fuerzas con fuerte arraigo territorial logran capitalizar parte del descontento. El ciclo autonómico de 2026 empieza a dibujar un mapa inquietante para el PSOE, más defensivo que propositivo, más reactivo que ilusionante.

Todo esto ocurre mientras la política española se nacionaliza hasta en los detalles más pequeños. Azcón habla del fin del “sanchismo”. Tellado convierte Aragón en plebiscito nacional. Abascal vincula los resultados autonómicos con Bruselas y la inmigración. Cada comparecencia local es un mensaje a Madrid. Cada escaño autonómico, una ficha en el tablero nacional.

Incluso lejos de Aragón, ese domingo 8 de febrero, se miró de reojo lo que ocurría allí. También desde Alcalá de Henares. Entre una carrera solidaria por la ELA y el simbólico traspaso del bastón de mando por un día, la actualidad local convivió con la atención puesta en Zaragoza, Huesca y Teruel. No por curiosidad lejana, sino porque lo que allí se decidía tenía ecos que iban mucho más allá del Ebro. Aragón apareció como termómetro de algo mayor, incluso en municipios donde la política cotidiana se mide en clave vecinal.

Y ahí está quizá la clave de esta historia. Aragón no anticipa un resultado concreto, pero sí un método. La derecha suma, pero lo hace de forma cada vez más desequilibrada. El PP gobierna, pero depende. Vox crece, pero exige. El PSOE aguanta, pero no ilusiona. Y el centro político, ese espacio tan invocado como poco habitado, se encoge un poco más.

Los gobiernos se forman, los presupuestos se negocian y la vida institucional continúa. Pero bajo esa normalidad se va asentando una lógica nueva: la del socio imprescindible, la del discurso cada vez más duro, la de la política entendida como resistencia antes que como propuesta.

Las elecciones generales están previstas para 2027, pero nadie en la política española cree de verdad en los calendarios largos. Las presiones judiciales, el desgaste acumulado y la lectura interesada de cada resultado autonómico alimentan la hipótesis de un adelanto. Aragón no lo provoca, pero lo alimenta. Como tantas otras veces, no es causa, sino síntoma.

Al final, lo que queda de estas elecciones no es un vencedor incontestable ni un derrotado absoluto. Lo que queda es una fotografía ligeramente movida, en la que todos celebran algo y todos esconden algo. Una imagen en la que las cifras cuadran, pero las preguntas se multiplican.

Aragón no se queda en Aragón porque ya no hay territorios aislados. Todo se mira en clave nacional, todo se interpreta como anticipo, todo se convierte en relato. Y en ese juego de espejos, conviene recordar que las matemáticas sirven para contar escaños, pero no siempre para entender la política.

Eso viene después. Y casi nunca se ve en la noche electoral.

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