- Una tribuna sobre nubarrones globales, estrategia política, Trump, Sánchez y Alcalá, donde el poder local y socialista se juega su próximo rumbo.

En el horizonte político español se acumulan nubarrones como en una tormenta perfecta, donde el trueno de las urnas retumba desde Extremadura hasta las costas del Atlántico y, más allá, hasta los salones dorados de Mar-a-Lago la famosa finca y club privado de Donald Trump en Palm Beach, Florida. El ciclo electoral autonómico, ese carrusel de promesas rotas, agravios territoriales y alianzas cada vez más frágiles, se acelera como un tren sin frenos hacia un precipicio de incógnitas. Y en el centro de este vendaval, Pedro Sánchez juega al ajedrez con un tablero inclinado, con piezas prestadas, relojes desacompasados y público gritando desde la grada, mientras la derecha afila sus cuchillos y Donald Trump, el eterno showman, ensaya sus juegos de guerra capaces de alterar el mapa global. Todo ello, aderezado con las profecías de tertulianos convertidos en oráculos de plató, que pintan un panorama distópico donde la realidad parece empeñada en superar a la ficción.
Comencemos por el epicentro. Las elecciones en Extremadura, celebradas en diciembre de 2025, no fueron un simple aperitivo, sino el primer bocado amargo de un banquete electoral que amenaza con resultar indigesto. El PP de Alberto Núñez Feijóo logró una victoria clara frente al PSOE, con María Guardiola alcanzando los 29 escaños y una diferencia cercana a los 18 puntos, un resultado que supuso un golpe evidente para los socialistas. Sin embargo, el éxito quedó lejos de ser completo: el PP no consiguió su objetivo de gobernar en solitario ni alcanzar la ansiada mayoría absoluta, lo que obligó de nuevo a mirar hacia Vox para garantizar la estabilidad. Vox, ese socio incómodo que nunca se sienta del todo a la mesa pero siempre reclama postre, capitalizó el descalabro socialista con seis diputados más, rentabilizando el hundimiento ajeno como un buitre sobre carroña política. Aun así, desde Génova se impuso el relato del triunfo rotundo. Feijóo habló del “principio del fin de Sánchez” con la sonrisa ensayada del ganador prematuro; Isabel Díaz Ayuso, por su parte, subió el tono y llamó al presidente “loser profesional” y “rémora” para España, en una deriva retórica que empieza a convertirla en una caricatura de sí misma, prisionera de su propio personaje.
Pero el verdadero estruendo no vino tanto de los resultados como del relato posterior, ese “golpe a golpe” machacado por Miguel Tellado desde la secretaría general del PP, repitiendo lo de la “paliza histórica” como un martillo pilón. Un mantra que no busca convencer, sino cansar. Porque, en realidad, la política española hace tiempo que dejó de parecerse a un debate para asemejarse a un combate de boxeo sin árbitro, donde se golpea incluso cuando suena la campana. La victoria ya no se mide tanto en proyectos como en daño infligido al adversario.
Y hablando de golpes, el Senado se ha convertido en el ring predilecto de la oposición. Controlado por el PP, ha dejado de ser una cámara de segunda lectura para transformarse en una herramienta de desgaste sistemático: bloqueos legislativos, vetos presupuestarios y un uso táctico que recuerda más a las trincheras de la Guerra Fría que a la arquitectura institucional de una democracia madura. En paralelo, el calendario judicial actúa como una banda sonora constante: investigaciones que orbitan alrededor de Moncloa, filtraciones oportunas, autos que llegan siempre en momentos políticamente sensibles. ¿Casualidad? En este teatro de sombras, la casualidad es un concepto en desuso.
A este clima se suma uno de los problemas sociales más acuciantes del momento: la vivienda. 2026 es el año en que vencen cientos de miles de contratos de alquiler firmados en plena pandemia, empujando a muchas familias a renegociaciones traumáticas o directamente a la expulsión del mercado. El intento del Gobierno por amortiguar el golpe ha abierto un conflicto interno evidente con Sumar, que reclama medidas más contundentes frente a la apuesta socialista por incentivos y soluciones graduales. La disputa no es solo técnica, sino ideológica: dos maneras distintas de entender hasta dónde debe llegar el Estado en un mercado tensionado.
Otro frente abierto es el cuestionado plan de financiación autonómica, presentado por el Ejecutivo como una actualización necesaria de un modelo caducado, pero denunciado por el PP como un traje a medida para asegurar apoyos parlamentarios. El debate ha reactivado viejos fantasmas territoriales y ha permitido a los gobiernos autonómicos populares presentarse como víctimas de un agravio permanente.
En este contexto, la próxima cita electoral adquiere un valor simbólico especial. Las elecciones autonómicas de Aragón se observan ya como el siguiente termómetro político. No decidirán el rumbo del país, pero sí pueden ofrecer pistas sobre hacia dónde se inclina el ánimo del electorado tras meses de confrontación y desgaste.
Con todo, no todas las piezas se mueven en la misma dirección. También hay señales, menos ruidosas y más técnicas, que apuntan a una evolución más favorable para el Gobierno. Una de ellas es la mejora del escenario jurídico en torno a la causa del Fiscal General del Estado. No hay absoluciones épicas ni giros cinematográficos, pero sí una sensación creciente de que el caso se encamina hacia una resolución menos lesiva de lo que auguraban los titulares más estridentes.
Algo parecido ocurre en el plano económico. Con la fecha de caducidad de los fondos europeos Next Generation marcada en rojo, el Ejecutivo ha optado por anticiparse al final de ciclo mediante el llamado Plan Soberano, concebido para sustituir progresivamente ese flujo extraordinario por un instrumento propio de inversión nacional. No es una solución milagro, pero sí una señal política de previsión en un entorno incierto.
En esa estrategia de resistencia y administración del tiempo encaja también la lectura que hace Iván Redondo, quien sitúa el horizonte electoral en septiembre de 2027 como una hipótesis coherente con la voluntad del presidente de agotar la legislatura. No como gesto épico, sino como cálculo político: dejar que el desgaste se distribuya, que la oposición se consuma en su propio relato de derrumbe inminente y que el ciclo se cierre cuando ya no quede munición fácil. Incluso los gestos aparentemente frívolos encajan en ese marco. La imagen reciente de Pedro Sánchez esquiando en la sierra de Madrid, convertida en material viral y comentario irónico, no es solo anécdota: es la representación de un presidente que intenta proyectar normalidad, control y calma, casi un influencer institucional, mientras alrededor se multiplica el ruido, la crispación y la sensación de fin de época.
Ese clima de provisionalidad no es exclusivo de España. Forma parte de un malestar más amplio, casi global, que explica por qué determinadas figuras no solo reaparecen, sino que regresan con más fuerza. El tablero internacional se parece cada vez menos a un sistema de equilibrios y más a un escenario donde los actores compiten por imponer presencia, ruido y dominio simbólico. Y ahí, inevitablemente, entra en escena Donald Trump.
Trump no irrumpe como una anomalía, sino como la consecuencia más extrema de ese momento histórico. Llegó a la presidencia prometiendo no intervención, bajo el lema America First, y renegando del papel de Estados Unidos como garante del orden liberal global. Sin embargo, esa promesa se ha traducido no en retirada, sino en una política exterior más unilateral, más imprevisible y, en ocasiones, más agresiva. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de noviembre de 2025 consagra ese giro: reduce el compromiso con alianzas tradicionales si no hay beneficio directo y legitima acciones unilaterales bajo la bandera del interés nacional, redefiniendo prioridades sin demasiadas concesiones a la diplomacia clásica.
Esa doctrina se ha materializado en distintos escenarios. En Venezuela, Estados Unidos ha reforzado su intervención política y económica, reabriendo el tablero energético y recuperando influencia en el hemisferio occidental. En Ucrania, la apuesta por una salida negociada convive con una menor implicación directa, alimentando la sensación de cansancio estratégico en Europa. En Gaza, los planes estadounidenses combinan propuestas de alto el fuego con advertencias de fuerza, mientras el conflicto sigue devorando legitimidades. Irán permanece como amenaza latente, entre sanciones, equilibrios regionales y una diplomacia que nunca termina de cuajar. Incluso Groenlandia reaparece como pieza estratégica, símbolo de una visión geopolítica donde el territorio vuelve a cotizar como activo.
Todo ello ha tensado la relación con Europa. Washington exige más gasto en defensa, menos dependencia y mayor alineamiento, mientras cuestiona abiertamente el modelo europeo de soberanía compartida. La alianza atlántica sigue en pie, pero ya no descansa sobre certezas, sino sobre cálculos. Europa observa, inquieta, cómo el socio histórico se mueve cada vez más guiado por impulsos que por
Por eso resulta tan gráfica la comparación que circula en algunos análisis: un empresario es Bill Gates; Trump es Corleone. No gestiona empresas, gestiona lealtades, miedos y silencios. Y esa forma de ejercer el poder, trasladada al escenario global, convierte la incertidumbre en norma.
Trump aparece así como un personaje correoso, difícil de desgastar, histriónico hasta el exceso, grimoso en las formas y profundamente poco fiable, no tanto por lo que dice, que suele ser contradictorio, como por la ausencia de un marco estable que permita anticipar sus decisiones más allá del impulso, el interés inmediato o la necesidad de reafirmarse.
No deja de ser significativo que 2026 marque el 250 aniversario de la fundación de Estados Unidos, una efeméride llamada a celebrar valores democráticos y liderazgo global que llega en un momento de profunda división interna y redefinición externa.
Y mientras tanto, allá en Dakota del Sur, el Monte Rushmore sigue mostrando los rostros de cuatro presidentes tallados en piedra, símbolos de una idea de Estados Unidos hoy en revisión. Cuesta no preguntarse, con una mezcla de ironía y temor, si Trump fantasea con verse algún día esculpido allí arriba. No por lo que represente, sino por el simple hecho de estar. De ocupar espacio. De dejar marca, aunque sea a martillazos.
Quizá por eso este 2026 se percibe como un año extraño. No trágico, no épico, pero sí cargado de señales. Un año en el que las democracias no parecen a punto de caer, pero sí permanentemente a prueba. España, Europa y el mundo avanzan así, entre nubarrones e incógnitas, esperando que el temporal amaine sin tener del todo claro dónde está el refugio.
Con ese telón de fondo, un mundo en tensión, una España en equilibrio inestable y una política cada vez más pendiente del gesto que del proyecto, conviene bajar el foco y mirar a Alcalá de Henares. Porque también aquí, lejos de los salones de Mar-a-Lago o de los despachos de Bruselas, el cambio de ciclo se percibe en lo cotidiano: en las decisiones municipales, en los debates que empiezan a asomar, en las prioridades que se reordenan casi sin que nos demos cuenta. Lo global no llega a la ciudad en forma de titulares grandilocuentes, sino filtrado en pequeños conflictos, en expectativas cruzadas y en una política local que, como el resto, empieza a moverse entre la gestión del presente y el cálculo del mañana. Alcalá no vive al margen de los nubarrones; los observa desde su propia escala, con sus propias tensiones y novedades, consciente de que incluso en lo más cercano también se está jugando una parte del ciclo que se abre.
Antes de responder a las preguntas que empiezan a circular, legítimas, incómodas y muy de barra larga, conviene detenerse un momento en quién gobierna hoy Alcalá y en qué condiciones lo hace. Porque la política local, como la nacional o la internacional, no se entiende por lo que podría venir sin mirar antes lo que ya está ocurriendo.
Alcalá de Henares está gobernada desde 2023 por una coalición de derechas formada por el Partido Popular y Vox, presidida por Judith Piquet, que accedió a la Alcaldía tras desbancar al PSOE de Javier Rodríguez, después de ocho años de gobierno socialista. No fue un relevo traumático ni un vuelco sísmico, pero sí el cierre de un ciclo largo y el inicio de otro que todavía está buscando su relato.
El Ejecutivo local funciona con una mayoría ajustada y una aritmética conocida: el PP gobierna, Vox sostiene. Una alianza que, más allá de los comunicados oficiales, se mueve entre la cohabitación prudente y el equilibrio incómodo, especialmente cuando los asuntos descienden del plano ideológico al terreno de la gestión diaria. Porque una cosa es compartir diagnóstico general y otra muy distinta gobernar una ciudad compleja, con barrios muy distintos entre sí, servicios tensionados y una ciudadanía más exigente que entusiasta.
Desde el entorno de la Alcaldía confirman que Judith Piquet está dispuesta a optar a la renovación en mayo de 2027, convencida de que su proyecto tiene recorrido más allá del relevo político de 2023. En el PP local se habla ya de reelección y de un balance de gestión que, alcanzado el ecuador del mandato, empieza, según defienden, a ofrecer resultados visibles.
El Gobierno municipal reivindica un “cambio de rumbo real” tras ocho años de gobiernos socialistas, apoyado en tres ejes principales: inversión, gestión económica y recuperación del pulso urbano. En cifras, el Ejecutivo habla de más de 90 millones de euros movilizados en los barrios, con actuaciones repartidas por todos los distritos, y de una rebaja fiscal cercana a los cinco millones de euros sin recortes en servicios ni riesgos para la estabilidad financiera del Ayuntamiento.
En ese balance, el equipo de Piquet subraya también el desbloqueo del ámbito de la vivienda, la mejora de los servicios de limpieza y seguridad y una gestión que se presenta como más eficiente y transparente. Pero, sobre todo, sitúa como emblemas del mandato dos intervenciones de fuerte carga simbólica: la reforma de la Plaza de Cervantes y la actuación integral en la Plaza de los Santos Niños, concebidas no solo como obras urbanas, sino como declaración política de centralidad, patrimonio y proyección de ciudad.
La alcaldesa define así su Gobierno como sólido y estable, convencida de que la segunda mitad del mandato será clave para consolidar y hacer más perceptibles las políticas emprendidas. Ese es, al menos, el relato que empieza a perfilarse en el PP de Alcalá, donde ya no se habla solo de gestionar el presente, sino de preparar el terreno para la próxima cita electoral.
Con ese escenario dibujado, la mirada se desplaza inevitablemente hacia la oposición. Y, en concreto, hacia el PSOE de Alcalá de Henares, que sigue siendo la principal fuerza alternativa al actual Gobierno municipal y, al mismo tiempo, la gran incógnita del tablero local. No tanto por su peso institucional, que permanece intacto, como por el momento interno que atraviesa y por las decisiones que deberá tomar en los próximos meses.
La inquietud no es solo política; también es ciudadana. Hace apenas unos días, un lector resumía en un mensaje directo lo que muchos se preguntan en corrillos, agrupaciones y conversaciones de calle. Lo hacía sin rodeos, casi como quien lanza una botella al mar:
¿cuándo serán las primarias del PSOE de Alcalá?,
¿será o no Javier Rodríguez el único candidato socialista a la Alcaldía?,
¿y se atreverá ese reducido núcleo crítico —el ya famoso “grupito”— a enfrentarse al Leviatán?
Las preguntas, formuladas con ironía, encierran algo más profundo que simple curiosidad. Apuntan a la falta de certezas en un partido acostumbrado a gobernar la ciudad durante largos periodos y que ahora debe redefinirse desde la oposición. Porque, a diferencia del Gobierno municipal, que empieza a construir un relato de continuidad, el PSOE local sigue debatiéndose entre el tiempo orgánico, la memoria reciente del poder y la necesidad,o no, de abrir una nueva etapa.
Responder a estas cuestiones exige ir más allá del rumor y del comentario interesado. Requiere analizar tiempos, equilibrios internos, nombres propios y, sobre todo, la lectura que el socialismo complutense hace del momento político actual. Pero para eso, ahora sí, conviene entrar en harina.
En resumen, el PSOE de Alcalá de Henares afrontará primarias en los próximos meses, en un contexto marcado por el desgaste, el debate interno y una evidente división orgánica. Javier Rodríguez Palacios ha manifestado internamente su voluntad de volver a presentarse como candidato a la Alcaldía. No es una figura menor: es portavoz municipal socialista desde 2003 y fue alcalde entre 2015 y 2023, hasta que Judith Piquet fue investida alcaldesa tras un acuerdo de gobierno entre PP y Vox.
Durante su etapa al frente del Ayuntamiento, Rodríguez Palacios gobernó primero con Somos Alcalá, formación próxima a Podemos y, en el siguiente mandato, con Ciudadanos. En el actual escenario interno cuenta con el respaldo de buena parte de los concejales y concejalas más veteranos del grupo municipal, que apuestan por la continuidad como fórmula para recuperar la Alcaldía.
Enfrente, los concejales más jóvenes, aunque suficientemente preparados, algunos de ellos mencionados en la carta del lector, han expresado su apuesta por la renovación en la cabecera de la lista, defendiendo la necesidad de abrir una nueva etapa. Uno de ellos trasladaba recientemente a ALCALÁ HOY una reflexión que resume bien el clima interno de la Agrupación Socialista:
Ante los momentos de crisis, las organizaciones políticas se enfrentan a una disyuntiva decisiva: actuar con valentía o bunkerizarse. La valentía implica asumir riesgos, abrir debates y exponerse al conflicto. La bunkerización, en cambio, busca protegerse cerrando filas, evitando decisiones audaces y aplazando los cambios necesarios.
Ese argumento enlaza deliberadamente con la historia reciente del PSOE a nivel nacional. En 2016, tras dos elecciones generales sin mayorías claras, el partido optó por la abstención que permitió gobernar a Mariano Rajoy. Aquella decisión fue vivida por amplios sectores de la militancia como una renuncia a los principios y un ejercicio de bunkerización institucional. Desde la dirección se defendió como un mal menor para evitar unas terceras elecciones, pero el coste político y emocional fue enorme: desmovilización, desconexión y pérdida de identidad.
En ese contexto emergió la figura de Pedro Sánchez, que se negó a asumir aquella abstención como propia y dimitió. Su salida, interpretada inicialmente como una derrota, terminó convirtiéndose en un acto de valentía política que conectó con una base socialista que reclamaba coherencia y coraje. La posterior victoria de Sánchez en las primarias demostró que asumir riesgos podía ser un potente catalizador de movilización.
Quienes hoy reclaman renovación en el PSOE de Alcalá ven paralelismos claros con aquella etapa: desgaste institucional, presión externa y tentación de cerrar filas para resistir. Frente a ello, sostienen que la movilización no nace del miedo, sino de la convicción; que la ilusión colectiva no se reactiva con inercias, sino con debate, propuesta y calle.
Según nos trasladan fuentes conocedoras de la vida orgánica socialista, la situación en la Agrupación alcalaína es actualmente muy tensa, con una ejecutiva dividida prácticamente en dos mitades y un clima interno marcado por la desconfianza y la expectativa. No se trata solo de una discusión de nombres, sino de una decisión estratégica: continuidad o revulsivo, experiencia o renovación, control o riesgo.
Las primarias, cuando se convoquen, no solo decidirán un candidato. Definirán qué lectura hace el PSOE de Alcalá de su propia crisis y qué tipo de oposición, y alternativa de gobierno, quiere construir de cara a 2027.
Quizá lo verdaderamente inquietante de este cambio de ciclo no sea solo la sucesión de crisis políticas, económicas o territoriales, sino la sensación de vivir en un tiempo donde lo serio y lo grotesco conviven sin fricción. Un mundo en el que se debate el rumbo de las democracias mientras una polémica sobre Julio Iglesias, sus silencios, sus excesos, su biografía convertida en campo de batalla cultural, irrumpe en la conversación pública como si fuera un asunto de Estado. Distopía pura. Todo parece discutible, todo parece opinable, todo parece provisional. Desde los equilibrios geopolíticos hasta las primarias de un partido local. Y quizá por eso conviene no perder el hilo: entender que los nubarrones no anuncian necesariamente la tormenta final, pero sí un tiempo de decisiones. Algunas se tomarán con valentía; otras, desde el refugio del bunker. De su suma, en Madrid, en Washington o en Alcalá, saldrá el paisaje político o quizás el natural , que nos toque habitar.

















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