El subnopop de Ojete Calor desata el éxtasis en el Muralla Camp de Alcalá

El Muralla Camp convirtió la Huerta del Obispo en una fiesta sin etiquetas donde la música, el humor y la nostalgia se dieron la mano. Más de 4.300 personas disfrutaron de una velada única con Ladilla Rusa, Ojete Calor y OBK, tras la ausencia de King África por motivos de salud. Entre drag queens, purpurina, hits noventeros y el éxtasis del subnopop, Alcalá vivió una de las noches más intensas de sus Ferias.

  • Ladilla Rusa y OBK completaron una velada inolvidable que no echó de menos a King África.
  • Crónica gráfica de Ricardo Espinosa y video de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY

Alcalá de Henares vivió el viernes 29 de agosto una de esas noches que se graban en la memoria colectiva como parte de la banda sonora de unas Ferias. En la Huerta del Obispo, más de 4.300 personas se rindieron a un festival que mezcló humor, nostalgia, desparrame y música sin complejos: La Muralla Camp. El evento, que tuvo que reconfigurarse tras la baja por faringitis de King África, acabó siendo un triunfo rotundo gracias a Ladilla Rusa, Ojete Calor y OBK, tres universos diferentes que confluyeron en un mismo escenario para fabricar una fiesta inclasificable y muy complutense.


Un arranque colorido: bingo drag y purpurina colectiva

El Muralla Camp comenzó con una rareza tan surrealista como divertida: el Bingo Party by Drag Brunch. Difícil de explicar y aún más de definir, pero que arrancó carcajadas y predisposición al exceso. Entre plumas, abanicos, purpurina y hombreras imposibles, el público ya estaba entregado incluso antes de los conciertos principales. La organización había pedido un dress code deportivo de los 80 y 90 y los asistentes cumplieron con creces: chándales brillantes, peinados de fantasía, gafas imposibles y una estética que parecía sacada de un revival ochentero dirigido por Pedro Almodóvar.

La Huerta del Obispo fue, por unas horas, una fantasía colectiva en la que la estética y el humor fueron tan protagonistas como la música. La ausencia de King África, anunciada a última hora por motivos de salud, quedó relegada a una anécdota cuando empezó el verdadero desfile de hits.


Ladilla Rusa: ironía, electropop y bandera reivindicativa

Los primeros en saltar al escenario fueron Ladilla Rusa, el dúo catalán formado por Tania Lozano y Víctor F. Clares. Con su gira La Venganza de las Súper Ladillas, desplegaron esa mezcla de electropop, rumba y sátira social que ya los había consagrado en Alcalá durante el Festival Gigante. Temas como Bebo (de bar en peor), Princesas, Criando Malvas o el ya clásico Macaulay Culkin fueron coreados como si fueran himnos de verbena del siglo XXI.

Su humor gamberro y reivindicativo atrapó al público, con frases como que eran los “únicos capaces de dar bajas médicas por resaca”. La traca final fue su despedida, ondeando una bandera de Palestina y llamando a quedarse para ver a sus “primas hermanas” Ojete Calor. Alcalá ya estaba en calor… y lo que venía a continuación era el plato fuerte.


Ojete Calor: el éxtasis del subnopop

El turno fue para Ojete Calor, el dúo formado por Carlos Areces y Aníbal Gómez, que salió al escenario con media hora de retraso, pero también con la determinación de convertir la Huerta del Obispo en el templo del subnopop. Lo lograron.

Entre pirotecnia, ironía y un sentido del espectáculo desbordante, Ojete Calor llevaron al público a un nivel de euforia pocas veces visto. Desde el arranque bromearon con estar en Alcalá y no en Parla, lanzando pullas cervantinas con ese sarcasmo que les caracteriza. Pero lo que verdaderamente desató el delirio fue el repertorio: Opino de que, Mocatriz, Viejoven, Tonta Gilipó… cada tema era un estribillo compartido por las 4.300 gargantas del recinto.

El clímax llegó con el “Forever Medley”, un cóctel imposible de clásicos como El Bimbó, La chica ye-ye, Agapimú o Hay que venir al sur. Antes, habían tenido su momento linterna con Esa cobardía de Chiquetete y una colaboración delirante con Ladilla Rusa en No cambié. Fue un espectáculo total, desbordante, que convirtió a Ojete Calor en los reyes indiscutibles de la noche.


OBK: nostalgia electrónica para cerrar el círculo

Después del desparrame de Ojete Calor, llegaba la calma… relativa. OBK, con Jordi Sánchez al frente, fue el encargado de cerrar la velada y lo hizo apelando a la nostalgia de los noventa y a la memoria sentimental de varias generaciones. Con su gira 30 aniversario, OBK recordó por qué sigue siendo una referencia en el pop electrónico español.

Temas como Historias de amor, El cielo no entiende, Oculta realidad o Mi razón de ser hicieron cantar y bailar a un público que, lejos de desinflarse, se dejó envolver por el aura elegante y melancólica de la banda. La Huerta del Obispo vibró al compás de una música que, como se suele decir, ya forma parte del ADN pop de este país.

OBK no solo aguantó el tipo tras el huracán de Ojete Calor, sino que ofreció un concierto sólido, intenso y con ese punto de nostalgia que redondeó una noche para el recuerdo.


Muralla Camp: la fiesta que Alcalá no olvidará

El Muralla Camp, que en principio iba a ser un festival con cuatro nombres, se quedó en tres… pero suficientes para hacer historia en las Ferias. Ni la baja de King África, ni el retraso en los horarios, ni el cansancio pudieron con la energía colectiva de un público que salió convencido de haber vivido algo grande.

Entre drag queens, purpurina, electropop, subnopop y pop electrónico de los 90, Alcalá tuvo su propia fiesta de desparrame y memoria musical, una velada en la que todo encajó: el humor corrosivo de Ladilla Rusa, el surrealismo genial de Ojete Calor y la elegancia de OBK.

Lo que ocurrió este viernes en la Huerta del Obispo no fue solo un concierto, sino un fenómeno cultural en el que la música se mezcló con la ironía y el disfraz colectivo, recordando que Alcalá también sabe dejarse llevar por la fiesta más inclasificable. Y que cuando el público quiere, no hay faringitis que frene las ganas de bailar.

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