Gloria entre piedras centenarias: Crónica florido-gloriosa de la Procesión del Corpus Christi en Alcalá de Henares (2025)

Alcalá de Henares vivió este domingo 22 de junio una de sus jornadas más solemnes y resplandecientes con la procesión del Corpus Christi, en la que el Santísimo recorrió las calles del casco histórico entre aromas de incienso, pétalos de flor y fervor popular. A pesar del calor sofocante, miles de vecinos y visitantes se congregaron para acompañar al Señor, que bajó en custodia para bendecir a su pueblo entre altares, música y devoción.

  • La Plaza de Cervantes acogió el momento más emotivo con la bendición del obispo desde una tribuna instalada por las obras.
  • Crónica gráfica del Ayuntamiento

Aconteció, bajo el sol impasible de un junio de brasas, que Alcalá de Henares, cuna de sabios, santos y letras inmortales, se engalanó como en los tiempos en que los ecos del Siglo de Oro aún retumbaban entre los muros de sus conventos. Fue el domingo 22 de junio de 2025 —aunque el calendario litúrgico marcara el jueves anterior como el día señalado— cuando las calles del casco histórico se transformaron en un altar al aire libre para acoger la procesión del Corpus Christi, ese día en que Dios, bajo la forma humilde del pan consagrado, se pasea entre los hombres.

El termómetro, sin misericordia, desafiaba cuerpos y ánimos, pero no logró enfriar la devoción ni la multitudinaria asistencia. Desde primeras horas de la tarde, la Plaza de los Santos Niños hervía de expectación y solemnidad. Allí, en la Catedral Magistral, templo mayor del espíritu complutense, el obispo don Antonio Prieto Lucena presidía la Santa Misa, recordando que la Eucaristía no es símbolo, sino milagro cotidiano: «Es Jesucristo mismo, vivo, escondido bajo las especies de pan y vino». Su voz, firme y pastoral, preludiaba la magna procesión que, como cada año, iba a descender por las calles empedradas cual río sagrado de fe.

A las 19:00, en punto, cuando el bronce del campanario anunció la hora, comenzó el cortejo. La custodia, espléndida en su trono de plata, irradiaba destellos dorados bajo la última luz de la tarde, llevada con paso solemne por los costaleros de la Cofradía Sacramental del Carmen. El incienso ascendía en espirales hacia un cielo sin nubes, mezclando su perfume con el de los pétalos que, generosos, esparcían los niños y niñas de Primera Comunión, vestidos de blanco, como pequeños ángeles urbanos.

Abrían el paso las hermandades, ordenadas por la noble antigüedad de sus estatutos y fervores. Allí estaban la Cofradía del Cristo de la Agonía, la del Cristo de la Esperanza y el Trabajo, la de la Virgen del Val —cuya presencia frente al Ayuntamiento recordaba que es, por derecho, alcaldesa perpetua de la ciudad—, y la de María Santísima de la Soledad Coronada, entre otras. Cada una con su altar propio, auténticas obras efímeras de arte y fe, fruto del esmero de vecinos, cofrades y devotos.

Procesionaron también las imágenes de San Diego de Alcalá, San Félix de Alcalá y los Santos Niños Justo y Pastor, figuras entrañables para el alma complutense, cuya presencia evocaba las raíces profundas de la fe popular.

En el apartado musical, abría la procesión la Banda de Música de Ajalvir, que acompañaba a las imágenes de San Diego y San Félix, marcando con solemnidad y temple los primeros compases del cortejo. Tras el paso del Santísimo Sacramento y de las autoridades, cerraba la marcha la Agrupación Musical del Cristo de Medinaceli de Alcalá, cuyo repertorio sacro imprimió emoción contenida a cada estación.

El recorrido —desde la Catedral-Magistral hasta la parroquia de Santa María la Mayor, pasando por las calles Escritorios, Santa Úrsula, la Plaza Rodríguez Marín, Cervantes y Libreros— fue testigo de una ciudad volcada. Las calles se adornaron con esmero: tapices florales, colgaduras en los balcones, faroles y altares que desbordaban devoción y creatividad.

En la Plaza de Cervantes, corazón cívico y sentimental de Alcalá, una tribuna sustituía al Quiosco de la Música, mudo por las obras. Desde allí, el obispo Prieto Lucena dirigió unas palabras que aún resuenan: «Acompañamos a Jesús sacramentado, que quiere bendecir nuestra ciudad y nuestras familias. ¡A Él sea todo el honor y la gloria!». Pidió también por la paz en los rincones más desgarrados del planeta, con una cita del Papa León que caló hondo: “Ninguna victoria armada podrá compensar el dolor de las madres, el miedo de los niños ni el futuro robado”.

La procesión concluyó pasadas las nueve y media de la noche en Santa María la Mayor, donde el obispo bendijo con el Santísimo y se entonó la Salve Regina, en un canto colectivo que fundió la emoción del día con la promesa de lo eterno.

Y así, entre músicas, oraciones, altares y aromas de flor y fe, culminó la más gloriosa de las procesiones alcalaínas. El Corpus Christi, esa cita con lo divino en la piel de lo cotidiano, volvió a recordarnos que, al menos por unas horas, el cielo baja a la tierra… y lo hace por la Calle Libreros.

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