Un comienzo trágico | Por Santiago López Legarda

Estábamos deseando que se acabara el trágico 2020 y resulta que para muchos alcalaínos el 2021 ha comenzado con un aspecto aún más negro. Con apenas tres días de diferencia, hemos encajado dos noticias como dos directos a la mandíbula: la muerte de Arsenio Lope Huerta y Jesús Pajares Ortega.

  • Como dejó escrito Mario Benedetti (si bien en un contexto vital y festivo antes que fúnebre,) uno se enfrenta a veces a circunstancias en las que resulta arduo decir algo que realmente no sobre.

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaino que ha ejercido en diferentes medios nacionales.

Tal vez querríamos con nuestras palabras consolar a los familiares y amigos más cercanos, o detener el curso inexorable de la vida y que estas pérdidas no tuviéramos que sufrirlas nunca.

A Jesús lo traté mucho en un tiempo ya muy lejano, en los albores de nuestra democracia. Y creo que teníamos algunas cosas en común, aparte de nuestra compartida militancia comunista. Ambos veníamos de la provincia de Guadalajara; él de la Campiña y yo de la Alcarria. Para los jóvenes lectores que ya no recuerdan o no conocen cómo fue aquel tiempo de transición y tampoco estudian geografía de España a base de codos y memoria, les relato las cuatro comarcas naturales de Guadalajara, que aún resuenan en mi cabeza como el verso final de un poema olvidado: la Campiña, la Alcarria, la Sierra, las Parameras de Molina.

Los dos éramos hijos de esa clase campesina orgullosa de serlo – al menos por lo que yo recuerdo de mi padre – pero que un día descubrió que en el campo ya no había futuro y que lo mejor era emigrar hacia las barriadas donde encontraba cobijo y sustento la nueva clase proletaria que necesitaba la acelerada industrialización del país. Jesús acabó trabajando en una de las fábricas míticas de la clase obrera alcalaína: la Perlofil; y yo estuve durante algunos años en una fábrica química que aún se yergue junto al puente de la carretera de Meco, casi como un resto fósil de nuestro glorioso pasado industrial.

En la Perlofil, por cierto, trabajó también Magdaleno García Alcalá, que nos dejó unos días antes que Jesús y que también venía del campo, del toledano en este caso. Magdaleno fue uno de los hombres más honrados y más carismáticos que he conocido en mi vida. Alguien por quien quizá podría meterse la mano en el fuego, como escribí en otra ocasión.

A Curro lo conocí por la misma época, puede que incluso un poco antes, que a Jesús. Siempre le tuve un gran respeto y admiración. Él solía decir que para un político no hay honor más grande que el de ser elegido por tus conciudadanos para Alcalde de tu ciudad o de tu pueblo. Y su actuación en el Ayuntamiento, primero como concejal y después como Alcalde, fue coherente siempre con esa idea. Yo creo que su trabajo y su dedicación a la mejora de nuestra herencia cultural resultaron decisivos para que Alcalá fuera declarada Patrimonio de la Humanidad en 1998.

En el trabajo duro y constante por hacer una ciudad mejor cimentaron Jesús y Curro una amistad de muchos años. Aunque venían de culturas políticas distintas, ninguno de los dos era sectario  y ambos creían que ningún talento debía ser excluido y que la unión de esfuerzos y la colaboración era el camino adecuado para dejar a las siguientes generaciones un Alcalá mejor y más habitable. Fue en 1983 cuando Arsenio Lope se convirtió en Alcalde de Alcalá después de un éxito memorable que le otorgaba 17 concejales en el pleno municipal. Y ahí dio una buena muestra de su inteligencia y su generosidad incluyendo a Jesús Pajares en su equipo de gobierno. Y éste correspondió a la confianza que se le daba con una gestión sobresaliente de las infraestructuras del agua.

Ambos llevaban algunos años disfrutando de un merecido retiro; aunque, si nos atenemos a las estadísticas, la muerte ha venido a buscarles antes de tiempo. Y nos queda el dolor de lo irreparable. Pero quizá la Corporación alcalaína decida un día dedicarles una calle o una plaza  y así se haría realidad el deseo de ese emotivo himno que tan a menudo escuchamos en las ceremonias de nuestras Fuerzas Armadas: la muerte no es el final.

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