Economía de Guerra | Por Santiago López Legarda

El planeta entero, convertido en una economía global, va a sufrir un impacto terrible y posiblemente entre los más perjudicados estará España, porque no se olvide que el turismo representa una parte sustancial de nuestra actividad y es probable que el turismo sea de los sectores que tarden más en recuperarse.

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  • Desde que se vieron con nitidez los daños que se nos venían encima comenzaron a alzarse voces pidiendo socorro con cargo al presupuesto público.

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaino que ha ejercido en diferentes medios nacionales.

Hace tan solo unas semanas, cuando tuvimos noticia del nuevo virus que había aparecido en una remota provincia de China, no podíamos ni imaginar las devastadoras consecuencias que traería esta pandemia que ha pillado a todo el mundo con el pie cambiado. Aún está por ver si el número de vidas que va a cobrarse este enemigo invisible llegará o no a la aterradora cifra que se cobró la mal llama Gripe Española de 1918: más de 50 millones de muertos en todo el mundo y algunos cálculos elevan esa cifra hasta los 100 millones. España tenía entonces unos 20 millones de habitantes y  las muertes fueron unas 250.000 entre 1918 y 1921.

El planeta entero, convertido en una economía global, va a sufrir un impacto terrible y posiblemente entre los más perjudicados estará España, porque no se olvide que el turismo representa una parte sustancial de nuestra actividad y es probable que el turismo sea de los sectores que tarden más en recuperarse.

Desde que se vieron con nitidez los daños que se nos venían encima comenzaron a alzarse voces pidiendo socorro con cargo al presupuesto público. Es verdad que también han surgido algunas iniciativas solidarias que tratan de recaudar fondos para luchar contra el virus, algunas donaciones e incluso algunas promesas de recortarse voluntariamente el salario para contribuir a las ingentes necesidades que se van a poner de manifiesto. Pero estas iniciativas particulares son poco más que una gota en el mar de peticiones y exigencias que apuntan hacia las arcas del Estado.

Algunos expertos han calculado que la caída de nuestro PIB (la riqueza que producimos en un año) superará el 10% en 2020. Y al mismo tiempo los gastos extraordinarios para tratar de ayudar a los más perjudicados se van a disparar, de modo que muy bien podría ocurrir que el déficit anual ( la diferencia entre los ingresos y gastos de las administraciones públicas) superase los 100.000 millones de euros, es decir, una cifra astronómica: tres o cuatro veces más de lo que la Unión Europea tradicionalmente ha impuesto a sus socios como límite para no poner en peligro la estabilidad financiera de los Estados miembros.

Me parece que cuando salgamos de esta – que colectivamente saldremos, aunque individualmente muchos quedarán o quedaremos en el camino -, las dos preocupaciones o los dos objetivos principales que deberíamos plantearnos como sociedad son dos. De un lado, la defensa de los valores democráticos frente a las tentaciones autoritarias que tan crudamente se están expandiendo casi al mismo ritmo que se expande la pandemia. En lejano oriente hay un país cuyo presidente ordena tirar a matar contra los infractores; en el corazón de Europa hay un país cuyo presidente se ha investido de poderes dictatoriales con el respaldo, nada menos, que de su Parlamento. En el sur de Europa hay un país, que es el nuestro, cuya tercera fuerza parlamentaria ha pedido la dimisión o destitución del Jefe del Gobierno y la formación de un nuevo Ejecutivo de concentración nacional presidido por una autoridad más competente…militar, por supuesto. Quizás no lo han dicho exactamente así, pero todos lo hemos entendido.

El segundo gran objetivo que deberíamos buscar es salir de la crisis con una sociedad más justa, en la que haya una mejor distribución de la riqueza. Que no nos pase como con la depresión de 2008, de la que salimos con un fuerte incremento de la desigualdad. Ninguno de los dos objetivos van a ser fáciles, pero tenemos que luchar por ellos con las fuerzas de que dispongamos, como decía la canción de Joan Manuel Serrat.

Foto de Ricardo Espinosa Ibeas

Se hacen en estos días muchas analogías con lo que sucede cuando estalla una guerra. Pero a mi juicio hay una diferencia fundamental: esta pandemia ha colapsado por completo la actividad económica, pero no ha destruido la riqueza que tenemos acumulada: los edificios siguen en pie, las infraestructuras y comunicaciones no han sido dañadas, los ahorros de la gente siguen a buen recaudo y además incrementándose, porque no tenemos en qué gastar. Ya digo que esa riqueza está muy mal repartida, pero aún así las familias españolas poseemos activos por valor de unos 8 billones de euros, es decir, una siete veces más que la producción nacional de un año. Por eso me sorprende que en estos días de zozobra no se haya puesto sobre la mesa con toda la energía necesaria un discurso de inspiración kennedyana: preguntémonos qué podemos hacer por nuestro país en lugar que exigir cada día qué puede hacer nuestro país por nosotros.

También hay un aspecto, al menos, en el que esta crisis se parece a una guerra: el esfuerzo o contribución especial que los Gobiernos se ven obligados a exigir a sus ciudadanos cuando tienen que enfrentarse a una agresión exterior. Preguntémonos si, más allá de las iniciativas solidarias individuales, inspiradas más en el concepto cristiano de caridad que en el concepto civil de una mejor distribución de la riqueza, podríamos soportar o llevar con buen ánimo una contribución especial, a través de la declaración de la renta, equivalente al 2% del patrimonio acumulado por cada familia. Nadie saldría sustancialmente más pobre de ese esfuerzo especial y gracias a él nuestro país no tendría que estar al albur de que los luteranos del norte autoricen o no autoricen  los eurobonos u otros mecanismos de financiación de los gastos desorbitados que se avecinan. En diciembre de 1978 los españoles salimos orgullosa y patrióticamente a las calles para votar una Constitución que, entre otras cosas, dice: toda la riqueza nacional estará al servicio del interés general de los ciudadanos.

 

 

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1 Comentario

  1. El coronavirus y la derrota política Donald John Trump, Jair Messias Bolsonaro y Alexander Boris de Pfeffel Johnson.
    El famoso «Doctor Doom» de los mercados, Nouriel Roubini, ha hecho sonar sus alarmas en una entrevista en el semanario alemán Der Spiegel. En él, advierte de que es el momento de cambiar las inversiones hacia bonos ante una posible caída de los mercados mundiales de «entre un 30% y un 40%», que llevará a la derrota a Donald Trump. Ver mas en https://www.eleconomista.es/mercados-cotizaciones/noticias/10390177/03/20/Roubini-cree-que-el-mercado-puede-caer-hasta-un-40-por-el-coronavirus-y-que-Trump-esta-muerto.html

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