El dilema andaluz | Por Santiago López Legarda

El resultado de las recientes elecciones en Andalucía constituyó y sigue constituyendo una gran sorpresa y un grave motivo de preocupación. Gran sorpresa porque nadie esperaba la irrupción fortísima de un partido de extrema derecha. Solo hacia el final de la campaña las encuestas comenzaron a pronosticar que VOX obtendría representación en el parlamento andaluz, pero no una representación del tamaño de la finalmente obtenida.

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaino que ha
  • ejercido en diferentes medios nacionales.

 

Se podía intuir que, en mayor o menor medida, seguiría el desgaste del Partido Socialista, pero tampoco nadie pronosticó que el voto conjunto a los partidos de la izquierda caería nada menos que un 14% respecto a las anteriores elecciones regionales.

Unidas la abstención y el voto de castigo a la izquierda, el resultado fue un vuelco histórico hasta el extremo de que por primera vez es posible un Ejecutivo de derechas en el Palacio de San Telmo. Lo más irónico es que el Partido Popular de Juan Manuel Moreno, con uno de sus peores resultados, podría hacerse con la Presidencia de la Junta, mientras que el Partido Popular de Javier Arenas, que se quedó a tan solo cinco escaños de la mayoría absoluta en 2012, nunca pudo gobernar. Así son de caprichosos el destino, la vida o las urnas: Moreno Bonilla, con la mitad de votos que Arenas, puede ser el nuevo Presidente de la Junta.

Pero no todo son motivos de euforia para las fuerzas políticas que se declararon triunfadoras en la noche del 2 de diciembre, porque la fuerza política más votada sigue siendo el PSOE y Moreno Bonilla, con sus 26 escaños, necesita el respaldo de los 21 de Ciudadanos y los 12 de VOX. El partido de Albert Rivera, que salió muy bien parado después de haber estado apoyando a Susana Díaz casi hasta el final de la legislatura, se ha colocado a sí mismo en una encrucijada: la de unir sus votos a los de la extrema derecha con tal de desalojar a los socialistas. Un negocio que les puede causar muchas dificultades en Europa, donde forman parte del Grupo Liberal, y quizás una catástrofe en Cataluña, la comunidad que les vio nacer. Y más dificultades aún en España, donde comenzaron “vendiéndose” como una fuerza de orientación socialdemócrata, luego pasaron a liberales y ahora serían derecha pura y dura tras su hipotética alianza con PP y VOX.

Los de Rivera intentaron salir del atolladero con una propuesta un tanto patética: que populares y socialistas apoyaran a su candidato para la Presidencia de la Junta. Pero ¿por qué iban a hacer tal cosa el PP y el PSOE, sobre todo este último, cuando han obtenido más votos que Juan Antonio Marín? ¿Y por qué razón iba a abstenerse el PSOE para facilitar un Ejecutivo de PP y Ciudadanos cuando sigue siendo la primera fuerza de Andalucía?

Se ha dicho hasta la saciedad que los andaluces votaron por el cambio de Gobierno el día 2 de diciembre, pero lo cierto es que, con los resultados en la mano, hay muchos más andaluces partidarios de Susana Díaz que de Juan Manuel Moreno o de Juan Antonio Marín. Parece claro que a los votantes del PP no les causaría muchos problemas de conciencia un pacto con VOX para desalojar a los socialistas y a la izquierda en general, pero a los votantes de Ciudadanos  podría resultarles muy difícil de tragar ese sapo.

La tradición democrática en Europa es tratar de impedir gobiernos que estén formados o estén en alianza con fuerzas de extrema derecha. Una tradición que Ciudadanos debería respetar y, en vista de los resultados, quizá debería abstenerse y no integrarse en un Ejecutivo que saldrá adelante con los votos de un grupo que viene a ser equivalente a lo que es la Agrupación Nacional (antes Frente Nacional) de Marine Le Pen  en Francia.

En otras ocasiones hemos defendido que tiene que haber un pacto de fondo entre las fuerzas democráticas y constitucionalistas (escrito o no escrito, eso da igual) para impedir que el Gobierno de la nación dependa de nacionalistas e independentistas. Y tiene que haber un pacto similar para que la extrema derecha (que no es democrática y no es constitucionalista) no forme parte o influya en el Gobierno de la nación o en los ejecutivos regionales. La salud de nuestra democracia depende de ese pacto posible y necesario.

No es bueno que el Gobierno de España dependa a día de hoy de fuerzas políticas que abogan por la secesión de Cataluña. Y no sería bueno que Ciudadanos se aviniese a facilitar con sus votos un Ejecutivo andaluz en coalición con la extrema derecha. Si lo hace, creo que muchos de sus posibles votantes se lo harán pagar en las urnas.

 

 

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