- Cerca de un centenar de participantes dieron vida a un recorrido por zarzuelas, serenatas y tradición estudiantil en pleno corazón universitario.
- Crónica gráfica y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
Hay noches en Alcalá en las que basta cruzar una puerta para cambiar de siglo. La del viernes 25 de septiembre fue una de ellas. El Patio de Santo Tomás de Villanueva volvió a llenarse de capas negras, bandurrias, laúdes, guitarras, voces de tenor, damas asomadas a la galería y canciones que parecían conocer de memoria las piedras del viejo Colegio Mayor de San Ildefonso. La Tuna de la Universidad de Alcalá recuperó Noche de Ronda y Zarzuela, el espectáculo estrenado en 2023, y lo hizo esta vez llevando al corazón de la Universidad una propuesta mucho más ambiciosa que un concierto de tuna. Porque aquello no iba solamente de cantar.
Iba de estudiantes. De los que salían de las aulas hace siglos y de los que siguen haciéndolo hoy. Del estudiante que camina por la ciudad, que canta, que ronda, que se enamora y que, en algún momento de ese viaje, acaba convertido en tuno. Ese es el hilo que cose un espectáculo en el que la zarzuela presta las historias, la serenata pone el romanticismo, la música popular se encarga de la fiesta y Alcalá hace lo que mejor sabe hacer: prestar un escenario que no necesita decorado.
Antes incluso de que comenzara la función principal, la Tuna había hecho lo que las tunas llevan siglos haciendo: echarse a la calle. El pasacalles partió del entorno de la Facultad de Derecho y recorrió Libreros para desembocar en el centro histórico. No era un añadido para entretener mientras llegaba la hora de la función. Formaba parte del argumento. La Universidad, el estudiante y la calle son tres personajes inseparables de esta historia. Después llegó el Patio de Santo Tomás de Villanueva. Y ahí cambió todo.
El recinto universitario permitió convertir la ronda en representación escénica. El escenario, las galerías superiores, las proyecciones audiovisuales y la propia arquitectura del Colegio Mayor entraron en el juego. Las Damas ocuparon los arcos de la primera planta para recibir serenatas y romanzas mientras abajo los músicos construían un viaje por más de dos siglos de teatro lírico español.
No era difícil entender entonces por qué Noche de Ronda y Zarzuela funciona especialmente bien en Alcalá. Hay espectáculos que pueden trasladarse de una ciudad a otra sin perder demasiado por el camino. Este no. Aquí el escenario forma parte de la partitura.
Una historia que empieza mucho antes de 2023
La primera edición se estrenó el 6 de mayo de 2023 dentro de los actos del 25 aniversario de la declaración de la Universidad y del recinto histórico de Alcalá como Patrimonio Mundial. ALCALÁ HOY estuvo entonces en aquella ronda que recorrió Libreros, la plaza de San Diego y la Plaza de Cervantes antes de desembocar en la gala lírica del Colegio de Santo Tomás. Aquella noche escribimos que los tunos seguían siendo «los trovadores de este siglo». Tres años después, la definición continúa funcionando.
Pero la historia que cuenta el espectáculo viene de bastante más lejos. La propia Tuna de Alcalá sitúa sus primeras referencias documentadas en 1525. Cinco siglos separan aquellos testimonios de los músicos que este viernes volvieron a ponerse la capa. Por medio han cambiado la Universidad, la ciudad, los instrumentos, las costumbres y hasta la manera de enamorar, pero hay algo reconocible en la escena de un estudiante cantando bajo un balcón.
Precisamente ahí está una de las virtudes de la idea concebida por Julián Jiménez, director musical de la Tuna y responsable de la dirección artística. En lugar de colocar una canción detrás de otra, el espectáculo busca un hilo histórico y teatral. La zarzuela convirtió muchas veces al estudiante en personaje; las estudiantinas incorporaron después a sus repertorios romanzas, pasacalles y números instrumentales procedentes de aquellas obras, y la tuna terminó conservando y transformando parte de ese patrimonio.
El resultado se pudo escuchar en un repertorio de quince piezas que recorrió desde el siglo XVIII hasta los primeros años del XX. Hubo pasacalles, jotas, serenatas, romanzas e intermedios instrumentales. La Calesera abrió ese álbum musical con el Pasacalles de los Chisperos. Después fueron apareciendo Ronda del Firulí, de La Canción del Olvido; la Serenata de Coplas de Ronda; Bella Enamorada, de El Último Romántico; Ay mi morena, de Luisa Fernanda; Te quiero morena, de El Trust de los Tenorios, y Canto a Murcia, de La Parranda.
Y cada serenata encontraba arriba su destinataria. Las Damas, con indumentarias representativas de distintas regiones españolas, no ejercieron de simple decoración. Formaban parte de la dramaturgia de una ronda que recuperaba ese viejo diálogo entre quien canta abajo y quien escucha desde el balcón. Napolitana, Alcarreña, Goyesca, Extremeña, Aragonesa o Murciana fueron apareciendo en esa geografía sentimental que la zarzuela sabe recorrer sin necesidad de GPS.
Tenores, capas y un balcón hecho para ser rondado
Había músculo detrás de la aparente facilidad con la que se sucedían las canciones. La producción diseñada para esta segunda edición movilizaba alrededor de un centenar de participantes: unos sesenta integrantes de la Tuna, una veintena de Damas, los solistas y quienes intervenían en las escenas teatralizadas. No es precisamente salir con tres guitarras y ver qué ocurre.
El elenco previsto reunía además a ocho solistas: José Manuel Montero, Pedro Prior, Antonio Verdejo, Ginés Hernández, José Manuel Paredero, Manuel Martínez y Víctor Alcolea, tenores, junto al barítono Quique Bustos. Algunos son profesionales de la ópera y la zarzuela; otros pertenecen a la propia Tuna o mantienen con ella una larga relación artística.
A ellos se sumaban los instrumentos habituales de la formación, guitarras, laúdes y bandurrias, acompañados por contrabajo, acordeón y pandereta. Una combinación capaz de pasar del recogimiento de una serenata al estrépito festivo de una jota sin pedir permiso entre medias. La segunda parte volvió a demostrarlo.
La Boda de Luis Alonso abrió el camino instrumental antes de Canción Húngara, de Alma de Dios; Junto al Puente de la Peña, nuevamente de La Canción del Olvido; Pasa la Tuna, de La Ventera de Alcalá; La Vida de Estudiante, de La Tuna de Alcalá, y el Pasacalles y Jota de Estudiantes de La linda Tapada. Los títulos casi permitían seguir el argumento sin programa de mano. Estudiante. Tuna. Ronda. Serenata. Amor. Jota. Y Alcalá.
Especial significado tenía precisamente Pasa la Tuna, procedente de La Ventera de Alcalá, o La Vida de Estudiante, de La Tuna de Alcalá. Porque cuando esas piezas suenan dentro del Colegio Mayor de San Ildefonso dejan de ser únicamente números recuperados de una zarzuela. Regresan, de alguna manera, al mundo que las inspiró.
Dos proyecciones audiovisuales ayudaron además a colocar las piezas en su contexto. Una explicaba la relación del repertorio con el universo universitario, los arreglos realizados para la Tuna y los solistas participantes. La otra se adentraba en la historia de la propia agrupación, desde aquellas referencias de 1525 hasta su etapa contemporánea, iniciada en 1967 con la Universidad Laboral y continuada tras la recuperación de la Universidad de Alcalá en 1977.
Cuando las piedras también forman parte de la orquesta
La elección del Patio de Santo Tomás de Villanueva terminó por darle sentido a todo. La Tuna conoce bien este lugar. Ha cantado allí en ceremonias universitarias, investiduras de doctores honoris causa, actos institucionales y celebraciones relacionadas con el Premio Cervantes. Pero una cosa es acompañar un acto y otra apropiarse teatralmente del espacio.
El viernes las galerías dejaron de ser galerías para convertirse en balcones de ronda. Los arcos hicieron de palcos. La fachada interior se transformó en escenografía y las capas y banderas completaron una ambientación para la que habría resultado difícil construir un decorado mejor. La Universidad no era el edificio donde se celebraba el espectáculo. Era parte del espectáculo.
Algo parecido había ocurrido en 2023, aunque entonces la propuesta tenía mucho de estreno y descubrimiento. Aquel primer montaje reunió siete solistas y convirtió la balconada de Santo Tomás en destino final de una ronda que había atravesado el centro de Alcalá. ALCALÁ HOY dejó entonces constancia en vídeo y fotografías de aquella primera aventura.
La experiencia no quedó olvidada en un cajón. La grabación de aquella edición encontró después una segunda vida en YouTube y confirmó que una propuesta aparentemente tan local podía viajar bastante más lejos que las capas de los tunos. Tres años después, Noche de Ronda y Zarzuela regresó al lugar donde mejor se entiende.
El desenlace llegó con El Baile de Luis Alonso y la Jota de los Estudiantes de El Barberillo de Lavapiés. Para entonces el recorrido estaba completo. Habíamos empezado con estudiantes saliendo de la Universidad y terminábamos con estudiantes cantando dentro de ella. Quizá esa sea la mejor manera de explicar lo ocurrido el 25 de septiembre sin convertirlo en una interminable relación de títulos y tenores.
La Tuna de Alcalá hizo algo bastante más complicado que recuperar viejas canciones. Puso juntas piezas que pertenecen a épocas diferentes y consiguió que dialogaran con la ciudad que las acogía. Rescató al estudiante de la zarzuela, lo vistió de negro, le puso una capa sobre los hombros y lo devolvió a las calles de Alcalá.
Y cuando cayó la noche sobre Santo Tomás de Villanueva, entre guitarras, bandurrias, tenores y damas esperando en los balcones, durante un rato resultó difícil saber en qué siglo estábamos. En Alcalá, algunas noches, tampoco hace demasiada falta saberlo.






















