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Andarelli analiza las polémicas palabras de Mariano de Paco y contrapone la herencia de los clásicos al discurso político

En Alcalá de Henares, donde el Siglo de Oro aún susurra entre los muros de la Universidad y los patios que vieron nacer a Cervantes, tuvimos el privilegio, o la curiosidad, de acoger durante tres ediciones a Mariano de Paco Serrano como director artístico del Festival Iberoamericano del Siglo de Oro, antes conocido simplemente como Clásicos en Alcalá. Aquellos años, entre 2021 y 2023, el festival ganó en ambición iberoamericana, en presupuesto y en visibilidad. De Paco llegó con el aura del hombre de teatro: director de escena curtido en más de sesenta montajes, gestor con experiencia en Almagro y ferias escénicas, académico con tesis doctoral bajo el brazo dirigida por su propio padre y una devoción declarada por los clásicos que, según repetía, nos devuelven a nosotros mismos.
Quién iba a decir entonces que aquel director, que invocaba a Lope, Tirso y Calderón con fervor casi místico, terminaría convirtiéndose en el consejero de Cultura, Turismo y Deporte de la Comunidad de Madrid, y que su mayor aportación al debate público sería una inopinada lección de estoicismo murciano frente al sofocante calor de las aulas madrileñas. La vida, como las comedias del Siglo de Oro, está llena de giros inesperados. Algunos rozan lo tragicómico.
Corría el 4 de junio de 2026 cuando, en pleno debate en la Asamblea de Madrid sobre las altas temperaturas en los colegios públicos, aulas convertidas en hornos donde los termómetros superaban los 30 grados sin que la climatización adecuada llegara a tiempo, el consejero de Cultura decidió intervenir. No era su competencia directa, pero ¿qué importa eso cuando la musa inspira? Citando al poeta Vicente Medina y su Cansera, aquel verso escrito bajo el bochorno murciano, De Paco sentenció que “el calor a lo mejor es fuente también de inspiración”. Para rematar la faena, evocó su propia infancia en la EGB murciana: “Cuando hace calor, hace calor… y aquí estoy, y aquí estamos todos, y no pasa absolutamente nada”. Como colofón pedagógico, relató cómo esa misma mañana había vestido a su hija con camiseta de manga corta y pantalón de manga corta, “como hemos hecho toda la vida”.
La bancada popular estalló en aplausos. La oposición, entre abucheos y estupor, habló de zafiedad, clasismo y una frivolidad rayana en la crueldad. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿habría sido igual de inspirador el calor para los clásicos si Cervantes hubiera tenido que escribir el Quijote en un aula sin ventilación, sudando tinta y paciencia? Los clásicos, señor consejero, no sobrevivieron al paso del tiempo por resignación ante las inclemencias, sino por la grandeza de su arte y la exigencia de condiciones que permitieran crearlo. Reducir el malestar de miles de alumnos y profesores a una anécdota costumbrista es, cuando menos, una escenificación fallida.
Esta intervención, además, destila un aroma inquietante de negacionismo climático disfrazado de sentido común popular. En un momento en que los informes científicos alertan de olas de calor cada vez más frecuentes e intensas precisamente por el cambio climático, minimizar el sufrimiento en las escuelas públicas con poesía murciana y recuerdos de la EGB suena a quien prefiere mirar hacia otro lado antes que afrontar la realidad incómoda. ¿Acaso el consejero de Cultura, Turismo y Deporte no debería ser especialmente sensible a un fenómeno que ya amenaza el patrimonio que dice proteger, desde monumentos históricos hasta los paisajes que inspiraron a nuestros clásicos? Convertir el calor extremo en materia de inspiración suena más a negación cómoda que a sabiduría ancestral.
Pero la intervención no fue solo un desliz retórico. Fue sintomática de un estilo. Mariano de Paco no es un gestor neutral; es un hombre de fe inquebrantable en su causa y, sobre todo, en su jefa. Los medios han destacado, con sorna o con envidia, según el color, su devoción hacia Isabel Díaz Ayuso. En perfiles recientes se le cita describiéndola como “jefa, maestra de ceremonias que dirige con firmeza, criterio y exigencia”, poseedora de “energía, tesón y capacidad de resistencia absolutamente proverbial”, casi como si dispusiera de un “superpoder”. Interesante vocabulario para alguien que dirigió obras de Shakespeare y Calderón, donde la adulación suele preceder a la tragedia o la comedia de enredos.
En el teatro del poder, esta “intervención pelota”, como la han calificado con crudeza algunos columnistas, no es un mero exceso de lealtad. Es el sello de un consejero que entiende la cultura no como espacio de pluralidad, sino como trinchera. Desde su llegada al cargo, De Paco ha impulsado con convicción la tauromaquia como patrimonio innegociable, invirtiendo personalmente en el sector y defendiéndola con uñas y dientes frente a lo que considera ataques de una izquierda “inculta”. Ha cuestionado subvenciones a grandes instituciones como el Prado, el Thyssen o el Reina Sofía, acusando a la cultura de estar “en manos de la izquierda”. Y se le atribuyen decisiones controvertidas, como la cancelación de montajes que no encajaban en su visión, tildadas por algunos de censura ideológica, recuérdese el caso de Muero porque no muero sobre Santa Teresa.
Uno podría argumentar que todo gestor tiene su impronta. El problema surge cuando esa impronta se ejerce con el tono de quien cree poseer la verdad revelada sobre qué es y qué no es cultura. Los clásicos que tanto dice amar fueron, en su época, radicalmente modernos, irreverentes, capaces de cuestionar poderes y dogmas. Lope jugaba con los géneros, Cervantes se burlaba de las certezas. Difícil imaginar al autor del Quijote aplaudiendo un discurso que minimiza el calor en las escuelas públicas mientras se defiende con pasión la climatización, metafórica y literal, de ciertos sectores predilectos.
Mariano de Paco Serrano llegó a Alcalá con el prestigio del hombre de teatro. Se fue de la mano de Ayuso con el perfil del político combativo, leal hasta la devoción y capaz de convertir una ola de calor en materia de inspiración política. Quizá en su próxima intervención nos recuerde que la sequía presupuestaria en educación es fuente de resiliencia, o que los recortes en cultura disidente son un homenaje a la austeridad clásica.
Mientras tanto, en Alcalá seguimos creyendo que los clásicos no son un escudo para justificar lo injustificable, sino un espejo exigente que nos obliga a ser mejores. Ojalá el consejero, en sus ratos de reflexión lejos de la Asamblea y los aplausos de la bancada, vuelva a leerlos con esa humildad que el verdadero arte impone. Porque el calor pasa, señor De Paco, pero la memoria de las palabras y de las omisiones permanece. Y en Alcalá, cuna de las letras, sabemos bien cómo perduran las frases que marcan época, para bien o para mal.
















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