El ruido que llegó del cielo y desconcertó a Alcalá

Un sonido intenso, constante y prolongado rompió la calma de varias tardes-noches en Alcalá de Henares y dejó a muchos vecinos mirando al cielo sin respuestas. Entre el lunes 9 y el martes 10 de febrero, especialmente en torno a las nueve de la noche, un ruido grave y uniforme hizo vibrar ventanas y paredes durante largos minutos, sin alejarse progresivamente y cesando de golpe, generando inquietud y todo tipo de conjeturas.

Foto de Pedro Enrique Andarelli
  • El estruendo, distinto al habitual paso de aviones, coincidió con noches húmedas y cielos cerrados, amplificando un fenómeno que sorprendió a distintos barrios.

Durante varios minutos , demasiados para ser un simple paso aéreo, Alcalá de Henares volvió a mirar al cielo. Y no fue una metáfora. Entre las 18:50 y las 19:25 horas, especialmente en las tardes-noches del lunes 9 y el martes 10 de febrero, un sonido grave, intenso y persistente se instaló sobre la ciudad como una losa invisible. No aparecía y desaparecía, no cruzaba de un punto a otro. Se quedaba. Hacía vibrar ventanas, paredes y persianas, y obligaba a prestar atención incluso a quienes estaban acostumbrados al ruido aéreo. Cuando parecía imposible que durase más, cesaba de golpe, sin aviso ni transición.

Las descripciones de los vecinos coincidían con una precisión inquietante. “Tremendo”, “infernal”, “como un avión parado encima de casa”, “me temblaban los cristales”. Mensajes casi idénticos aparecieron en redes sociales y grupos vecinales de distintos barrios, escritos por personas que no se conocen entre sí pero que estaban escuchando lo mismo a la misma hora. Algo estaba ocurriendo ahí arriba, y no encajaba con lo habitual.

Alcalá convive desde hace décadas con el sonido de los aviones militares. La cercanía de la Base Aérea de Torrejón de Ardoz forma parte del paisaje sonoro del Corredor del Henares y ha generado una especie de “oído entrenado” entre la población. El patrón es reconocible: el estruendo aparece de repente, cruza el cielo y se va. Dura segundos. A veces impresiona, pero se entiende. Esta vez no.

El ruido recordaba claramente al de los cazas, pero con una diferencia fundamental: no había desplazamiento perceptible. No se alejaba, no cambiaba de tono. Se mantenía uniforme durante 15 o 20 minutos, en algunos puntos incluso más.  y luego desaparecía de forma abrupta. Ese detalle fue el que activó la alarma emocional. No parecía tráfico aéreo convencional, ni obras, ni maquinaria pesada. Tampoco coincidía con ningún evento civil conocido.


Cuando lo cotidiano deja de serlo

La reacción fue casi instintiva. Vecinos que se asomaban a las ventanas, que salían a balcones y terrazas, que bajaban a la calle buscando referencias. Algunos intentaban localizar el sonido, otros comprobar si había algo vibrando en su propio edificio. Hubo quien pensó en fenómenos meteorológicos extraños, en pruebas industriales o en algún tipo de incidencia grave. Durante esos minutos, la ciudad compartió una misma sensación: la de no entender lo que estaba pasando.

El contexto meteorológico no fue un detalle menor. Las noches de esos días fueron frías, húmedas y con cielos completamente cerrados, tras el paso de varias borrascas. Son condiciones que, según explican especialistas en acústica y aviación, pueden alterar de forma notable la propagación del sonido. La humedad elevada y las nubes bajas hacen que el ruido no se disipe hacia arriba, sino que “rebote” y se extienda de manera uniforme a ras de suelo.

Traducido a la experiencia cotidiana: un sonido que en condiciones normales sería puntual y localizado puede convertirse en un zumbido envolvente, difícil de ubicar, que parece venir de todas partes a la vez. Ese efecto explica por qué vecinos situados en puntos muy distintos de Alcalá describieron una experiencia prácticamente idéntica, como si el ruido estuviera suspendido sobre toda la ciudad.

Esa combinación, un sonido potente y sostenido más una atmósfera que lo amplifica,  ayuda a entender por qué el episodio resultó tan perturbador incluso para una población habituada al ruido aéreo. No era solo lo fuerte que se escuchaba, sino lo antinatural de su duración y su comportamiento.


La noche, el cielo y el efecto amplificador

Con el paso de las horas, y una vez descartadas causas evidentes como obras o eventos locales, empezó a ganar peso una explicación que se repetía entre vecinos con conocimiento del entorno aeronáutico. En estas fechas está activo el ejercicio militar Eagle Eye 26-01, una operación de adiestramiento de carácter nacional que se desarrolla entre el 6 y el 12 de febrero.

El ejercicio, coordinado por el Mando Operativo Aéreo y el Mando de Operaciones, implica al Ejército del Aire y del Espacio, al Ejército de Tierra y a la Armada. Su objetivo es entrenar la defensa aérea nacional mediante la simulación de escenarios complejos: detección de trazas no identificadas, coordinación entre distintos medios y respuesta rápida ante posibles amenazas. No se trata de vuelos rutinarios, sino de maniobras exigentes y muy específicas.

En ese engranaje, la base de Torrejón tiene un papel central. Desde allí operan los cazas del Ala 12, asignados a misiones de alerta rápida (QRA). Estas misiones requieren que las aeronaves puedan despegar en menos de 15 minutos ante una alerta simulada, lo que implica motores a máxima potencia, pruebas de sistemas y patrones de vuelo poco habituales.

Además, desde Torrejón se coordina una parte esencial del sistema nacional de vigilancia aérea a través del GRUCEMAC (Grupo Central de Mando y Control) y del Centro de Operaciones Aéreas, auténticos centros neurálgicos que integran información procedente de radares terrestres, medios navales y unidades aéreas desplegadas en distintos puntos del país.


Maniobras en el cielo y una explicación que encaja

Todo este despliegue no siempre es visible desde tierra, pero sí puede hacerse notar en forma de ruido, especialmente cuando coinciden varios factores: maniobras intensas, vuelos sostenidos o en patrón y condiciones meteorológicas que amplifican el sonido.

No existe, a día de hoy, una confirmación oficial que vincule de manera directa el ruido escuchado en Alcalá con el ejercicio Eagle Eye 26-01. Sin embargo, tampoco se han identificado otras causas plausibles que expliquen un fenómeno tan concreto, prolongado y sincronizado en distintos barrios de la ciudad.

La lógica apunta en una dirección clara. La duración del sonido, su carácter uniforme, su final abrupto y su coincidencia temporal con un ejercicio militar de gran envergadura encajan mejor con maniobras aéreas que con cualquier otra explicación conocida. El hecho de que el episodio se repitiera en más de una tarde-noche refuerza esa hipótesis.

El ejercicio continúa activo hasta el 12 de febrero, por lo que no se descarta que puedan producirse episodios similares mientras duren las maniobras, especialmente si persisten las noches húmedas y de cielos cerrados. No hay constancia de riesgos ni incidencias para la población, pero sí de una experiencia colectiva que dejó huella.

Durante unos minutos, Alcalá sintió que algo extraordinario estaba ocurriendo sobre su rutina cotidiana. Un recordatorio de que, aunque no se vea, el cielo también se entrena. Y a veces, ese entrenamiento baja en forma de ruido y convierte una noche cualquiera en una incógnita compartida.

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