Hay una forma de hacer oposición que fortalece la democracia. Y hay otra que la fatiga, la envilece y la empuja hacia un terreno donde la política deja de ser un instrumento colectivo y se convierte en un espectáculo de demolición. El Partido Popular lleva tiempo instalado en esta segunda vía, pero en las últimas semanas ha decidido acelerar cuesta abajo, sin frenos y con el intermitente del dramatismo puesto, hasta convertir la crítica legítima al Gobierno de Pedro Sánchez en una suerte de parodia extrema de sí misma.
Lo paradójico, y aquí empieza el oxímoron, es que cuanto más hiperbólica se vuelve la ofensiva del PP, más se diluye su eficacia. Cuanto más gritan “dimisión”, menos se escucha el argumento. Cuanto más invocan a las víctimas, más las convierten en munición política. Y cuanto más se empeñan en presentar a Sánchez como un tirano irresponsable, más terminan proyectando una oposición sin pulso institucional, atrapada en su propio bucle de indignación permanente.
El caso de la comparecencia de Óscar Puente en el Senado, tras el terrible accidente ferroviario de Adamuz, es un ejemplo casi de manual. Siete horas de sesión. Gritos de “dimisión” al entrar. Acusaciones de negligencia continuada. Comparaciones forzadas, analogías mal cerradas, frases gruesas lanzadas como adoquines verbales. El objetivo no era esclarecer responsabilidades ni mejorar el sistema ferroviario, eso habría requerido menos ruido y más datos, sino escenificar una culpa total, difusa y terminal. Un “todo es culpa vuestra” que, por acumulación, acaba explicando cada vez menos.
En ese contexto, la actitud de Puente, criticable en cosas, sin duda, pero políticamente valiente, rompió el guion que el PP había escrito de antemano. Compareció, dio explicaciones, asumió desgaste y se expuso durante horas a un Senado hostil. No se escondió, no delegó, no se refugió en el silencio. Que eso, en la España política actual, ya sea considerado una rareza dice mucho del clima en el que nos movemos. Convertir esa comparecencia en “circo” fue una decisión de la oposición, no una consecuencia inevitable.
La oposición tiene todo el derecho, y el deber, de exigir explicaciones ante una tragedia. Pero cuando la exigencia se convierte en un mantra repetido hasta la extenuación, cuando cada intervención parece escrita con el mismo molde emocional, el Parlamento deja de ser un espacio de control y pasa a ser un plató de indignación seriada. El PP no buscaba respuestas; buscaba una foto fija: la del Gobierno acorralado, el ministro señalado, el presidente ausente convertido en cobarde por definición. El problema es que la política no funciona bien a base de consignas gritadas, y menos aún cuando se repiten como un estribillo cansino.
Algo parecido ocurre con el llamado decreto ómnibus, el escudo social que el Gobierno trató de sacar adelante a finales de 2025 y que fue tumbado en enero de 2026. El PP ha decidido convertir ese episodio en una prueba irrefutable de su relato: Sánchez como manipulador, mezclando pensiones con okupación; el Gobierno como rehén de su propia estrategia; la oposición como guardiana de la pureza legislativa. El marco es atractivo, pero profundamente tramposo.
Porque la crítica al formato ómnibus no es nueva ni ilegítima. Es razonable cuestionar decretos que agrupan medidas muy diversas. Lo que resulta menos razonable es votar en contra de la revalorización de las pensiones, de la protección a los hogares vulnerables o de la prórroga de los bonos sociales y, acto seguido, presentarse como defensor de pensionistas y clases medias. Aquí el oxímoron ya no es retórico: es político. Pensiones sí, pero no hoy. Protección social sí, pero sin el contexto que la hace viable. Apoyo a los vulnerables, siempre que no estén demasiado cerca de la agenda del adversario.
El resultado es un extraño teatro de sombras en el que el PP denuncia las consecuencias sociales del decreto que él mismo ha contribuido a tumbar. Se alerta del caos en nóminas, del riesgo para los pensionistas, del vacío legal en materia de desahucios, mientras se celebra haber frenado “el abuso” del Gobierno. Es la política del desgaste llevada a su forma más contradictoria: criticar los efectos de aquello que se ha bloqueado deliberadamente.
A este paisaje se suma otro elemento inquietante: la naturalización del bulo como argumento político. El caso de la regularización de migrantes es paradigmático. Se ha repetido hasta la saciedad que esos migrantes “votarán en las próximas generales”, pese a que la legislación es clara y el dato es fácilmente verificable: no votarán. Ni en 2026 ni cuando toque. El bulo, desmentido una y otra vez, sigue circulando porque no busca informar, sino activar emociones primarias. Miedo, agravio, sospecha. La política convertida en cadena de WhatsApp.
Todo esto se enmarca en una estrategia más amplia, casi obsesiva, de erosión personal de Pedro Sánchez. No basta con discrepar de sus políticas; hay que deslegitimar su propia existencia política. No se discuten decisiones concretas; se cuestiona su derecho a tomarlas. No se ataca un decreto o una gestión; se construye un personaje: el presidente ausente, el manipulador, el cínico. La hipérbole ya no es un recurso, es el tono base.
Y sin embargo, otra paradoja, Sánchez sigue ahí. No indemne, no incontestado, no exento de errores, pero resistente. Gobernando sin mayoría clara, sin Presupuestos, con aliados incómodos y una oposición que ha optado por el choque frontal permanente. Hay algo casi biológico en esa resiliencia, algo que desconcierta a sus adversarios y los empuja a subir aún más el volumen. Cuanto más aguanta, más se enfurecen. Cuanto más resiste, más radical se vuelve el discurso contra él.
A esa resistencia contribuyen también factores que el PP prefiere no mirar de frente. España crece por encima de la media europea, lidera creación de empleo en términos comparados y ha consolidado una posición internacional relevante en un contexto global cada vez más áspero. Mientras Donald Trump amenaza con volver al aislacionismo transaccional, ese “sálvese quien pueda” geopolítico, Sánchez ha colocado a España en el eje europeo, incómoda para algunos, pero presente. «A quienes buscan moldear el orden internacional a su conveniencia les decimos que, si saben contar, que no cuenten con España», respondió a Trump en un acto de ‘ONU mujeres’.
No se trata de absolver al presidente ni de blanquear una forma de gobernar que, en ocasiones, abusa del decreto y de la urgencia como método. Sánchez ha tensado las costuras institucionales, ha forzado equilibrios y ha convertido la excepcionalidad en rutina. Eso merece crítica, y seria. Pero una cosa es señalar los límites del sanchismo y otra muy distinta es convertirlo en la encarnación de todos los males, desde un accidente ferroviario hasta la decadencia moral del país.
El problema para el PP es que esta deriva extremista, porque lo es, aunque se vista de constitucionalismo enfadado, no solo no debilita al Gobierno como esperaba, sino que empieza a erosionar su propia credibilidad como alternativa. Una oposición que grita siempre termina por no ser escuchada. Una oposición que ve negligencia en todo acaba por banalizar la palabra. Y una oposición que se alimenta del enfado constante corre el riesgo de acabar reforzando a quienes viven cómodamente en ese terreno: la extrema derecha.
Todo esto ocurre, además, en vísperas de un ciclo de elecciones autonómicas donde el PP juega mucho más de lo que aparenta. Necesita tensión, necesita relato épico, necesita mantener movilizada a una base que vive en estado de alerta permanente. De ahí la escalada verbal, el dramatismo sin pausa, la sensación de fin de régimen anunciada cada lunes. Pero el país no está en campaña eterna, aunque algunos se comporten como si lo estuviera.
Y queda la gran pregunta, la que sobrevuela todas las tertulias y ninguna tribuna se atreve a formular con claridad: ¿cuándo serán las próximas elecciones generales? Sánchez guarda esa carta con el mismo hermetismo con el que administra sus tiempos políticos. Quizá porque sabe que, hoy por hoy, la oposición grita mucho pero convence poco. Quizá porque la política española se ha convertido en una carrera de fondo donde no gana quien corre más, sino quien resiste mejor.
Sánchez no es invulnerable. Pero tampoco es el villano de cómic que algunos necesitan para justificar su propia radicalización discursiva. El PP haría bien en recordar que la política no es solo resistencia física al desgaste, sino también inteligencia estratégica. Porque en esta carrera de gritos, hipérboles y oxímoron argumentales, puede que el que termine exhausto no sea el Gobierno, sino quien lleva demasiado tiempo corriendo sin rumbo.

















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