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El articulista Javier Juárez vuelve a ALCALÁ HOY con un alegato firme en defensa de la convivencia democrática frente a la ola ultra.
- Javier Juárez es Doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha colaborado con medios de España, México, Colombia y Estados Unidos. En la actualidad es Profesor de Periodismo en la UCM.
La convivencia no es tarea fácil, pero es fundamental en democracia. En esto, creo, podríamos estar de acuerdo la mayoría de las personas, lo que sería un gran logro a día de hoy. Un pequeño consenso que nos sirviera de punto de partida para pensar (ojalá) que aún existe alguna posibilidad, por mínima que sea (como diría la gran Marisa Paredes), “de salvar los nuestro”, que no es otra cosa que la convivencia y, en resumidas cuentas, la democracia en nuestra querida España, en esta España mía (y de cada uno), pero sobre todo, esta España nuestra.
Dice Adela Cortina que la diversidad de pensamientos y de modelos de vidas felices es algo normal y positivo en las sociedades democráticas. Y estoy de acuerdo. Es lo que Cortina denomina “sociedades moralmente pluralistas”, donde, a pesar de los pensamientos de cada cual, se consigue un consenso gracias a unos mínimos de justicia compartidos. El problema es cuando los modelos son tan dispares que no hay capacidad para un encuentro mínimo, y nos quedamos sin espacios para una “ética mínima”, haciendo añicos la posibilidad de una convivencia pacífica. La ética mínima no es, por tanto, una ética minúscula o en rebajas. Más bien todo lo contrario. La ética mínima es la base de una democracia sana en la que la libertad individual se conjuga con estos mínimos compartidos para hacer posible una coexistencia pacífica.
Ese espacio de diálogo se ha estrechado tanto en los últimos años que nos ha empujado a una situación extrema y una deriva tremendamente peligrosa que está acabando con esa necesaria y fundamental ética mínima. Algunos personajes infames disfrutan con esta situación desde sus cavernas, y echan cuentas para ver cuánto rédito puede suponer echar más gasolina al fuego del odio, rompiendo para ello cualquier puente que resista aún para la defensa de esos mínimos de justicia que nos habían ayudado a convivir dentro de nuestras diferencias. Se adueñan de lo simbólico, de lo compartido, y hasta del lenguaje y los conceptos que han ejercido de pegamento ante las diferencias. Hace tiempo, sí, que se pasaron todos los límites.
Los que estamos ya talluditos, hemos visto como en la última década viene aumentando su fuerza esta ola que parecía, al menos en sus inicios, insignificante, y que hoy amenaza con convertirse (si no lo es ya) en un tsunami contra los cimientos de la propia democracia. Una ola reaccionaria, en su origen residual, empeñada en bombardear estos mínimos de justicia que nos unían (o que nos unen, no sé, de verdad, si debo emplear aún el presente) como sociedad. Esta oleada del odio al otro y la división social se ha inoculado en la democracia para bombardearla desde dentro. Esta es su estrategia y ese es su objetivo. ¿Su táctica?: Acordonarse tras una falsa libertad de expresión para difundir la mentira y el odio. Y no. Ante esta situación no hay espacio para la equidistancia o una calculada neutralidad y hay que gritarlo y defenderlo de forma clara y contundente: No toda opinión es respetable. No lo es. El racismo no es respetable. La xenofobia no es respetable. La misoginia no es respetable. La LGTBIfobia no es respetable. La aporofobia no es respetable. La mentira tampoco es respetable. Y no, el insulto tampoco es respetable. No. Nada todo lo anterior es respetable ni válido en democracia. La Libertad de expresión es un derecho, sí, pero conlleva unas exigencias.
La búsqueda de soluciones pasa irremediablemente por volver a hablar (nos), por volver a escuchar (nos) entre los que sí creemos en los valores de la democracia. La situación es tan dramática que requiere altura de miras en todos los sentidos y en todas las direcciones y eso pasa por recuperar esos mínimos de justicia como punto de partida para que el racismo, por favor, no gane en ninguna de sus formas. Para que la xenofobia no se normalice en nuestra sociedad. Para que la diversidad sexual no sea de nuevo encerrada bajo llave y perseguida. Para que la igualdad de género no sea perseguida por las banderas del machismo. Para que el insulto no sea aceptable en ninguna de sus formas. Para que la mentira no quede impune.
Pero para que todo eso no pase, solo queda un dique: Hablarnos, escucharnos y actuar con las herramientas de la democracia para defender la propia democracia. Ya no hay espacio para la equidistancia. No hay espacio para una falsa neutralidad, porque ante la vulneración de los derechos fundamentales hay que actuar y posicionarse. Sí, a favor de la democracia. Puedes ser conservador, pansexual, democristiano, socialdemócrata, ateo, liberal, creyente, mediopensionista… no importa. Todos y todas debemos reaccionar ante una democracia amenazada y recuperar esos mínimos de justicia compartidos y defenderlos.
El dique ante esta marea ultra pasa por lo que nos une. Pasa, por supuesto, por distanciarse y no compartir esa espiral del odio y sus discursos, pero pasa también por poner pie en pared y no permanecer callados ante ella para defender, conjuntamente, una ética mínima mayoritaria frente a la mínima (o nula) ética democrática de unos pocos.


















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