- La comparecencia del 9 de julio pondrá a prueba la capacidad de Pedro Sánchez para mantener el control político y rehacer el relato de su liderazgo.
Dicen que la política es el arte de lo posible. En el PSOE, últimamente, también es el arte de sobrevivir a tus propios compañeros de partido, a tus excompañeros de partido y, sobre todo, a tus compañeros de viaje por toda España allá por los tiempos heroicos de las primarias. El pasado sábado 5 de julio, en la sede de Ferraz, Pedro Sánchez volvió a hacer lo que mejor se le da: resistir. Y, como en toda buena novela política, lo hizo rodeado de traiciones, acusaciones, aplausos entusiastas y algún que otro puñal de los que no hacen sangre pero escuecen.
La escena era digna de una serie de Netflix: alfombra roja para la militancia desconcertada, rostros de circunstancias entre los barones, y un protagonista que se sabe cuestionado pero todavía con control del guion. El Comité Federal, ese órgano que en teoría sirve para marcar el rumbo del partido, se convirtió en una suerte de confesionario político donde Sánchez, con voz grave y mirada de estadista arrepentido, pidió perdón por haber confiado “en quienes no lo merecían”. Traducción: lo siento, me colaron a Cerdán y a Salazar, pero ya los he puesto de patitas en la calle.
Y el auditorio, lejos de frialdades o silencios tensos, respondió con entusiasmo. Hubo aplausos cálidos, prolongados, de esos que no se fingen: militantes de pie, palmas a rabiar y hasta un par de vítores que recordaron que, pese a las sombras del escándalo, el liderazgo de Sánchez sigue contando con una base leal que no se arruga.
El caso Koldo, ese embolado que huele a mascarillas, comisiones y viejos amigos del sanchismo, ha sido un torpedo bajo la línea de flotación del PSOE. A ello se suma el caso Salazar, que añade a la mezcla una dosis de escándalo sexual para dar más morbo a la cosa. Si esto fuera un reality show, se llamaría «Ferraz: la casa de los secretos».
Pero Pedro, el tenaz, decidió mover ficha. Rebeca Torró toma el relevo en la Secretaría de Organización —una desconocida para el gran público, lo cual en este contexto puede ser una bendición— y se anuncian auditorías externas, comisiones de investigación y promesas de transparencia como quien reparte tiritas en una operación a corazón abierto. Todo muy regenerador. Todo muy 2016.
Eso sí, las aguas no bajan tranquilas. Emiliano García-Page, eterno verso suelto, volvió a hacer de Emiliano: crítico, incómodo y algo teatral. Sugirió, con ese tono entre melancólico y desafiante, que igual tocaba una cuestión de confianza o hasta elecciones anticipadas. ¡Qué cosas tiene Page! Óscar Puente, fiel escudero de Pedro, se lanzó como un resorte: “hipócrita”, le dijo, y aquí paz y después gloria. La tensión se podía cortar con cuchillo de untar mantequilla.
Mientras tanto, en el exterior de Ferraz y también en los mentideros digitales, la derecha y la ultraderecha afinaban los cuchillos dialécticos. El PP y Vox preparan la artillería para la comparecencia del 9 de julio. No será una sesión de control al uso, será El Juicio, en mayúsculas. Feijóo hará de fiscal contenido y Abascal, como siempre, de justiciero flamígero. Pero Pedro no está para dramas: ha pedido comparecer él solito, sin necesidad de ser obligado. Porque si algo domina el presidente es el arte de teatralizar la resistencia.
Su mensaje está claro: no habrá elecciones, no habrá cuestión de confianza, no habrá marcha atrás. El gobierno sigue, con Sumar de testigo incómodo y los nacionalistas de árbitros caprichosos. Es como si todo el Congreso se hubiera convertido en una familia disfuncional que se ha quedado a vivir junta por no saber cómo dividir el alquiler.
Pero claro, resistir no es gobernar. Y gobernar no es convencer. Sánchez llega a esta comparecencia con la mochila cargada de logros sociales (brecha salarial, pensiones, ingreso mínimo…) pero con la sombra del descrédito planeando sobre su cabeza. Porque no basta con anunciar auditorías ni con repetir el mantra de la “España que avanza”. Cuando tus colaboradores más cercanos aparecen en el sumario de turno, el relato se tambalea.
La militancia, por ahora, le respalda. El aparato, también. El votante medio… ya veremos. Lo cierto es que el PSOE ha entrado en una fase de digestión difícil, con sabor a Filesa y textura de ERE. Y aunque Sánchez haya ganado esta batalla interna, el relato de la regeneración está por escribir. O se reescribe con pulso firme, o lo acabarán redactando desde Génova.
El 9 de julio veremos si el presidente logra convencer a propios y extraños de que aún queda Sánchez para rato. Será un capítulo más de esta saga política que mezcla culebrón, thriller y comedia negra. Porque sí, en España los gobiernos caen, pero los protagonistas, a veces, se levantan entre los escombros con más aplomo que nunca. Y Pedro, por ahora, sigue en pie. Aunque tiemble el suelo. Aunque ruja el Congreso. Aunque empiecen los créditos de cierre.

















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