Alcalá de Henares ha vuelto a reconocerse este Domingo de Ramos en una de esas estampas que definen a una ciudad. La Entrada de Jesús en Jerusalén, la popular Borriquilla, ha recuperado el pulso, la normalidad y hasta cierto aire de celebración contenida tras un año pasado marcado por la lluvia y un arranque de Semana Santa 2026 condicionado por tensiones internas en el mundo cofrade. Pero este domingo, con frío, viento y sol, ha ganado lo esencial: la calle, la tradición y el encuentro.
Había ganas. Se notaba en la plaza, en los corrillos, en las miradas pendientes de las hojas de palma. También en ese cierto alivio compartido: no llovía. Y en Semana Santa, cuando no llueve, todo lo demás se ordena. Tras la incertidumbre de días previos y el recuerdo aún reciente de la lluvia del año pasado, la mañana ofrecía al menos una garantía: la procesión saldría.
Una salida esperada… y necesaria
A las 10:40 horas, con puntualidad casi litúrgica, se abrían las puertas de la Catedral Magistral para dar paso a una de las procesiones más queridas por el público alcalaíno. No es una más. Es la que abre la Semana Santa, la que marca el tono y la que, por su carácter abierto, convoca a familias enteras, a niños con palmas y a quienes quizá no acuden el resto de días pero no quieren perderse este primer gesto colectivo.
El cortejo arrancó con la imagen de Jesús entrando en Jerusalén sobre una borriquilla, una iconografía cargada de simbolismo que el obispo complutense, monseñor Antonio Prieto Lucena, se encargó de subrayar durante la bendición: no entra como rey de poder, sino como rey de humildad. Ni caballo ni trono. Un animal de trabajo, casi doméstico, que habla de cercanía y de un mensaje que sigue interpelando siglos después.
La talla, obra del imaginero Javier Tudanca en 2006 y propiedad municipal cedida a la Junta de Cofradías, volvió a ser el eje de una procesión que cada año adopta el sello de la hermandad encargada de portarla. Este 2026, el protagonismo recaía en la Cofradía del Cristo de la Columna, que asumía la responsabilidad con una mezcla de solemnidad y ambición estética.
El sello de la Columna y una mañana de viento
Y se notó. La Cofradía del Cristo de la Columna imprimió carácter a la procesión, elevando nunca mejor dicho el listón. El trono, portado en andas por alrededor de treinta anderos, destacó por su presencia y por una ejecución muy cuidada, con un paso firme, acompasado y visualmente poderoso.
No se trataba de una procesión penitencial, lo que también se reflejó en la indumentaria: traje oscuro, camisa blanca y corbata roja, sin capirotes ni rostros cubiertos. Una estética distinta, más cercana, que encaja con el carácter luminoso y participativo del Domingo de Ramos y que facilita esa conexión directa entre quienes procesionan y quienes observan.
La música corrió a cargo de la Agrupación Musical Jesús de Medinaceli, que acompañó todo el recorrido con marchas que aportaron solemnidad sin restar dinamismo. Su presencia fue clave para sostener el ritmo del desfile y dotar de continuidad a una procesión que, por su naturaleza abierta, podría tender fácilmente a dispersarse.
Porque la climatología no ha sido especialmente favorable. El frío inicial y las rachas de viento, en algunos momentos incómodas, marcaron buena parte del recorrido. Palmas agitadas, túnicas que se movían con brusquedad y un ambiente que obligaba a recogerse en abrigos y bufandas.
Pero ni las bajas temperaturas ni el viento han impedido que la jornada se desarrollara con normalidad. La procesión avanzó con solvencia, sin incidencias reseñables, confirmando que, cuando el cielo respeta, aunque sea a medias, Alcalá responde. Y responde bien.
Bendición, recorrido y una ciudad volcada
El recorrido mantuvo la estructura habitual, con un primer tramo desde la Catedral hasta el Palacio Arzobispal, donde tuvo lugar uno de los momentos centrales de la jornada: la Bendición de las Palmas. La plaza de Armas se convirtió en un mosaico de ramas de olivo y palmas elevadas, en un gesto que se repite generación tras generación. El obispo bendijo a los presentes mientras familias enteras participaban de un acto que combina liturgia, tradición y memoria colectiva.
Uno de los rasgos distintivos de la Procesión de la Borriquilla es precisamente ese carácter abierto y familiar. A diferencia de otras procesiones de la Semana Santa, más marcadas por el recogimiento y la penitencia, esta celebración destaca por la participación activa de niños y familias.
La imagen de los más pequeños portando palmas y acompañando el paso es una de las estampas más reconocibles del Domingo de Ramos en Alcalá. Este año no ha sido una excepción. A pesar del frío, la presencia de familias ha sido constante, con niños que han seguido el recorrido completo o tramos del mismo, aportando ese punto de espontaneidad que define esta jornada.
Tras la bendición por parte del obispo D. Antonio Prieto Lucena, el cortejo retomó su camino por la calle Santiago, girando hacia la calle Imagen, donde se encuentra la sede canónica de la Cofradía del Cristo de la Columna, en un momento especialmente significativo para la hermandad. Allí, el paso adquirió un sentido casi doméstico, de regreso simbólico al origen.
La entrada en la calle Mayor volvió a ser uno de los puntos álgidos del recorrido. Es el gran escaparate de la ciudad y, también, el termómetro de la participación. Este domingo ofrecía una imagen clara: aceras llenas, público atento y una sensación general de acompañamiento constante. El regreso a la Catedral, poco antes de las 13:00 horas, cerró un recorrido de más de dos horas en el que Alcalá volvió a latir al ritmo de su Semana Santa.
Autoridades y contexto: tradición pese a las dificultades
La procesión contó con una nutrida representación institucional. La alcaldesa, Judith Piquet, acompañó el paso sosteniendo una palma bendecida, junto a los tenientes de alcaldesa Isabel Ruiz, Víctor Acosta y Gustavo Severien, además de concejales del equipo de gobierno Esther de Andrés, Antonio Sandaña, Víctor Cobo, Pilar Cruz y Orlena de Miguel. Los ediles del PSOE como María Aranguren, Diana Díaz y Enrique Nogués participaron en el acto litúrgico en el Patio de Armas del Palacio Arzobispal.
Una presencia transversal que refuerza el carácter institucional de la Semana Santa complutense, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, pero que también subraya su dimensión social: más allá de lo religioso, es un elemento de identidad compartida y un punto de encuentro para la ciudad.
Este inicio, sin embargo, no ha estado exento de contexto. La suspensión de la actividad de la Cofradía del Cristo de la Agonía, por orden del obispo ante la falta de responsables al frente, ha marcado los días previos como una señal de alerta dentro del mundo cofrade.
Sin embargo, lo vivido este domingo introduce un matiz importante. Frente a las dificultades, hay estructura. Frente a las dudas, hay respuesta. Y frente a los problemas internos, hay una base social que sigue sosteniendo la Semana Santa desde la participación y el compromiso. La sensación final es clara: la Semana Santa de Alcalá ha arrancado con buen pie. No ha sido una mañana cómoda, pero sí ha sido una mañana sólida. Sin sobresaltos, con buen nivel organizativo y con una respuesta ciudadana que invita al optimismo.
Porque el Domingo de Ramos no es solo una procesión. Es una declaración de intenciones. Marca el tono de lo que vendrá en los próximos días. Y lo que ha dejado esta Borriquilla 2026 es una imagen nítida: tradición viva, ciudad implicada y una Semana Santa Fiesta de Interés Nacional que sigue teniendo pulso. Y esta vez, además, sin lluvia. Que en Alcalá, a estas alturas, ya es casi una victoria.






















