
- Historia libremente basada en hechos demasiado reales: monjas almidonadas, bigotillos mandones y una infancia que aprendió a esquivar rezos, normas y sermones.
Nací en febrero del 57 y lo hice en casa, como todos los niños de Alcalá, porque el Hospital Príncipe de Asturias tardaría todavía décadas en existir. Cuando vine al mundo, el alcalde era Lucas del Campo López, aunque apenas me dio tiempo a coincidir con él. En octubre de ese mismo año llegó al cargo Félix Huerta y Álvarez de Lara, que gobernaría la ciudad hasta 1975. Es decir, que toda mi infancia, mi adolescencia y mis primeros años de juventud tuvieron lugar bajo su mandato. Y lo cuento solo como parte del paisaje, porque por aquel entonces uno no sabía ni quién mandaba ni por qué. Se daba por hecho que todo era así y ya está.
A los cinco años entré en un colegio de monjas. Era 1962 y el aula olía a tiza, a encerado y a ese miedo infantil que solo entiende quien lo ha vivido. Cada mañana empezábamos rezando y, justo después, comenzaba el ritual: la hermana dibujaba en la pizarra un infierno en rojo vivo. Tiza gruesa, líneas temblorosas, un fuego que parecía moverse si lo mirabas el tiempo suficiente. Mientras trazaba las llamaradas nos pedía rezar por nuestros soldados que defendían España en África contra los moros. Yo, que mezclaba lo que veía en las películas con lo que escuchaba en la radio y lo que mi cabeza de cinco años imaginaba, juraría que había una guerra en marcha justo detrás del O’Donnell. Años después supe que aquello tenía que ver con Sidi Ifni y el Sáhara, pero en aquel momento yo vivía cada recreo como una tregua.
Y al volver a casa, mi madre me esperaba con cocido, garbanzos y un cariño que desactivaba cualquier demonio dibujado en la pizarra. La vida era así, infierno por la mañana, cucharón por la tarde.
En casa, la radio era el verdadero hilo conductor del día. Sonaban coplas, radionovelas y, por encima de todo, la voz inconfundible de Elena Francis, que impartía consejos como si fueran doctrina oficial. Entre la pizarra roja de la mañana y la moral envolvente de Francis por la tarde, la España de mi infancia oscilaba entre el miedo santo y el consuelo doméstico.
Luego llegó el colegio La Portilla y con él otro tipo de disciplina. Antes de empezar la primera clase nos ponían firmes para cantar el Cara al Sol, el himno de la Legión y Montañas Nevadas. Era un acto cotidiano, automático, que nadie cuestionaba. Después venían las lecciones, los gritos y, cuando tocaba, los castigos. Don Pedro tenía un estilo muy suyo. Nos colocaba en semicírculo y, con una rama arrancada de las palmeras del O’Donnell, nos atizaba en las corvas. El encargado de traer la rama era el pelotilla de clase, que tampoco se libraba. Entre himno e infierno, entre rama y oración, jugábamos a las canicas como si todo fuera lo más natural del mundo.
Por entonces la educación tenía una organización que hoy suena marciana. Los colegios públicos de primaria eran estrictamente segregados: los chicos por un lado y las chicas por otro, con edificios, patios y hasta puertas distintas, como si perteneciéramos a especies incompatibles. Los colegios de monjas tampoco se quedaban atrás. Había alumnas de pago y alumnas de caridad, cada cual con su uniforme, su fila y sus espacios diferenciados. Aquello formaba parte de la normalidad de la época, una normalidad que nadie discutía porque ni siquiera había palabras para cuestionarla.
Un día memorable de aquella educación sentimental colectiva fue el 6 de marzo de 1967, cuando nos llevaron en tropel a la inauguración de la Universidad Laboral de Alcalá. Íbamos cargados con banderitas de papel de España y de la Falange. Franco presidía el acto junto al arzobispo Casimiro Morcillo, el ministro de Trabajo Jesús Romeo Gorría y el alcalde Félix Huerta. Yo tenía diez años y la única frase que recuerdo, amplificada por los altavoces, fue la solemne: “Queda inaugurada la Universidad Laboral de Alcalá de Henares”. Entonces no entendía nada, pero sabía que estábamos viendo algo importante porque nos habían hecho ponernos la ropa buena.
Ese mismo año, ya en en otro cole, me mandaron a un campamento de verano de la OJE. Allí aprendí que el patriotismo también se ejercitaba en pantalón corto. Recuerdo el ritual vespertino de homenaje a los caídos, el fuego de campamento, la gelidez insoportable de la alberca donde nos obligaban a bañarnos y, sobre todo, el hedor colectivo a pies sudados dentro de las tiendas de campaña. Aquello sí que era una prueba de resistencia, mucho más real que cualquier asignatura.
Al salir a la calle, Alcalá hablaba su propio idioma. La calle Mayor era la calle del Generalísimo. Empedrada de canto rodado del Henares era el tránsito natural a Barcerlona, de los primeros seiscientos y simca 1000, en su esquina de con Ramón y Cajal, un carrito de nos provía de chuhes y cromos a la chiquillada, poco más allá en intercamiabamos tebeos en en portalón comunitario cedido al Sr. Retaver, y enfrente, Don Emilio nos abastecia de ejercitos de mini-soldaditos de plástico. La calle Mayor era mi universo de olores, de sabores y de socialización. Abundaban las carnicerías, las pescaderías, singularmenente una sombrerería, una cestería y hasta una carbonería. Tambien zapaterías y tiendas de confección con apellidos familiares, varias perfumerías, relojerías, y por supuesto no faltaban los bares, baretos y cafeterias con olor a calamares, patatas bravas y chistorras ¡si! esas que ahora se han vuelto metáfora de dinero mal ganado. Bares y lugares donde vermucear, tardear y merendar entre cañas, chispazos y cafés, sin olvidar las pastelerías que tambien las habia y de mucha solera, y por supuesto un par de papelerías, mercerías, algún estanco y alguna botica.
En la misma calle Mayor el actual corral de la Sinagoga, hoy restaurado era un taller de forjas y calles más abajo, la plaza de las Bernardas, plaza de José Antonio, y el monolito en su honor sigue ahí, testigo mudo de cambios que entonces parecían imposibles. La ciudad era una mezcla extraña de pasado glorioso y presente derruido. Muchos edificios históricos estaban abandonados, entre ellos la Capilla del Oidor con la pila bautismal de Cervantes. La torre de Santa María emergía como un recuerdo incompleto, bombardeada durante la guerra y abierta al cielo. Nunca pensé que aquello estuviera en ruinas. Para mí era simplemente un escenario de aventuras.
Pero no todo era solemnidad. Las romerías de la Virgen del Val eran un soplo de aire fresco. La familia al completo posando para fotos en blanco y negro, tortilla de patata, filetes empanados, gaseosa, mantel de cuadros y un abuelo que siempre proclamaba que aquello sí era vida. Bajo los chopos, la España rígida parecía aflojarse un poco, lo justo para que los niños pudiéramos respirar.
Todo cambió al llegar al instituto. Por fin la educación era mixta. El profesorado era una fauna fascinante. Alguno hablaba del mayo del 68 francés como si lo hubiera vivido de cerca. Otro llevaba barba y mirada sospechosa. Alguno recomendaba a Paco Ibáñez y Pablo Guerrero como quien pasa contrabando. El cura que daba religión repartía hostias por duplicado y nos aprobaba si hacíamos de monaguillos en la Magistral y declarábamos la sabatina. Todo ello conviviendo con la misma naturalidad con que respirábamos.
Los sesenta también trajeron algo parecido a la modernidad en forma de Ferias y Fiestas. La Pista Florida del parque O’Donnell era nuestro pequeño festival y por allí pasaron Módulos, Pop Tops, Los Bravos, Mari Trini e incluso un jovencísimo Víctor Manuel. Aquello era lo más parecido a un acontecimiento internacional, aunque siempre traía su liturgia paralela. Después de la actuación en la Florida había, según se decía, un bis privado en la piscina municipal del O’Donnell, con cóctel incluido, para autoridades civiles y militares y sus familias. Yo nunca asistí. Lo escuchaba desde fuera mientras me encaminaba, como todos los chavales, hacia las atracciones feriales. En ellas sonaban sin parar Rayo de Sol, Pop Corn y los éxitos veraniegos de Los Diablos y Fórmula V, banda sonora obligada de aquel tiempo.
El cine también cumplía su papel. En las carteleras convivían Marisol y Rocío Dúrcal con el landismo de Pajares, Esteso, Paco Martínez Soria y toda aquella tropa que hoy llamaríamos cine de barrio. En las terrazas de verano se mezclaban los mosquitos con las pipas, el romanticismo con la comedia gruesa y el olor a césped mojado con el sonido de las bicicletas al pasar.
La televisión tardó en llegar a mi casa, así que muchas tardes veíamos las series a través de las ventanas enrejadas de los vecinos. El Santo, El Virginiano, Bonanza, lo que tocara. En el instituto nos ponían películas en blanco y negro con escenas de la División Azul, sin mucha explicación, y también vimos Raza, guionizada por el propio Franco. Para nosotros era solo una película larga que retrasaba el siguiente recreo.
Alcalá era un cruce de mundos. Los americanos de la base de Torrejón, los paracas del cuartel, los alumnos de la Universidad Laboral que un día protagonizaron una huelga que salió en los periódicos, y las bandas juveniles que iban de un lado a otro según dónde soplara el viento. Los hippies, esos especímenes importados del Rastro, nos parecían enviados de otra galaxia. Algunos de ellos me descubrieron a Neil Young y a la Creedence. Y en una tienda de discos que acababan de abrir me pusieron por primera vez Made in Japan de Deep Purple. Aquello fue una revelación. En los guateques, sin embargo, la banda sonora era más moderada. Sonaban los Beatles, Adamo, Camilo Sesto, Raphael, Julio Iglesias y, por supuesto, Nino Bravo. El romanticismo era obligatorio.
La vida nocturna alcalaína era modesta, pero tenía lo suyo. Las discotecas Las Lanzas, Alekos, Chevalier y Sagitario eran templos iniciáticos donde íbamos en sesiones matinales a ver tocar a grupos emergentes y a descubrir los San Francisco, aquellos combinados dulzones que sabían a fiesta. El aire estaba siempre cargado de humo de Celtas Cortos, Ducados, Bisonte, Lola o, si había suerte, de algún Winston americano traído de la base. Se fumaba en todos lados, incluidos los rincones donde ya no cabía nadie más.
Los billares de la calle Santiago eran otro de nuestros centros neurálgicos. Allí se mezclaban chavales, jugadores profesionales, curiosos y algún macarra con ganas de pelea. El ping pong era territorio neutral. Y las máquinas de pinball eran un universo propio. Dos pesetas la partida, un duro tres. Yo pasaba más tiempo mirando que jugando, esperando que algún adulto se cansara y nos cediera la máquina. La campanilla final sonaba como un triunfo mundial.
Pero si algo definió mi adolescencia fue la lectura. Leía como quien respira. La colección completa de Alianza Editorial, bestsellers como Éxodo de León Uris, ensayos como Apocalípticos e integrados de Umberto Eco. Y los tebeos, claro. El Capitán Trueno, El Jabato, Hazañas Bélicas donde los buenos eran siempre los americanos, Tintín, Astérix y, por supuesto, Superman. Recuerdo perfectamente el día en que leí que Superman había muerto. Aquel día algo se rompió dentro de mí. Creo que ahí terminó la infancia y empezó mi juventud.
¿Y Franco? Pues francamente, con perdón por la cacofonía, era parte del paisaje. No pensaba en él. No lo cuestionaba. Era un señor que apareció victorioso en una guerra que yo no había vivido, que salía en blanco y negro en los NO DO, que inauguraba pantanos y que envejecía en cámara lenta. Yo me limité a crecer, como tantos otros, sin entender del todo lo que era vivir bajo una dictadura.
Hasta que cumplí 17 años y entré en la universidad, en 1974. Y ahí empezó otra vida, en un país que también empezaba a despertar. Pero eso lo contaré mañana, si la memoria me asiste y la censura interior no me frena.















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No por favor. Que no le frene su censura interior. Yo también soy del 57 y me gustaría seguir su relato, su verdad, que es solo suya.
Yo soy del 56 y todo lo q has contado me ha refrescado la memoria soy nacida en alcala y mi cole fueron las juanas esperando a tu siguiente relato un saludo!!
Me gusta tu comentario y remememoro mi niñez
Muchos de tus comentarios son modernos para mí porque nací en 1943 y Yo ya tenía 14 años y un montón de amigos.
Viví mis primeros 26 años en la calle Santiago que a la vez fué mi campo de fútbol parando los partidos de vez en cuando para que pasase algún carro de Tomás García.
Quién era este señor? Pués un rico agricultor que también precedió a Lucas del Campo como Alcalde.
Tenía, como otras varias en Alcalá de otros propietarios,
una casa de labor enorme en mi calle. Con 16 mulas, gallinas, caballo, conejos, cuadras, carros, estercolero, etc etc.
Que maravilla ir con el carro a por melones, alfalfa, tomates etc a su finca de las «Cuarenta Fanegas»
Los chicos íbamos, de acompañantes en el carro sobre las dos de la tarde y podíamos volver a las 10 de la noche noche.
Vuelvo a repetir!! que maravilla!! que volvíamos tan tarde y en casa nuestros padres tan tranquilos.
No me extiendo más ahora pero viví la llegada de Diestéfano, Kubala,..
Me bañé en los estanques de las huertas antes de que autorizaran ir al río cuando mi hermano Eugenio dijo en casa que ya podía ir allí porque ya sabía nadar. El río Henares fué la mejor piscina que pudiéramos imaginar con tablas de agua nada bles de 800 y 1.000 metros.
De virgen del Val a la Presa. De Zulema a la Presa de las armas… etc etc.
Todo era pecado y había que comportarse, pero a pesar de eso nos las arreglabamos para llevarnos muy bien los vecinos y vecinas de la calle.
A propósito de lo anterior recuerdo el día quenos separaron en nuestros juegos a los chicos de las chicas porque ya éramos mayorcitos…
En resumen he disfrutado y a la vez ampliado 14 años anteriores al original.
Quedaría muchísimo por contar pero no me sobra el tiempo.
Saludos
gracias por tu comentario Carlos ….