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Treinta y nueve ediciones después, Libreros conserva intacto su hechizo: rarezas bibliográficas, libros de ocasión y zancudos recuerdan que leer aún importa.
- Fotos del Ayuntamiento
El otoño complutense tiene en sus hojas, y no hablo de las que caen de los plátanos de sombra, el rumor del papel impreso. Este sábado 27 de septiembre abrió al público la XXXIX edición de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, ese rito anual que convierte la Calle Libreros en pasillo de biblioteca infinita hasta el 12 de octubre. La cita se inscribe en el programa de la Semana Cervantina, Fiesta de Interés Turístico Nacional, lo que le da aún más empaque, aunque a estas alturas la feria tenga ya más solera que cualquier sello ministerial.
La inauguración contó con el teniente de alcalde Víctor Acosta, el concejal de Cultura, Santiago Alonso, y otros representantes municipales. La alcaldesa Judith Piquet no estuvo presente en esta ocasión, dejando a sus concejales el papel de anfitriones. Libreros, en cualquier caso, recibió a la feria con el mismo entusiasmo de siempre, aderezado por el espectáculo Viajeros del Tiempo de Alquimia Circus: mezcla de Verne, estética victoriana y zancudos de piernas imposibles que parecían sacados de un grabado decimonónico. Libreros, ya se sabe, es escenario donde la historia se pone tacones de siete leguas.
Una feria más vieja que internet (y con más gracia)
Treinta y nueve ediciones. O lo que es lo mismo: una feria nacida antes de Google, antes de Amazon, antes incluso de que el libro electrónico pretendiera jubilar a las viejas imprentas. La Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Alcalá de Henares lleva tanto tiempo plantando casetas en calles o plazas de esta ciudad, que bien podría presumir de haber sobrevivido a todas las tormentas tecnológicas. Y aquí sigue, con sus 20 puestos alineados, ofreciendo a los viandantes tesoros de papel que huelen a tinta añeja.
Diez librerías de Alicante, Madrid y la propia Alcalá exhiben un repertorio que combina rarezas bibliográficas con el más amable mercadillo de ocasión. El visitante puede pasar, en apenas unos pasos, de una pragmática sobre el pan impresa en 1539 a un cómic infantil de los años cincuenta. Lo dicho: un algoritmo humano que todavía se permite el lujo de sorprender.
Quien se acerque encontrará joyas de verdad. La librería Capitel trae una colección de títulos que van del milagro de las Santas Formas (1753) a primeras ediciones de El Quijote impresas en los siglos XVIII al XX. Hay incluso un ejemplar inglés de 1706 y un facsímil de la Biblia Políglota Complutense, esa piedra Rosetta de la filología que salió de la imprenta de Nebrija y compañía. ¿Quedan lectores para tanto tesoro? La feria responde sola: basta mirar a los curiosos que hojean, acarician lomos, preguntan precios y, a veces, compran.
¿Quién lee a Justiniano en 2025?
La feria también es ocasión de toparse con rarezas que rozan lo insólito. Ahí está Historia elemental del Derecho Romano de las instituciones de Justiniano (1878), volumen serio donde los haya. Tal vez encuentre dueño en algún opositor obstinado o en un jurista nostálgico, o tal vez siga esperando al lector ideal otros cien años más.
Más simpáticas son otras piezas: La Lectura del Reloj (1920), manual infantil para descifrar la hora en los bolsillos de antaño, o Cocktails (1928), firmado por Pedro Chicote, el barman que enseñó a España a agitar la coctelera. Cada edición cuenta una historia y, como decía Borges, toda biblioteca es autobiografía.
Pero no solo de antigüedades vive el lector. También hay libros de ocasión: atlas ilustrados de bricolaje, historia de la bicicleta o la infantería alemana (cada cual con su afán), cómics antiguos de Disney, novelas contemporáneas y literatura infantil para que las criaturas de hoy descubran que leer no siempre implica deslizar el dedo por una pantalla.
Libreros: nombre, escenario y destino
El escenario no podía ser más adecuado: la Calle Libreros, que ya en su nombre es proclama. Desde hace siglos, este vial monumental ha sido sede de colegios universitarios, imprentas y librerías, y parece escrito de antemano que aquí debía instalarse un mercado del libro. No hay algoritmo que lo supere: un lugar llamado Libreros solo podía acabar siendo teatro de papel.
Y como toda feria que se precie, también tiene su dosis de espectáculo. Los zancudos de Alquimia Circus caminaron con parsimonia, saludando a pequeños y mayores, recordando que el libro, al fin y al cabo, también es circo, viaje, ilusión. Hubo quien sacó el móvil para grabar, sí, pero también quien prefirió mirar con los propios ojos: un detalle que, en pleno 2025, casi merece una medalla.
El concejal Alonso y el resto de ediles posaron junto a libreros y visitantes, reforzando el apoyo institucional a una cita que ya forma parte del ADN cultural alcalaíno. Los políticos van y vienen; los libros, con suerte, permanecen. Así lo demuestra esta feria que, edición tras edición, se consolida como referente cultural, un espacio donde el tiempo se mide en páginas y no en clics.
La Feria del Libro Antiguo y de Ocasión permanecerá abierta hasta el 12 de octubre, invitando a vecinos y visitantes a pasear, hojear y, por qué no, comprar. Habrá quien se lleve a casa un incunable, quien descubra una novela perdida, quien adquiera un atlas para decorar la estantería o quien regale a un niño un cómic que ya divertía a sus abuelos.
Y si alguien todavía se pregunta para qué sirve una feria así en la era de los audiolibros y TikTok, la respuesta es sencilla: para recordarnos que seguimos siendo humanos, que nada huele como un libro viejo y que Alcalá, ciudad de letras, todavía sabe reírse con retranca de su propio destino. La XXXIX Feria del Libro Antiguo y de Ocasión lo demuestra: mientras quede un lector, uno solo, Libreros seguirá siendo Libreros.















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