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Javier Bardón analiza la educación en la era de la IA y reivindica el pensamiento crítico y el papel humano del profesorado.
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- Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»
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Vuelvo a las aulas después de una ausencia de casi un año. Vuelvo a las aulas y me encuentro a los alumnos de ayer, de siempre, recién salidos de la adolescencia, con la mirada huidiza, aún tierna, y un ademán entre aburrido y resignado. A ver qué rollo nos suelta este tío ahora, pienso que piensan, a medida que rompo el hielo y les cuento las líneas generales de mi asignatura. Muchos no entienden por qué están allí, salvo para conseguir un título que les permita ejercer una profesión. Se preguntan la razón por la que han de adquirir conocimientos, cuando el conocimiento entero parece estar al alcance de un clic.
Entro en algún foro de profesores para ver qué se cuece. El tema estrella es, cómo no, la inteligencia artificial. Discuten acerca de cómo educar en estos tiempos, tiempos líquidos, cada cual según su criterio. Después de leer varios hilos, tengo la horrible sensación de que, como en la novela de Saramago, no son más que ciegos intentando guiar a otros ciegos.
Como en otros ámbitos, la educación está sufriendo una revolución copernicana que a los profesores nos está dejando a la intemperie, desguarnecidos, sin certezas. Siempre entendimos que el cambio era lo único estable, pero el cambio se está produciendo a una velocidad vertiginosa y muchos tienen miedo. Por cierto que es de ese vértigo, de ese miedo, de la fuente de la que bebe la ultraderecha, que nos promete la vuelta a un pasado idealizado, más estable, más predecible.
Muchos de mis colegas deben su puesto de trabajo a horas y horas de estudio, a la adquisición de un conocimiento que hoy parece devaluado, que apenas vale el tiempo que se tarda en pedirle un «prompt» a ChatGPT.
Y sin embargo nos resistimos a la obsolescencia. Creemos (¡necesitamos creer!) que nuestro trabajo aún es útil, quizá no tanto para acumular o transmitir conocimiento, porque eso puede hacerlo ahora una máquina, sino por el convencimiento de que, sin ese conocimiento previo, sin ese faro, estamos perdidos, ciegos a merced del algoritmo.
Podemos delegar el conocimiento, claro; de hecho lo hicimos durante siglos —en teólogos, en ilustrados, en académicos—, pero lo que no podemos es delegar la inteligencia, ni el criterio para formular las preguntas adecuadas o para discernir la validez de las respuestas. Sin embargo, delegar no equivale a desentenderse; es importante saber cómo funciona la caja negra, cuáles son sus lógicas, y sus límites.
Por eso creo que la clave está en esa “P” del acrónimo «ChatGPT». P de «pre-trained»; es decir, preprogramado. Cabe preguntarse: ¿quién entrena a ese algoritmo para que dé unas respuestas y no otras? ¿Con qué datos? ¿Bajo qué criterios? Considero que el peligro no viene tanto de la máquina per se, como pregonan los apologetas del caos, que miran siempre al dedo, en vez de a la luna, sino de quién programa esa máquina y a qué intereses sirve.
Desde este prisma no es tanto que podamos prescindir de los profesores, en cuanto que «proveedores de conocimiento», sino que ahora deben desempeñar un rol más complejo —tal vez más humano— como guías, lazarillos ante la incertidumbre, mediadores entre la superabundancia de información y el sentido de esa información. No podemos olvidar que los famosos «prompts» (saber qué preguntar) dependen fundamentalmente del conocimiento, de la memoria, de los mapas conceptuales que ya se posean; una persona instruida formulará mejores preguntas y repreguntas, y entenderá mejor las respuestas.
Tal vez educar en tiempos de la IA consista precisamente en eso: en entender que la curiosidad, el juicio crítico, la construcción del sentido, y la responsabilidad moral siguen siendo patrimonio humano, que no podemos renunciar a ellos porque una máquina «piense» más rápido, porque entonces estaremos permitiendo que quien controla esa máquina, una élite, una minoría de personas —no muy edificantes, por cierto, a tenor de lo que dejan ver de sí mismas—, guíen a los ciegos y les sometan, como en el libro de Saramago, a sus propios intereses. Si esto sucediera, como por otra parte ha sucedido tantas veces en la historia, estaríamos formando a personas vulnerables, acríticas, sumisas, esclavas, en vez de a hombres y mujeres libres. Y eso es justo lo contrario a educar.

















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Una reflexión muy necesaria. La pregunta «quién programa esa máquina y a qué intereses sirve». es reseñable; de forma habitual ante cualquier duda, tiramos de IA y mostramos el resultado en la pantalla tan satisfechos. No es el mejor método, porque una persona instruida formulará mejores preguntas y repreguntas, y entenderá mejor las respuestas. Ese es el problema actual: nos conformamos con lo primero que nos llega a través de las pantallas… o de cualquier medio de información y así nos va, cada vez más radicales, más ofuscados porque lo ha dicho tal o cual politocastro o alguien que dice ser periodista, pero ¿nos preguntamos si eso es correcto? No, nos conformamos con emitir juicios a traves de «las tripas», sin utilizar la inteligencia, porque ser una persona INSTRUIDA hoy en día parece que no tiene mérito