Los tambores del imperio resuenan sobre el Caribe | Por Luis Suárez Machota

El abogado alcalaíno Luis Suárez Machota analiza el nuevo pulso geopolítico en el Caribe y alerta del riesgo de una intervención militar directa de Estados Unidos en Venezuela. Desde una lectura histórica del imperialismo norteamericano hasta su conexión con el auge del neofascismo global, el autor firma una tribuna contundente, crítica y abiertamente antifascista. Las opiniones publicadas reflejan la voz de sus autores en el marco del debate plural que ALCALÁ HOY promueve.

  • El abogado alcalaíno Luis Suárez Machota denuncia la escalada militar de Estados Unidos en Venezuela y advierte del declive imperial y sus consecuencias globales.

  • Luis Suárez Machota es un veterano abogado laboralista español, con más de 50 años de experiencia, colegiado en los Ilustres Colegios de Abogados de Madrid, Guadalajara y Alcalá de Henares, donde reside y ejerce desde su despacho en la Calle Mayor 42.

Todo parece indicar que Estados Unidos se prepara para destruir militarmente el régimen chavista de Venezuela, la República Bolivariana. Esa es la conclusión que se desprende del despliegue de unos 15.000 efectivos y del traslado, desde el Mediterráneo hasta el mar Caribe, de su portaaviones más grande y avanzado. A ello se suman varios destructores con capacidad de lanzar misiles, otros ocho buques de guerra y unos 75 aviones F-35. Estados Unidos ha reabierto además su antigua base en Puerto Rico, cerrada hace seis décadas, y ha realizado maniobras conjuntas con Trinidad y Tobago, país históricamente vinculado a Venezuela y situado apenas a 11 kilómetros de la costa. El panorama constituye, para cualquier observador mínimamente atento, una clara advertencia militar. Hasta ahora el resultado ha sido el bombardeo de 21 embarcaciones y la muerte de 83 personas, sin que se hayan presentado pruebas concluyentes de su relación con el narcotráfico.

Mientras tanto, la maquinaria mediática presenta este despliegue como una operación contra el tráfico de drogas, “plaga” que azota a la sociedad estadounidense. Washington ha descrito a Nicolás Maduro como jefe del “cartel narcoterrorista de los Soles”, por cuya captura ofrece 50 millones de dólares. “Dejen de mandar veneno a nuestro país”, ha proclamado el presidente Trump, a pesar de que el principal flujo de droga hacia Estados Unidos parece llegar desde México y otras rutas distintas a Venezuela. La opinión pública occidental -tan ruidosa en otras ocasiones- no ha mostrado rechazo alguno ante esta escalada militar. Ni los líderes europeos quieren alzar la voz, ni siquiera España, la supuesta “madre patria” con importantes intereses petrolíferos a través de Repsol. Únicamente el presidente colombiano ha confrontado verbalmente a Trump, con el apoyo de Brasil y México, mientras el resto de repúblicas sudamericanas guarda un silencio cómplice.

Todo hace pensar que Trump, alentado por sus sectores más extremistas de origen hispano (como Marco Rubio), se dispone a acabar con el chavismo por la fuerza. La razón principal es económica: el petróleo venezolano ya no está controlado exclusivamente por las grandes compañías estadounidenses -Rockefeller, Standard Oil o Chevron-, sino que se vende prioritariamente a China y a otros países, entre ellos España. Aunque Venezuela nunca ha interrumpido el suministro a Estados Unidos, lo hace en condiciones que cuestionan el antiguo dictado estadounidense sobre precios y patentes. Caracas ha intentado reactivar la OPEP, acercarse a los BRICS y promover la coordinación económica latinoamericana. Demasiados “pecados” para el gallo del corral americano.

Las intervenciones “blandas” de Washington han fracasado. El golpe del 13 de abril de 2002 contra Hugo Chávez (respaldado, entre otros, por el gobierno de Aznar), el aislamiento económico progresivo del país, las figuras artificialmente instaladas como presidentes paralelos (Guaidó y otros) o la deslegitimación de las victorias electorales de Maduro no han derribado al gobierno venezolano. El resultado ha sido un país convulsionado, con millones de personas obligadas al exilio y con una crisis económica, social y política de enorme gravedad.

No pretendo tener un conocimiento exhaustivo de la realidad venezolana para emitir juicios definitivos. Sin embargo, todo apunta a que Estados Unidos ha optado ahora por la intervención militar directa, mediante portaaviones, fuerza aérea y comandos terrestres, más allá de las tradicionales operaciones encubiertas de la CIA.

Históricamente, Washington ha preferido intervenciones semiocultas o apoyadas en militares afines de otros países latinoamericanos: Guatemala en 1954, Bahía de Cochinos en 1961, el golpe contra Víctor Paz Estenssoro en Bolivia en 1964, el golpe contra Allende en Chile en 1973, el entrenamiento de torturadores y golpistas en Uruguay en 1975, las infiltraciones en Ecuador y Perú, el apoyo a la dictadura brasileña tras la caída de Goulart, la protección al dictador Trujillo, entre tantas otras. Todos estos episodios responden a la vieja doctrina Monroe de “América para los americanos”, es decir, para Estados Unidos. Una lógica imperial que ha promovido la división de la América ibérica, el saqueo de sus recursos y la creación de repúblicas bananeras manejadas por corporaciones como Chiquita, con golpes organizados desde el Comando Sur en Panamá y sus consiguientes dictaduras sangrientas.

En Venezuela, Washington parece decidido a intervenir directamente porque no ha encontrado todavía un Pinochet, un Videla o un Ríos Montt local dispuesto a hacer “el trabajo sucio”. Todos los preparativos indican que esta vez el imperio actuará sin intermediarios, como hizo en Nicaragua, Panamá o Granada, o en el siglo XIX en México, Cuba o Puerto Rico. Y contará, sin duda, con el apoyo de sus corifeos entre los oligarcas de Miami y del barrio de Salamanca en Madrid.

El imperio estadounidense atraviesa una fase de pérdida de hegemonía global desde el fin de la URSS y, por ello, se muestra más reactivo y peligroso que nunca. En nuestras cómodas y adormecidas sociedades europeas creemos estar al margen de los estertores del imperio que nos tutela, pero no hace falta mucha profundidad filosófica para ver la conexión entre ese declive y el auge del neofascismo en Europa. Lo que ahora ocurre en Venezuela, de otra forma, terminará ocurriéndonos a nosotros. ¿O acaso el extremismo de ultraderecha no tiene su epicentro en Washington y en Trump su santo patrón.

Ser antiimperialista es ser antifascista.

 

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1 Comentario

  1. Estando de acuerdo en la crítica a Yanquilandia, hoy el epicentro de la ultraderecha está en Moscú, no en Washington, que a estos efectos opera como una sucursal.

  2. Claro, denunciar la actitud de USA es logico PERO ¿donde estaba durante estos 50 años para defender el pueblo de Venezuela? Creo que son + de 5 millones huidos de su pais. Como siempre mucho blabla pero para defender el que hay que defender, no te he visto, asco.

  3. El artículo -con idependencia de las simpatias o no, que tengais con el autor y que reflejais en vuestros comentarios- es excelente. Muestra conocimientos de lo que habla y no yerra nada en sus apreciaciones.

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