- Los Secretos emocionaron a más de tres mil asistentes bajo la muralla complutense con un repertorio inmortal que convirtió recuerdos en presente compartido.
- Crónica gráfica de Ricardo Espinosa Ibeas y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
La Huerta del Obispo fue el escenario de un viaje musical cargado de emociones el sábado 30 de agosto. Allí, más de tres mil personas se reunieron para disfrutar de una velada en la que la memoria colectiva se entrelazó con el presente, con Los Secretos como grandes protagonistas. El concierto, precedido por la energía radiofónica de Fernandisco, se convirtió en una fiesta para distintas generaciones, pero sobre todo en un reencuentro con canciones que han acompañado a los oyentes durante más de cuatro décadas.
No era solo un concierto, sino un ritual compartido. Había babyboomers que recordaban sus primeros bailes adolescentes al ritmo de “Déjame”, parejas que tarareaban “Pero a tu lado” como si les perteneciera, e incluso jóvenes que heredaron esas melodías de sus padres y las han hecho suyas. Esa mezcla de edades, estilos y recuerdos otorgó al evento un aire de celebración intergeneracional, como si la muralla complutense se hubiera transformado en una máquina del tiempo capaz de unir pasado y presente en un mismo latido.
El aperitivo perfecto: Fernandisco, maestro de emociones
La fiesta arrancó puntual a las 20:30 con un maestro de ceremonias de lujo: Fernandisco. El locutor y DJ, voz inconfundible de la radio española, desplegó un repertorio pensado para mover al público desde el primer minuto. Temas de los 80, 90 y 2000 se sucedieron en una sesión que convirtió la espera en un espectáculo propio. “Soy prescriptor de emociones, no de ideologías”, repite a menudo. Y en Alcalá cumplió palabra, regalando felicidad, bailes y carcajadas, demostrando que sigue siendo el rey de los CDs y de las pistas improvisadas.
Con sus manos sobre la mesa de mezclas y esa voz que marcó a varias generaciones de oyentes de Los 40, Fernandisco hizo que el público coreara estribillos de Queen, Oasis o Elton John. Había quien cerraba los ojos y volvía a un garito de Malasaña en los noventa, quien rememoraba cintas grabadas en la radio con paciencia adolescente y quien simplemente se dejaba arrastrar por el pulso de la música. Fue, sin duda, el aperitivo perfecto para lo que estaba por venir.
Los Secretos: canciones que nunca se marchan
Cerca de las once, las luces se atenuaron y el murmullo colectivo dio paso a una ovación que sonó a bienvenida eterna. Álvaro Urquijo, acompañado de Ramón Arroyo a la guitarra, Jesús Redondo a los teclados, Juanjo Ramos al bajo y Santi Fernández a la batería, apareció en escena. El primer acorde de “Agárrate a mí, María” marcó el inicio de un viaje sentimental que no dio tregua.
Los Secretos repasaron buena parte de su repertorio más emblemático. Sonaron “Dos caras distintas”, “Déjame”, “La calle del olvido”, “Ojos de gata” o “Pero a tu lado”. Cada tema fue recibido como un reencuentro íntimo, coreado por un público que no necesitaba mirar la pantalla ni las letras proyectadas. Las sabían de memoria, como se sabe el propio nombre o la fecha de cumpleaños de un ser querido. La música de Los Secretos no solo se escucha: se habita, se vive y se comparte.
El público, fiel hasta la médula, acompañó a Álvaro Urquijo en cada verso. En “Te he echado de menos” las parejas se cogían de la mano; en “Ojos de perdida” se notaba la emoción contenida; y en “Quiero beber” el recinto vibraba con un aire de complicidad festiva. Fue un repaso retrospectivo, pero con la frescura de quien toca por primera vez. La banda, con más de cuarenta años de historia y tras superar altibajos y tragedias personales, demostró una vez más que sigue siendo un símbolo indiscutible de la Movida Madrileña.
Orgullo local: Santi Fernández, profeta en su tierra
Uno de los momentos más emotivos de la noche llegó con el reconocimiento a Santi Fernández. Álvaro Urquijo recordó la trayectoria del batería malagueño de nacimiento y alcalaíno de adopción, vecino de la ciudad desde la infancia y figura esencial en la historia del grupo. El público respondió con una ovación cerrada, un aplauso que sonó a orgullo y pertenencia.
No era solo un gesto hacia el músico, también hacia la ciudad que lo ha visto crecer como artista y productor. Desde su estudio SantaRosa Surround en Alcalá, Santi ha trabajado con figuras como Marta Sánchez, Antonio Vega o Modestia Aparte, consolidando un espacio creativo de primer nivel. Esa noche, bajo las murallas, recibió el reconocimiento de sus vecinos, que lo celebraron como patrimonio musical de la humanidad. Fue un guiño sincero a Alcalá, un momento en el que la música se fundió con la identidad local.
Los bises cerraron la velada con intensidad: “Aunque tú no lo sepas”, “Sobre un vidrio mojado” y “Déjame” como colofón. En la despedida, muchos asistentes se abrazaban, otros grababan con sus móviles intentando atrapar lo inatrapable: la magia del directo. Y la banda, consciente de lo vivido, agradeció una y otra vez el calor del público complutense.
Una fiesta dabuti hasta la madrugada
Pero la noche no terminó con Los Secretos. La fiesta continuó con “Dabuti”, un concepto tan castizo como atinado para prolongar la diversión hasta las tres de la madrugada. Los asistentes, todavía con la adrenalina del concierto, siguieron bailando y cantando en un viaje nostálgico que mezclaba clásicos de varias décadas con el deseo de no dar por acabada una noche irrepetible.
El término “dabuti” define algo muy bien hecho, genial, fantástico. Y eso fue lo que se vivió en la Huerta del Obispo: una celebración chachi piruli, guay del Paraguay, excelente en todos los sentidos. Un recuerdo que quedará en la memoria de quienes lo vivieron como esas canciones que, aun con los años, no envejecen.
Al final, lo que sucedió bajo las murallas de Alcalá fue mucho más que un concierto. Fue la constatación de que la música tiene un poder extraordinario para unir, para sanar, para devolvernos a los lugares donde fuimos felices. Los Secretos, con su repertorio inmortal, regalaron a más de tres mil personas una noche para atesorar. Y Alcalá, ciudad de historias y patrimonio, sumó un nuevo capítulo a su memoria musical.
Porque hay conciertos que se olvidan con el tiempo, y hay noches, como esta, que se convierten en parte de lo que somos. Y cuando dentro de unos años alguien vuelva a poner “Déjame” en la radio o en una lista de reproducción, muchos recordarán que una vez, bajo la muralla complutense, corearon esas mismas notas en compañía de miles de desconocidos que, por un instante, se convirtieron en familia.





















