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El autor analiza con dureza el impacto político y simbólico del distanciamiento de Felipe González respecto al PSOE actual.
- Santiago López Legarda es un periodista alcalaíno que ha ejercido en diferentes medios nacionales.
Lo que nos faltaba por oir con la que está cayendo. Felipe González dice sentirse huérfano de representación política y anuncia que votará en blanco en las próximas elecciones generales, si el candidato socialista es un tal P. Sánchez. Debo confesar que F. González nunca fue santo de mi devoción, ni siquiera en aquel ambiente entusiasta que se generó en torno a su persona en los meses previos a la gran victoria de octubre del 82.
Puede que lo mío sea pura envidia o puro resentimiento, puesto que nunca fui invitado, ni tuve tratos con nadie que fuera invitado a aquel Sancta Sanctorum del felipismo llamado “La Bodeguiya”. Pero hoy me pregunto para quién trabaja este anciano de pelo blanco, 83 años cumplidos y patrimonio personal más que saneado. Para las clases trabajadoras de España (que ahora algunos han dado en llamar clases medias) desde luego que no. Porque lo que viene, o lo que se anuncia, es un Gobierno de la derecha en alianza con la extrema derecha. Ya veremos si las previsiones sociológicas se cumplen, pero no hace falta ser un experto en historia para comprender que las clases populares, las que viven de su salario (llámeselas trabajadoras o clases medias), tienen poco que esperar de un gobierno de derecha y extrema derecha. Mayormente recortes de prestaciones sociales y más duros requisitos para acceder a ciertas ayudas.
Cualquier ciudadano tiene derecho a sentirse cabreado por algo y dar rienda suelta a ese cabreo votando en blanco, absteniéndose o haciendo voto nulo. Pero si te llamas Felipe González y das una entrevista en la radio en la que anuncias que vas a votar en blanco, eso es como dedicarte a dar mítines pidiendo el voto para el gobierno de derecha y extrema derecha que se cierne sobre nosotros. Podría haber dicho que él es socialista y votará socialista, sean cuales sean los candidatos, o en todo caso, que él siempre hará un llamamiento al voto por las candidaturas progresistas. Pero no, anuncia que votará en blanco, es decir, que prefiere – y les dice a los votantes que es preferible – un gobierno de derecha y extrema derecha, que un gobierno socialista en alianza con otras fuerzas de izquierda y nacionalistas. Como habrían dicho los ancianos de mi aldea remota, para este viaje no necesitábamos alforjas, señor González.
Dijo también el expresidente del Gobierno que Eduardo Madina sería un buen candidato para el PSOE. En eso coincido con él, aunque creo que Madina no está, a día de hoy, en disposición de afrontar una brega como la que tiene tan demacrado a Pedro Sánchez. Y, por otra parte, a Madina o a quien sea el próximo líder socialista, en caso de no conseguir una mayoría absoluta como las que conseguía González en los años ochenta del siglo pasado, no le quedaría más remedio que renunciar o negociar una mayoría con las otras fuerzas de izquierda y nacionalistas. Ese es el barro parlamentario al que hay que bajar, el barro que representa a la España actual, tan distinta a la época del bipartidismo. Y a lo mejor eso es lo que nubla la vista del señor González y le hace vivir en la ensoñación de sus añejas mayorías absolutas.
Lanzado ya a tumba abierta contra el actual Gobierno, dijo también González que la ley de amnistía respaldada por el Constitucional es una vergüenza para cualquier demócrata y una barbaridad contra el Estado de derecho. Asombran esas palabras en alguien que promovió un terrorismo de estado (bastante chapucero, como demostraron los tribunales) en medio de la desesperación por la imposibilidad de poner fin a la banda terrorista ETA. La ley de amnistía es fruto de un pacto político que sin duda tiene múltiples aspectos indeseables, pero también ha demostrado tener ciertos efectos balsámicos sobre la inflamada situación social y política que se vivió en Cataluña hace algunos años. Y los jueces del Constitucional han dicho por mayoría que no es contraria a la Constitución. Por lo tanto, creo yo que cualquier demócrata español debería sentir más vergüenza por aquellos escándalos que acompañaron a Felipe González en el final de su mandato que por esta ley surgida de las debilidades parlamentarias de Pedro Sánchez y los intereses de los nacionalistas insurrectos.
Coincido también con González en que Sánchez está en el final de su carrera política, al menos como líder del Partido Socialista. Pero una cosa es sentarse a ver cómo lo gestiona y otra es hacerle el caldo gordo a la derecha. Y yo espero que los simpatizantes y votantes socialistas lo recuerden y lo tengan en cuenta cuando llegue el momento.
















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Lo he dicho/escrito ya en algún otro lugar. Alguien debería recordarle a F. González, cuando habla en púlpito, los muchos avances sociales, económicos y de derechos que han supuesto para la inmensa mayoría de ciudadanos de España, las políticas de este Gobierno en los últimos siete años. Pongan eso en positivo y luego critiquen, si quieren, lo negativo. Alguien debería representar a los González, Guerras, Leguinas, Page, Lamban, Redondos, Gómez…que si todos hubieran hecho campaña en el 23 por el PSOE, seguro que hubiera sacado más diputados y no hubiese necesitado los siete votos de Junts para aprobar la subida de las pensiones, SMI, Mínimo vital, reducción de jornada, PGE, etc.
Usted lo ha dicho. Ni Pedro Sánchez representa ni de lejos a lo que yo entiendo por socialdemocracia, ni el PP corresponde a lo que entiendo por una derecha moderada y moderna, contando entre sus filas a ultramontanos como Isabel Díaz Ayuso y los que tiene detrás. Por si fuera poco, ambos se apoyan en partidos minoritarios y extremistas y, en el caso de Sánchez, en unos partidos nacionalistas que han hecho del chantaje continuo su razón de ser. Porque hay que ser muy ingenuo para pensar que, de no necesitar sus votos, hubiera aplicado Sánchez la amnistía, por lo cual su decisión no fue política -con independencia de que resultara acertada, algo que todavía es pronto para comprobar- sino en base a sus intereses pariculares por mantenerse en el poder.
Mientras tanto, el cada vez más necesario partido bisagra entre ambos sigue sin existir y sin indicios de que pueda hacerlo en un futuro tras el descalabro de Ciudadanos.
No, realmente el panorama político no se muestra despejado, con una polarización cada vez más preocupante y ajena por completo a los intereses de los ciudadanos. Y encima, estos políticos que han provocado con contumacia la desafección de cada vez más votantes huérfanos, como usted indica, tienen la desfachatez de echarnos a nosotros la culpa del auge de los extremismos, cuando deberían hacer una autocrítica de por qué sus votantes potenciales rehusan cada vez más votarlos.
Recuerdo que en una ocasión, hace ya bastantes elecciones, Javier Marías dentro de su pesimismo recomendaba votar a quien menos peligroso te pareciera. El argumento era sólido, pero por desgracia esto sólo conduce al mantenimiento de un voto cautivo por parte de unos y de otros que lo único que consigue es perpetuar este estatus quo a favor de unos partidos cada vez más desentendidos de los ciudadanos; porque, recordémoslo, quien gobierna no lo hace sólo por quienes le han votado, sino por la totalidad del país. Y lo preocupante, tal como están las cosas, es que por no hacer el caldo gordo a esta derecha se lo hagamos a esta izquierda… o viceversa, tanto me da, puesto que lo que cada vez resulta más necesario es una catarsis profunda que afecte a la totalidad del espectro político.
¿Pero quién le pone el cascabel al gato?
Suscribo totalmente el artículo del Sr Legarda. Gracias por hablar tan claro y con tanta sensatez. Muchas más voces , en este sentido, son necesarias en un momento tan caótico como el actual. Las izquierdas con sus desavenencias históricas conseguirán que llegue la extrema derecha. Y no tengo claro que seamos muy conscientes de lo que eso va a suponer para todos ( sobre todo para los trabajadores,claro está). Al Sr González seguramente le dará igual. Y no creo que la vejez sea responsable de sus opiniones y actitudes de la última época.
Permítame una puntualización. No creo que sean las desavenencias históricas de las izquierdas las que provoquen el riesgo de la llegada de la extrema derecha, sino justamente lo contrario ya que las diferencias entre las izquierdas -yo prefiero clasificarlas como socialismo y, desaparecido hace ya mucho el PCE de la transición, la extrema izquierda o mejor dicho las extremas izquierdas, porque existen varias y antagónicas entre sí.
Por consiguiente la unidad de la izquierda, o de las izquierdas si lo prefiere, no sólo es una entelequia sino también un verdadero problema, al menos para alguien que esté convencido de que lo más idóneo para el país, dentro de la izquierda, es un socialismo o una socialdemocracia similar a los de otros países europeos, dejándose de alianzas contranatura que siempre han perjudicado al PSOE y al país ya desde tiempos de la II República.
Lo que tendría que hacer el PSOE, y también por supuesto el PP, es olvidarse de sus respectivos extremos y dedicarse a hacer una política afín a la España actual en la que, algo que sucede desde la Transición, la mayoría de la población es moderada y no le agradan los extremismos de ningún tipo.