Por cierto, Getafe: siete centímetros y un curso político | Por Pedro Enrique Andarelli

En esta tribuna, Pedro Enrique Andarelli, periodista y director de ALCALÁ HOY, toma los siete centímetros que separan a Felipe VI de Pedro Sánchez como peculiar vara de medir el nuevo curso político. El «por cierto» de Isabel Díaz Ayuso en Getafe sirve para recorrer chascarrillos, eslóganes y paronomasias que triunfan donde antes se exigían argumentos. Entre risas, aplausos y metros de costura, queda una pregunta: a qué altura queda realmente el debate político español.

Ayuso en la apertura de curso politico en Getafe
  • Ayuso mide a Sánchez con el Rey y la política responde con aplausos: siete centímetros bastan para esconder preguntas bastante más incómodas.
Pedro Enrique Andarelli, Director de ALCALÁ HOY

Hay frases que nacen para el BOE y frases que nacen para el estribillo. El sábado, en Getafe, Isabel Díaz Ayuso eligió las segundas. En un acto de partido —inicio de curso, Feijóo al lado, el micrófono ya caliente— la presidenta de Madrid despachó Ceuta, las vacaciones de La Mareta, una pulla a Begoña Gómez y, de propina, esto: «Por cierto, Sánchez, que el Rey es más alto que tú. Te lo tenía que decir». No era el núcleo del discurso. Era el adorno. Y, como suele ocurrir con ella, el adorno se comió el cuadro.

Ayuso no improvisa tanto como parece: colecciona ecos. Fruta que no es fruta. Pescao que cierra un expediente. Altura que un día es de miras y al siguiente se mide en sastrería. La paronomasia le ahorra el párrafo largo. El público ya sabe qué tiene que reír. El problema, si es que hay problema, y en esto Alcalá puede permitirse no gritar, no es que una presidenta tenga gracejo. Es que el gracejo se instala donde debería ir la premisa.

Sánchez había metido al Rey en el relato de Ceuta. Recordó, con esa puntualidad selectiva que a veces confunde el dato con el dardo, que Felipe VI no ha visitado la ciudad desde que reina, y añadió que iría «cuando se den las condiciones». La oposición oyó un reproche. Moncloa juró que no lo era. Ayuso, que no suele dejar pasar un servicio a su favor, contestó con un metro. Entre uno y otro, la frontera se quedó en segundo plano y subió al escenario la cinta métrica. Siete centímetros. Felipe VI, 1,97; el presidente, 1,90. Dato cierto, argumento flojo. La política española, otra vez, discutiendo la talla mientras el país discute otra cosa.

Un domingo de principios de septiembre invita a no ponerse solemne. El verano se resiste a irse, las aulas se llenan y los partidos descubren, como cada año, que el curso se inaugura mejor con un mitin que con un expediente. Getafe cumplió el rito: unidad exhibida, candidato local apadrinado, Sánchez convertido en diana permanente y Ceuta. la de finales de julio, con su entrada masiva y su poso amargo,  usada como palanca. Hasta ahí, manual. Lo distintivo fue el por cierto. Esa coletilla de tertulia que convierte al jefe del Estado en comparsa de un chascarrillo y al presidente del Gobierno en objeto de antropometría electoral.

Conviene no dramatizar. Nadie ha refundado el régimen con una broma de altura. Pero tampoco conviene fingir que da igual. Cuando el poder habla en eslogan, el eslogan acaba mandando. Ayuso lleva años demostrando que una etiqueta bien puesta vale más que tres folios de comisión. «Jeta de La Mareta» pinta un presidente en chanclas mejor que cualquier informe sobre avisos ignorados. «Si yo fuera Begoña, andaría mosqueada» mete a la esposa en el gag y deja al respetable con la risa a medio camino entre el chiste de cuñado y el golpe bajo. Y al final, el Rey: más alto, oiga, se lo tenía que decir. Aplausos. Siguiente.

Uno podría ponerse estupendo y recordar que la Constitución no asigna al monarca la política de fronteras, ni al presidente la obligación de ser el más alto del fotograma. Podría añadir que Felipe VI midió preocupación e indignación por Ceuta mientras el Gobierno medía tiempos y la oposición medía titulares. Todo eso es verdad y, en un diario de Alcalá, cabe decirlo sin orquesta. Lo que no cabe es transformar la tribuna en altar ni en patíbulo. La presidenta no es un meteorito ni un oráculo. Es una política que ha entendido, mejor que casi nadie, que en este país el oído manda sobre el archivo.

De ahí las paronomasias. No son un defecto de dicción; son un método. Me gusta la fruta salvó un labio en el Congreso y se quedó de lema. Chao pescao quiso cerrar un mal trago inmobiliario y se quedó de bumerán. Ahora alto hace las veces de altura, y el personal elige si ríe la talla o la tallista. El lector de Alcalá, ciudad de frase larga, de Cervantes que midió imperios con ironía y no con metro de costura,  reconoce el truco sin necesidad de que se lo subrayen. Se puede sonreír. Incluso se debe. Lo grave no es la risa; es que la risa sustituya al qué pasó, quién avisó, quién mandaba y quién estaba de vacaciones cuando la cosa se veía venir.

Habrá quien diga que esto es superficial. Claro que lo es. Por eso funciona. La superficialidad bien rimada viaja más que la responsabilidad mal explicada. Sánchez busca a veces el relato que le saque del aprieto; Ayuso busca la frase que le meta al otro en él. El resultado, un domingo como este, es una España que debate si el Rey es más alto que el presidente mientras Ceuta sigue siendo Ceuta y Madrid sigue siendo Madrid, con sus grandezas, sus atascos y, ya que sale al paso y no conviene convertirlo en dossier, con esos metros cuadrados de ático que la Comunidad compró y que la oposición no suelta. Quede en un roce: se habla mucho de quién está más alto y, de cuando en cuando, de cuántos metros hay sobre el tejado. Quien quiera el inventario, que abra la hemeroteca. Aquí basta la metáfora.

Y ya que de estaturas va el sermón laico de este domingo, un apunte de redaccioncita para no perder la compostura. Antón Losada, que de tertulia y de prosa sabe, ronda el 1,93. Un servidor, Pedro Enrique Andarelli, no pasa de 1,65. Ni el tertuliano gobierna por ser casi tan alto como el Rey, ni este director deja de firmar por quedarse a la altura del mostrador. La democracia, convenzámonos, no es un reconocimiento médico de la mili. Si lo fuera, el Consejo de Ministros se elegiría en el traumatólogo y el Congreso, en la sastrería de Palacio. Hay quien mide 1,97 y acierta; hay quien mide 1,90 y se equivoca; hay quien mide 1,65 y se limita a contar lo que ve. La vara de medir, por fortuna, no está en el DNI.

Getafe no era un congreso de antropometría. Era el pistoletazo de un curso que acaba en urnas. Feijóo y Ayuso escenificaron sintonía, siempre útil cuando el ruido propio aprieta,  y la presidenta, fiel a su oído, prefirió el estribillo al folio. No es pecata minuta ni fin del mundo. Es estilo. Un estilo que enamora a los suyos, exaspera a los otros y, a quienes escribimos desde una ciudad que no necesita otra trinchera madrileña, nos deja el oficio de mirar el truco sin comprarlo entero. Se puede admitir el ingenio y pedir, al mismo tiempo, que el ingenio no se coma a la política. Se puede conceder el dato de los siete centímetros y seguir preguntando por la frontera. Se puede, incluso, repetir la frase con una sonrisa: el Rey es más alto que Sánchez. Concedido. Te lo tenía que decir.

La pregunta, más incómoda y menos aplaudida, es otra. ¿A qué altura queda un país cuando sus dirigentes se miden así? No en el vestíbulo de Zarzuela, donde la perspectiva hace gigantes y la foto oficial ya inspiró memes hace años, sino en el patio de butacas donde vivimos el resto. Un arranque de septiembre debería oler a mochila, a primer consejo y a problemas con nombre y apellidos. Si huele sobre todo a chascarrillo, el curso llega ya con la voz ronca.

Desde esta mesa de Alcalá, sin acritud y sin el menor interés en montar un culto al revés, se puede firmar lo siguiente: que Ayuso tiene oído; que Sánchez tiene relato; que el Rey tiene 1,97 y no gobierna; y que los ciudadanos tenemos derecho a un debate que no quepa en una talla. Lo demás es mitin. Y el mitin, ya se sabe, dura lo que dura el aplauso. El domingo, en cambio, dura lo que tarda uno en volver a la calle y comprobar que la altura de un país no se resuelve con «por cierto».

El Rey es más alto que Sánchez. Un tertuliano de 1,93 no por ello preside. Un director de 1,65 no por ello calla. Y Madrid, Ceuta y Alcalá siguen donde estaban: un poco más cansadas de que les midan el humor y un poco más necesitadas de que les midan, de una vez, la responsabilidad. Chao, pescao, si se quiere cerrar con eco. O, mejor, hasta el próximo folio. Que el metro, en política, es un mal instrumento. Y el oído, usado solo para el estribillo, también.

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