Lola Índigo convierte la Huerta del Obispo en la última gran noche de su verano

Cerca de 10.000 personas convirtieron este sábado la Huerta del Obispo en una gigantesca fiesta para despedir junto a Lola Índigo su Romance de 1 Noche de Verano. Alcalá fue la última parada de una gira que terminó entre fuego, baile, invitados, emoción y una confesión que resumió la noche: la artista se sentía «felizte», feliz y triste a la vez, mientras pedía al público olvidarse por momentos del móvil, abrazarse, mirarse y vivir el presente.

  • Lola Índigo cerró su gira en Alcalá con casi 10.000 personas, tres actos, invitados y una emocionante reivindicación de vivir el presente.
  • Crónica gráfica de Ricardo Espinosa Ibeas y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY

Hay conciertos que terminan cuando se apagan las luces y otros que nacen con vocación de recuerdo. El de Lola Índigo en Alcalá de Henares perteneció claramente a los segundos. Cerca de 10.000 personas abarrotaron este sábado 5 de septiembre la Huerta del Obispo para asistir no solamente a uno de los grandes conciertos de esta edición de Los Conciertos de la Muralla, sino al último capítulo de Romance de 1 Noche de Verano, la gira con la que la artista granadina ha recorrido España durante los últimos meses. Y Lola sabía perfectamente que aquello era una despedida.

«¡Bienvenidos a mi conferencia!», arrancó con guasa antes de dirigirse a la multitud: «¡Buenas noches, amigos y amigas! ¡Quillo, qué calor! ¿Cómo se nota que es la última noche de verano, eh?». Desde las primeras filas hasta el fondo del recinto amurallado había miles de personas y miles de móviles levantados, pero también carteles que Lola se entretuvo en descubrir desde el escenario. Uno le hizo especial gracia: «¡Ay! La foto del Kero, que me muero».

Kero resultó ser su perro. «Mira al Kero. Está un poco píxel, pero veo desde aquí que es Kero. Kero es mi perro, ¿vale?», explicó antes de bromear con que el animal ya parecía tener hasta su propio «Kero Club de Fan». «Espectacular. Me encanta. Gracias». Aquella conversación aparentemente improvisada con el público fue apenas el aperitivo de una noche en la que Lola Índigo quiso cantar y bailar, pero también hablar.


Tres actos para contar una historia

Romance de una Noche de Verano no es una simple sucesión de éxitos enlazados para mantener al público saltando durante dos horas. Lola Índigo ha construido un espectáculo dividido en tres actos, con cambios de vestuario, coreografías, interludios visuales y una escenografía pensada para contar una historia. Y la historia comenzó de blanco. La artista apareció con abanico y un vestuario de resonancias flamencas para interpretar Verde, inspirada en el universo lorquiano, antes de entrar de lleno en territorio Lola Índigo con Ya no quiero ná, una de esas canciones que ya no necesita presentación porque el público empieza a cantarla antes casi de que suenen los primeros compases.

Llegaron Mujer bruja, Maldición, acompañada esta vez por un juego de fuegos incorporado por primera vez en la gira, y Santería. Sobre el escenario, bailarines, luces, fuego, pantallas y una Lola Índigo que apenas concede tregua al cuerpo. Porque si algo diferencia sus conciertos de buena parte del pop actual es que aquí bailar no constituye un complemento: es parte esencial del espectáculo.

El segundo acto cambió el tono. Un interludio visual con caballo y flamenco, acompañado por Nana del caballo grande, abrió una parte mucho más teatral. Lola apareció vestida de negro y sentada en una silla para interpretar Mala suerte. Después llegarían Trendy, Casanova y uno de los momentos más personales de la noche, con una dedicatoria a su abuela. La guitarra de José del Tomate y el cajón de Jony Cortez acompañaron El condenao, antes de que el repertorio transitara por De plastilina y desembocara en una versión de Corazón partío, el clásico de Alejandro Sanz inmediatamente reconocido y coreado por la Huerta.

A esas alturas la noche había demostrado que podía pasar del flamenco al pop, del baile urbano a la bachata y de la intimidad a la explosión colectiva sin demasiadas explicaciones. Cuatro besos, La primavera, Tus iniciales, El pantalón y La niña de la escuela fueron elevando nuevamente las pulsaciones antes de entrar en un tercer acto concebido directamente para que nadie permaneciera quieto.


Diez mil personas y una consigna: estar presentes

Con 1000 Cosas, Animal, Mi coleta, Discoteka, Yo tengo un novio, Una bachata y El bachatón de la L, la Huerta del Obispo terminó convertida en una gigantesca discoteca al aire libre. Pero entre tanto baile llegó probablemente el momento que mejor explicó qué significaba aquella noche para Lola Índigo. La cantante frenó, miró a las miles de personas que tenía delante y anunció lo que seguramente muchos ya intuían: «Chicos, hoy tengo una cosa por segura. Que me voy a emocionar mucho».

Y encontró una palabra para explicarlo: estaba «felizte». «Que es feliz con triste», aclaró. La felicidad era la de haber llegado hasta allí después de todo un verano de conciertos; la tristeza, la de saber que aquella noche tocaba desmontar definitivamente el decorado de una gira que había terminado convirtiéndose también en una especie de hogar itinerante. «La verdad que este show… Esta casa que hemos montado, que es vuestra casa, que ha sido nuestra casa durante todo el verano. Hoy se cierra. Hoy se cierra».

Entonces cambió el tono. Ya no estaba presentando una canción ni gastando una broma entre tema y tema. Quería pedir algo al público para esa última función: «Me gustaría que por un momento hiciéramos todos un pensamiento colectivo de estar presentes en esta noche». Y fue entonces cuando pronunció la frase que seguramente mejor resumió todo el concierto: «Parece que era ayer mayo cuando empezamos esta gira. Parece que fue ayer cuando empezó el verano. Gente, hoy puede ser la última noche del verano, pero también la última de tu vida».

No fue una frase más entre canción y canción. Durante unos segundos, aquella enorme maquinaria de luces, pantallas, bailarines, teléfonos móviles y casi 10.000 personas quedó reducida a una idea bastante sencilla: el verano se acaba, las giras terminan y las noches que creemos que volverán quizá no vuelvan. Había algo de carpe diem en aquellas palabras, pero también una explicación inesperadamente precisa del título de la propia gira: un romance de una noche de verano solamente tiene sentido si se vive mientras está ocurriendo.

Por eso lo que vino inmediatamente después dejó de sonar a la habitual arenga de una cantante para animar a su público. «Vamos a abrazarnos, vamos a bailar. Me encanta que grabéis los vídeos, de recuerdo, pero quiero que bailéis. Quiero que gocéis, quiero que os miréis a la cara». Y todavía añadió una última petición: «Quiero que sea romántico. ¿Vale? ¿Me lo prometéis?». La Huerta se lo prometió. Y durante lo que quedaba de concierto trató de cumplirlo.


La reina cierra su verano en Alcalá

Para el tramo final quedaron dos canciones especialmente apropiadas: primero La reina y después Moja1ta. En esta última, varios seguidores terminaron sobre el escenario junto a Lola Índigo. Ya no existía demasiada distancia entre quien actuaba y quienes habían pagado una entrada para verla. Era exactamente la imagen que la cantante había reclamado minutos antes: convertir la última noche de su verano en una celebración compartida.

Tras aproximadamente dos horas de concierto, el espectáculo acabó, pero la Huerta del Obispo todavía no estaba dispuesta a acostarse. La fiesta continuó con la After Party y el DJ Set de Blin Blin, prolongando una noche que había comenzado alrededor de las 21:30 horas y que dejó el recinto histórico convertido durante unas horas en el epicentro del pop nacional. Entre el público estuvieron también los concejales del equipo de Gobierno Antonio Saldaña, Lola López y Víctor Cobo, en una cita que reunió a alrededor de 10.000 personas y se convirtió en una de las grandes convocatorias de esta edición de Los Conciertos de la Muralla.

Y aún queda Muralla. El próximo viernes 11 de septiembre llegará Valeria Castro, en una noche de registros bastante diferentes que coincidirá con las Noches del Patrimonio. Un día después, el sábado 12, será el turno de Miguel Ríos. El 19 de septiembre llegará Muralla Urbana, con Lucho RK, Raúl Clyde y D. Valentino, mientras que el cierre llegará los días 25 y 26 con Muralla Indie, encabezado respectivamente por Love of Lesbian y Lori Meyers junto a un amplio cartel de bandas.

Pero eso será otro fin de semana y otra historia. La del sábado perteneció enteramente a Lola Índigo, a una artista que llegó a Alcalá con una producción enorme, tres actos, bailarines, fuego, flamenco, pop, bachata, invitados y un repertorio construido a golpe de canciones reconocibles por varias generaciones de seguidores. Y también a cerca de 10.000 personas que entendieron perfectamente que aquello tenía algo de fin de fiesta.

Porque septiembre podrá decir lo que quiera el calendario. El verano musical de Lola Índigo terminó el 5 de septiembre dentro de las murallas de Alcalá de Henares. Y terminó como había pedido ella: bailando, abrazándose, mirándose a la cara y tratando de guardar algo más que otro vídeo vertical en la memoria del teléfono.

Durante un par de horas, la Huerta del Obispo fue aquella «casa» que Lola Índigo decía haber construido durante todo el verano. Después se apagaron las luces. Y la casa cerró.

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