- Carballo reivindica la dignidad humana frente a una política que convierte inmigrantes, fronteras y vidas en piezas sacrificables de su propio tablero.
- Adolfo Carballo se define como ciudadano del mundo. Activista de derechos humanos. Cuestiono lo evidente, exploro los mundos que llevo dentro y busco que cada pensamiento y acción tengan sentido propio. Como decía Voltaire: “El sentido común es el menos común de los sentidos”.
Más allá de la asquerosa geopolítica, de esos malabares mortales entre Marruecos, España, Israel y Estados Unidos, hay algo mucho más profundo en juego. No son solamente fronteras, alianzas, intereses estratégicos o territorios. Lo que está en juego, como tantas veces a lo largo de nuestra historia, es la condición humana.
Un ajedrez que perdimos estrepitosamente en Auschwitz (campo de exterminio nazi; millones de personas asesinadas), en Wounded Knee (1890: masacre de indígenas lakota por el Ejército de EE. UU.), en Kolymá (red de campos de trabajo soviéticos; explotación, hambre y muerte). Un juego en el que las personas dejaron de ser personas para convertirse en cifras, enemigos, amenazas, daños colaterales o simples obstáculos para alcanzar un objetivo. Y seguimos jugando.
Lo perdemos una y otra vez en Gaza (más de 73.000 palestinos muertos desde octubre de 2023), en el Congo (1998-2007: 5,4 millones de muertes excedentes estimadas), en Ceuta (82 fallecidos en la entrada masiva de julio de 2026) y en Melilla (2022: al menos 23 muertos; expertos de la ONU estimaron al menos 37). Detrás de cada cifra hay un nombre. Detrás de cada nombre, una vida. Y lo perdemos cada vez que una vida humana vale menos porque nació al otro lado de una frontera, porque tiene otra nacionalidad, porque profesa otra cultura o porque busca un lugar donde poder vivir.
Pero sería demasiado fácil mirar solamente hacia fuera. Porque ese mismo tablero también existe aquí, en Alcalá de Henares. Aunque PP y Vox discrepen en la intensidad de sus propuestas, el debate sobre la inmigración ha ocupado un lugar central en la política municipal de nuestra ciudad. En el Pleno de mayo de 2026 se debatieron conjuntamente las iniciativas de Vox sobre la llamada «prioridad nacional», la del PP contra una regularización masiva de inmigrantes sin planificación ni recursos y la del PSOE en defensa de la igualdad y contra la discriminación.
Las tres fueron rechazadas. La propuesta de Vox fue rechazada también con los votos del PP, mientras que la iniciativa popular solo recibió el voto del propio PP. Finalmente, PP y Vox votaron juntos contra la moción socialista sobre igualdad y no discriminación. Y esto debería hacernos reflexionar.
Porque el problema no es únicamente qué moción gana o pierde. El problema es cómo se construye políticamente la imagen de la persona inmigrante. «El inmigrante». «El extranjero». «El que viene de fuera». «El que supuestamente amenaza nuestros servicios, nuestra seguridad o nuestra forma de vida». Cuando las personas dejan de ser personas y empiezan a convertirse en categorías políticas, algo empieza a romperse.
Hannah Arendt nos enseñó, a través de su pensamiento sobre la responsabilidad y la condición humana, la importancia de detenernos a pensar y juzgar por nosotros mismos. Porque cuando dejamos de pensar en el otro como una persona concreta y empezamos a verlo únicamente como una categoría, una amenaza o un problema, la deshumanización puede terminar pareciéndonos normal. Y ahí comienza el peligro. Es entonces cuando el miedo empieza a ocupar el lugar de la política. Y el miedo, cuando se convierte en herramienta electoral, es extraordinariamente rentable.
Alcalá de Henares no debería necesitar enemigos para construir su identidad. Nuestra ciudad tiene una historia demasiado larga, demasiado plural y demasiado humana como para necesitar señalar al que acaba de llegar para explicar nuestros problemas. Porque los problemas de la vivienda no los ha creado el inmigrante. La falta de recursos sociales no la ha creado el inmigrante. Las dificultades de acceso a la sanidad, la educación o los servicios públicos no las ha creado el inmigrante. Y tampoco la delincuencia puede explicarse convirtiendo a todo un colectivo en sospechoso.
Gobernar una ciudad consiste precisamente en lo contrario: resolver problemas sin fabricar culpables colectivos. Un ayuntamiento tiene que garantizar seguridad, por supuesto. Tiene que perseguir los delitos y exigir el cumplimiento de la ley. Tiene que actuar cuando alguien vulnera los derechos de los demás, sea cual sea su nacionalidad.
Pero combatir el delito no puede convertirse en combatir identidades. Una cosa es defender la seguridad y otra muy diferente construir un relato en el que el inmigrante aparece permanentemente como una amenaza. La diferencia no es pequeña. Es la diferencia entre hacer política con responsabilidad y hacer política con miedo. Y aquí vuelvo al principio.
El verdadero problema de nuestro tiempo no es solamente cómo se mueven las piezas en el tablero geopolítico. Es quién decide qué piezas pueden sacrificarse. Porque cuando aceptamos que unas vidas pueden sacrificarse en nombre de intereses políticos, dejamos de hablar únicamente de política. Hablamos de nosotros.Hablamos de nuestra conciencia.Hablamos de qué clase de sociedad queremos construir.
Y Alcalá de Henares tiene que hacerse también esas preguntas. ¿Queremos una ciudad que mire al extranjero con desconfianza o una ciudad capaz de integrar sin renunciar a la seguridad, a la ley y a la convivencia?¿Queremos una política municipal que gobierne para todos o una política que necesite dividir a los vecinos entre los de aquí y los de fuera?¿Queremos utilizar la inmigración como arma electoral o queremos abordar sus problemas reales con políticas públicas, recursos y humanidad?
Porque detrás de cada estadística hay una persona. Detrás de cada frontera hay una historia. Y detrás de cada decisión política debería existir una pregunta que nunca deberíamos dejar de hacernos: ¿Qué queda de nuestra humanidad cuando aceptamos que unas vidas pueden sacrificarse en nombre de intereses políticos?
Albert Camus defendió, desde su pensamiento humanista, la responsabilidad que tenemos con el presente y con el futuro. Y quizá esa sea también una de las responsabilidades de quienes gobiernan una ciudad: no administrar el miedo del presente, sino construir una ciudad más justa para el futuro. Una ciudad no se hace más segura señalando al más débil. No se hace más fuerte levantando muros entre quienes han nacido aquí y quienes llegaron después. No se hace más libre convirtiendo la diferencia en sospecha.
Una ciudad se hace mejor cuando es capaz de proteger a quien vive en ella, exigir el cumplimiento de la ley y, al mismo tiempo, preservar algo que ninguna mayoría política debería perder nunca: la dignidad humana. El fracaso no es solo político; es moral y humano. Y quizá el verdadero desafío de Alcalá de Henares no sea decidir quién merece estar dentro del tablero. Quizá sea recordar que ninguna persona debería ser considerada una pieza sacrificable.


















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