Del dedazo de 2007 al dedazo de 2027: veinte años de Rodríguez Palacios y un PSOE reducido a escombros

Javier Rodríguez Palacios cerrará en 2027 un círculo político de veinte años: llegó como candidato socialista a la Alcaldía de Alcalá por decisión de las alturas del partido y volverá a encabezar la lista por otro dedazo. Entre medias quedan ocho años como alcalde, una derrota electoral, más de 300 firmas contra su liderazgo, una dimisión, meses de gestora y una agrupación fracturada. Óscar López, avalado también por buena parte de los renovadores complutenses, ha preferido ponerse de perfil.

  • Los renovadores avalaron a Óscar López esperando un cambio; ahora Ferraz les niega votar y devuelve Alcalá a Rodríguez Palacios sin primarias.
Pedro Enrque Andarelli, Director de ALCALÁ HOY

Hay carreras políticas que terminan cerrando un círculo. La de Javier Rodríguez Palacios amenaza con cerrar el suyo de la manera más perfecta posible: llegó a la candidatura socialista a la Alcaldía de Alcalá de Henares en 2007 mediante una decisión tomada desde arriba y, veinte años después, volverá a ser candidato en 2027 por otra decisión tomada desde arriba. Entre ambos dedazos habrá transcurrido prácticamente toda una vida política. La suya, naturalmente. Porque la de la agrupación socialista de Alcalá parece importar bastante menos. Veinte años después, el candidato vuelve a ser el mismo. Lo que ha cambiado es el paisaje que queda alrededor.

En 2007 Rodríguez Palacios desembarcó como candidato en una agrupación castigada por sus propias guerras internas. Era el hombre llamado a reconstruir, ordenar y pacificar el socialismo complutense. Dos décadas después, Ferraz vuelve a decidir que Javier Rodríguez Palacios es la solución. La diferencia es que ahora ya sabemos cómo termina la película: el PSOE de Alcalá está intervenido por una gestora desde hace meses, sin secretario general elegido por sus militantes, con una Casa del Pueblo que ha permanecido cerrada durante buena parte de este periodo, con más de 300 firmas reclamando un cambio de rumbo y con una parte sustancial de sus cuadros y militantes exigiendo primarias y renovación. Después de todo eso, la medicina prescrita desde arriba consiste en devolver el partido precisamente al hombre bajo cuyo liderazgo estalló la crisis. Hay que reconocer cierta coherencia estética al procedimiento: primero se rompe el termómetro y después se declara que el enfermo no tiene fiebre.

Rodríguez Palacios dimitió como secretario general en febrero después de meses de creciente contestación interna y en pleno pulso por las nuevas afiliaciones. Cuando comprobó que el sector crítico estaba movilizándose y creciendo, abandonó la secretaría general, aunque mantuvo tanto la portavocía municipal como su escaño en el Congreso. Llegó entonces la gestora. Pasaron los meses. Los militantes críticos pidieron recuperar la normalidad orgánica, abrir la Casa del Pueblo, celebrar una asamblea y votar. Recogieron más de 300 firmas. Se organizaron. Presentaron una alternativa. Algunos llegaron a pensar, ingenuidades de la democracia, que todo aquello acabaría depositando una papeleta dentro de una urna. Pues no. Habrá primarias socialistas en numerosas agrupaciones madrileñas, pero en Alcalá no. Ferraz ha decidido que los militantes complutenses pueden ahorrarse la molestia de pensar, comparar y elegir. Alguien ya ha pensado por ellos.

Y es aquí donde aparece Óscar López. No como personaje secundario de esta historia, sino como responsable político de una federación que durante toda la crisis alcalaína ha conseguido desarrollar una habilidad verdaderamente notable: ponerse de perfil hasta quedar casi invisible. La agrupación se rompía, la gestora se eternizaba, la Casa del Pueblo permanecía cerrada, centenares de militantes reclamaban votar y desde la dirección regional llegaba básicamente silencio. López no acudió siquiera al tradicional Día del Militante durante las últimas Ferias, cuando el malestar interno era ya imposible de esconder. Ahora sabemos que aquel silencio no significaba neutralidad. El desenlace habla bastante mejor que cualquier comunicado.

La contradicción resulta especialmente gruesa porque Óscar López conoce perfectamente el valor de un aval. Acaba de convertirse en candidato socialista a la Presidencia de la Comunidad de Madrid después de reunir más de 4.000 firmas y ha exhibido con legítimo orgullo ese respaldo de las bases. Entre quienes le avalaron hubo también militantes socialistas de Alcalá y, lo que resulta políticamente mucho más significativo, una parte importante de la militancia renovadora que hoy se enfrenta a la continuidad de Rodríguez Palacios. No eran enemigos de Óscar López. Al contrario. Confiaron en él. Le dieron su firma porque vieron en su llegada al PSOE de Madrid la posibilidad de abrir una etapa diferente, recuperar el pulso del partido y favorecer la renovación. Algunos de quienes hoy reclaman democracia interna en Alcalá contribuyeron, por tanto, con su aval a fortalecer el liderazgo regional del hombre que, cuando llegó el momento de defender esa misma democracia interna en su agrupación, decidió mirar hacia otro lado.

La ironía se escribe prácticamente sola. La firma de un militante renovador de Alcalá sí sirve para convertir a Óscar López en candidato a presidir la Comunidad de Madrid. La voz de ese mismo militante deja de resultar imprescindible cuando pretende decidir quién debe ser candidato a alcalde de su propia ciudad. Para avalarme a mí, eres militante. Para elegir al tuyo, ya decide Ferraz.

Y quizá sea esa una de las mayores decepciones que Óscar López deja en esta crisis. Porque no hablamos únicamente de adversarios internos que nunca creyeron en él, sino también de personas que le respaldaron, que confiaron en su discurso de renovación y que esperaban de él precisamente aquello que ahora reclaman para Alcalá: participación, elección y respeto a las bases. López recibió su confianza cuando la necesitó. Cuando ellos han necesitado que garantizara unas reglas de juego democráticas, encontraron primero silencio y después una candidatura decidida desde arriba.

Hay además una circunstancia que vuelve todavía más incómoda la operación. Cuando Óscar López preparaba su desembarco en el socialismo madrileño, Rodríguez Palacios estuvo entre quienes respaldaron su liderazgo. Ahora es la dirección regional encabezada por López la que deja expedito el camino para que Rodríguez Palacios vuelva a encabezar la candidatura municipal sin enfrentarse a las urnas internas. Uno ayudó a consolidar al otro cuando necesitaba llegar y ahora el otro termina facilitando la continuidad del primero cuando necesita quedarse. Seguramente será una coincidencia. En política abundan muchísimo las coincidencias, sobre todo cuando benefician siempre a los mismos.

Por eso Óscar López tendrá difícil seguir presentándose como mero espectador de lo ocurrido en Alcalá. Podía haber intervenido políticamente para facilitar una salida democrática a la crisis. Podía impulsar la normalización de la agrupación. Podía favorecer que la gestora cumpliera su carácter provisional. Y, sobre todo, podía defender algo tan revolucionario dentro de un partido político como colocar dos papeletas encima de una mesa y dejar que los militantes eligieran. No lo hizo. Ponerse de perfil es una estrategia cómoda mientras los acontecimientos se desarrollan; resulta más complicado mantener el perfil cuando al final de la operación aparece exactamente el candidato que quería el aparato.

Y ahí queda una deuda especialmente incómoda con quienes le avalaron desde Alcalá creyendo en la renovación que representaba. Porque recibir el apoyo de los militantes cuando uno necesita convertirse en candidato y negar después a esos mismos militantes la posibilidad de elegir al suyo tiene un nombre bastante menos solemne que «democracia interna». Se llama utilizar la militancia cuando conviene.

Todavía nadie ha explicado, además, qué peligrosa anomalía democrática se produce en Alcalá para que una militancia que el PSOE invoca constantemente en sus discursos no pueda decidir quién quiere que encabece su candidatura municipal. Quizá algún día alguien tenga la deferencia de contárselo. Mientras tanto tendrán que conformarse con esa curiosa versión de la participación en la que todos los militantes son iguales, aunque unos pueden elegir y a otros les comunican el elegido. El precedente de Enma López en Madrid capital tampoco invita precisamente al optimismo: se atrevió a competir contra Reyes Maroto, obtuvo más del 45% de los votos y después fue apartada de responsabilidades orgánicas. En Alcalá se ha perfeccionado el método. Para evitar problemas con quien pierde o con quien gana unas primarias, lo más práctico es que no haya primarias. Muerto el perro, se acabó la democracia interna.

Lo extraordinario es que Rodríguez Palacios no es un dirigente recién llegado cuya capacidad esté pendiente de comprobar. Lleva en la primera línea política complutense desde 2007. Fue portavoz de la oposición durante ocho años, alcalde otros ocho, entre 2015 y 2023, perdió la Alcaldía y continuó como portavoz socialista. Después añadió a su currículum el Congreso de los Diputados. Son prácticamente veinte años ocupando cargos públicos remunerados y una trayectoria durante la que, sumadas sus retribuciones institucionales, se ha embolsado más de un millón de euros de dinero público. No hay nada ilegal ni reprochable en cobrar por desempeñar un cargo público, faltaría más. Lo políticamente relevante es otra cosa: después de dos décadas viviendo profesionalmente de la política y ocupando prácticamente todas las posiciones posibles dentro del socialismo alcalaíno, el PSOE parece incapaz de imaginar un futuro que no pase nuevamente por Javier Rodríguez Palacios. Eso ya no parece liderazgo. Se parece bastante más a una dependencia.

La paradoja adquiere dimensiones casi literarias porque el propio Rodríguez Palacios presumió durante años de haber pacificado una agrupación históricamente conflictiva. Tal vez aquella pacificación era de las que duran exactamente mientras nadie discute al pacificador. Bastó con que apareciera una alternativa interna con posibilidades, con que comenzaran a crecer las afiliaciones entre quienes reclamaban renovación, con que varios concejales cuestionaran el rumbo y con que centenares de militantes exigieran recuperar su voz para que aquella paz revelara su verdadera consistencia. La agrupación que debía dejar como legado aparece hoy fracturada, intervenida y privada de primarias. El hombre que llegó hace veinte años a reconstruir una casa castigada por las guerras internas puede terminar marchándose algún día dejando los escombros detrás.

Y ni siquiera está claro cuánto tiempo pisa ya esa casa. Rodríguez Palacios compagina su actividad municipal con su escaño en el Congreso de los Diputados. Es perfectamente legítimo. También es perfectamente legítimo preguntarse si Alcalá necesita para intentar recuperar su Alcaldía a un candidato cuya principal actividad institucional se desarrolla en la Carrera de San Jerónimo y cuya presencia cotidiana en la ciudad dista mucho de la que exige una candidatura municipal con aspiraciones reales de gobierno. Gobernar una ciudad de más de 200.000 habitantes requiere bastante más que conservar un nombre conocido, acudir a los plenos y aparecer cuando corresponde. Sobre todo cuando enfrente tendrá a una alcaldesa que llevará cuatro años ejerciendo diariamente el cargo.

Ferraz y el PSOE-M parecen haber llegado a otra conclusión: frente a la incertidumbre de las urnas internas, mejor el valor seguro de lo conocido. Aunque lo conocido perdiera las elecciones de 2023. Aunque haya provocado una contestación interna como hacía años que no se conocía. Aunque más de 300 militantes hayan reclamado otra cosa. Aunque exista un proyecto alternativo. Aunque la caseta socialista de las últimas Ferias ofreciera una fotografía desoladora del respaldo interno. Aunque una parte de sus propios concejales reclame renovación. Todo eso son detalles. El candidato será Rodríguez Palacios porque quienes tienen capacidad para designarlo han decidido que sea Rodríguez Palacios. Y punto.

El problema de fondo, sin embargo, es bastante más importante que Rodríguez Palacios e incluso que Óscar López. Los partidos políticos españoles llevan años lamentándose de la desafección ciudadana, del desprestigio de las instituciones y del alejamiento entre representantes y representados. Organizan jornadas sobre participación, hablan de democracia interna, invocan a las bases y proclaman que la militancia constituye el corazón de sus organizaciones. Hasta que la militancia pretende latir por su cuenta. Entonces aparecen las comisiones, los reglamentos, las excepciones, las gestoras y las decisiones superiores. La militancia es maravillosa para recoger avales, pegar carteles, repartir propaganda, llenar actos, aplaudir discursos y sentarse detrás del candidato. El problema comienza cuando pretende elegirlo.

Y ahí está precisamente la pregunta que convierte este episodio en algo difícil de explicar: si Rodríguez Palacios cuenta con el respaldo mayoritario de los militantes socialistas de Alcalá, ¿por qué no dejarles votar? Podría haber ganado las primarias. Quizá incluso ampliamente. Una victoria clara habría reforzado extraordinariamente su candidatura, habría legitimado su regreso y habría dejado a sus adversarios internos sin argumento alguno. Precisamente por eso resulta tan incomprensible impedirlas. Si Rodríguez Palacios tenía asegurado el respaldo de la militancia, no había nada que temer. Y si no lo tenía, entonces empezamos a comprender perfectamente qué había que temer.

Ferraz puede designar candidato, pero no puede designar entusiasmo. Óscar López puede respaldar la operación, pero no fabricar unidad. Pueden poner un nombre en una papeleta, pero no obligar a centenares de militantes a hacer campaña con alegría. Pueden controlar una gestora, pero no fabricar una agrupación cohesionada por decreto. Pueden impedir unas primarias, pero no cerrar una crisis política. Mucho menos pueden ordenar a los alcalaínos que olviden.

En mayo de 2027 no votarán los miembros de la Comisión Federal de Listas ni quienes hayan diseñado la operación desde Madrid. Votarán los vecinos de Alcalá de Henares. Y para entonces el PSOE tendrá que explicar por qué la gran renovación que ofrece después de perder el Gobierno municipal en 2023 consiste en presentar exactamente al mismo candidato, cuatro años mayor, con cuatro años más de desgaste y con un partido mucho más dividido a sus espaldas.

Quizá funcione. La política está llena de resurrecciones. Pero hay resurrecciones y hay empeños. Rodríguez Palacios llegó hace veinte años a la candidatura socialista mediante una decisión de las alturas del partido. Después construyó alrededor de su figura una larguísima etapa política que incluye ocho años en la oposición, ocho en la Alcaldía, una derrota electoral, un escaño en el Congreso, una rebelión interna, más de 300 firmas, su dimisión como secretario general, meses de gestora y, finalmente, otra designación desde arriba.

Del dedazo de 2007 al dedazo de 2027. Veinte años después, el PSOE vuelve exactamente al punto de partida. Solo hay una diferencia, y no es pequeña: entonces Javier Rodríguez Palacios llegó a una agrupación destruida con la promesa de reconstruirla y pacificarla. Ahora, dos décadas después, vuelve a ser impuesto como candidato sobre una agrupación fracturada, intervenida y silenciada. Llegó entre escombros prometiendo levantar la casa. Veinte años después, los escombros vuelven a estar ahí. Y esta vez Óscar López también tendrá que explicar qué hizo mientras la casa se venía abajo.

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2 Comentarios

  1. ¿Acaso esperaban otra cosa?
    Como ya he señalado en otras ocasiones, los partidos políticos se han transformado en empresas, Sociedades Anónimas, en las que su Cnsejo de Administración decide qué rumbo tomar y cómo gestionar la empresa en beneficio exclusivo de sus propios miembros y de sus accionistas mayoritarios.

    Personajes como Ana Botín o Florentino son el vivo ejemplo de los directivos que marcan la pauta y controlan el timón. Sus accionistas minoritarios tienen voz y voto en asambleas generales donde el Consejo les permite intervenir y balbucear, mientras aquellos dormitan, sabiendo perfectamente que la votación está ganada gracias a una mayoría blindada de antemano. Transigirán, por supuesto, con cualquier peón que arrastre un buen puñado de votos, otorgándole más poder si la coyuntura lo exige. Sin embargo, jamás convocarán ni permitirán una votación decisiva si no tienen el veredicto garantizado en la víspera. Este es el modus operandi de los partidos actuales: da igual que se llamen PSOE, PP, Vox o esa Alianza Catalana de turno.

    Si miramos más a la izquierda, el panorama es un despropósito llamado Sumar; el último paso al frente de una franquicia, que ni siquiera tiene estatutos vigentes, erigida a la mayor gloria de su lideresa, aquella a la que en Ferrol conocían, con sobrada justicia poética, como Atila, experta en dejar tierra quemada tras su paso. Cada día veo más cerca un nuevo incendio ahí, del que solo se librará ella, volviendo el resto a sus orígenes, fracasados pero con ganas al menos.

    Menos mal que nos queda el consuelo de la democracia; es un alivio inmenso saber que cada cuatro años somos libres de elegir cuál de estos CEOs nos la va a clavar.

  2. la Democracia, es lo que la genta de izquierda se cree, se llenan la boca de discursos en este sentido, estamos apañados, asi nos va, que decepción, es terrible, Viva España

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