- El TIA convirtió el solemne Rectorado en tribunal quevedesco y el “serenísimo ojo del culo” terminó absuelto por aclamación del respetable complutense.
- Crónica remitida por Azpilicueta, convenientemente aderezada por ALCALÁ HOY y fotografiada por IALVAMAR, porque tratándose del “serenísimo ojo del culo”, además de rigor y documentación convenía aportar pruebas gráficas.
Hay lugares que imponen respeto. El Paraninfo de la Universidad de Alcalá, por ejemplo. El Colegio Mayor de San Ildefonso. El patio de Santo Tomás de Villanueva. Siglos de sabiduría contemplan aquellas piedras. Por allí han pasado doctores, rectores, catedráticos, ministros, reyes, premios Cervantes y generaciones enteras de estudiantes.
Y el domingo 30 de agosto pasó también el “reverendo ojo del culo”. Que nadie se escandalice. La cosa venía con respaldo literario, antecedentes quevedescos y autorización teatral. El Teatro Independiente Alcalaíno (TIA) llevó hasta el patio de Santo Tomás de Villanueva del antiguo Colegio Mayor de San Ildefonso, hoy Rectorado de la Universidad de Alcalá, Sueño y defensa del ojo del c…, la obra de Carlos Mochales que ya había demostrado anteriormente que entre el Siglo de Oro y determinadas partes de la anatomía humana existe bastante menos distancia de la que enseñaban los manuales de Literatura.
La representación formaba parte de la programación de las Ferias de Alcalá 2026 y recuperaba un montaje estrenado en Clásicos en Alcalá 2025. Una ocasión estupenda para que el TIA volviera a demostrar que el teatro clásico puede hacerse con respeto sin necesidad de embalsamarlo previamente.Y es que Quevedo era mucho Quevedo.
Poeta, espadachín verbal, enemigo profesional de Góngora y hombre capaz de pasar de la metafísica al retrete sin necesidad de cambiar de pluma. Material más que suficiente para que Carlos Mochales, complutense y vinculado al TIA desde 1979, construyera una tragicomedia barroca, surrealista, picaresca, lírica y convenientemente escatológica. Todo junto. Porque puestos a meterse en harina, mejor no dejar nada fuera.
La obra se divide en tres actos: el Viaje, la Venta y el Juicio. Dicho así podría parecer el itinerario administrativo para presentar un recurso ante Hacienda, pero no. Aquí el asunto resulta bastante más razonable.
Todo comienza cuando un peculiar fraile propone a Quevedo un reto que termina llevando al escritor por un viaje onírico en el que aparecen personajes como el Nigromántico y la mismísima Muerte. Y cuando uno empieza encontrándose con un nigromántico y con la Parca, cabe sospechar que la tarde no va a terminar tomando tranquilamente un chocolate con picatostes.
Quevedo continúa adelante.Y llega a una venta.Allí aparecen las mozas, el ventero, don Diego de Noche, el médico y toda esa humanidad de la picaresca española que lleva cuatro siglos cambiando de vestuario pero que, observada detenidamente, tampoco ha cambiado tanto. Hasta que llega el Juicio.Y aquí el TIA abandona definitivamente cualquier posibilidad de que aquello termine convertido en una conferencia académica.Porque lo que se juzga es nada menos que al “reverendo ojo del culo”.Y Quevedo ejerce su defensa.
No sabemos cuántos abogados de Alcalá aceptarían hoy semejante procedimiento ni qué minuta presentarían después, pero el escritor afronta el caso con entusiasmo profesional. Y ahí está precisamente una de las gracias del texto de Mochales: presentar a un Quevedo mordaz, camorrista, idealista, enamorado, culto y gamberro, capaz de manejar todos los registros mientras se mete voluntariamente en una aventura en la que cualquier otro habría alegado incompatibilidad, indisposición repentina o una cita urgente fuera de España.
La dirección volvió a estar en manos de Luis Alonso, responsable también de la música y de los numerosos efectos sonoros. Y tratándose de esta obra, conviene no preguntar demasiado por la naturaleza exacta de todos ellos.Sobre las tablas estuvieron Francisco Javier Blasco, Francisco Piris, Paco Varela, Sebastián Sánchez, Carmela Tena, Marisa Jiménez, Demi Reyes, Luis Alonso, Carlangas y Diego Serrano, acompañados por figurantes y por el equipo de iluminación y sonido.
Entre todos consiguieron algo que parece sencillo hasta que uno intenta hacerlo: que Quevedo siga siendo Quevedo sin convertirlo en una estatua, que el público entienda el juego barroco sin necesidad de haber aprobado Literatura Española del Siglo de Oro y que una obra cuyo momento culminante consiste en defender judicialmente un trasero pueda representarse en el corazón histórico de una universidad cinco veces centenaria sin que se derrumbe una sola columna.
Eso también tiene mérito.Especialmente porque el patio de Santo Tomás de Villanueva puso el resto. En una noche apacible de verano, aquellas galerías solemnes acogieron con absoluta naturalidad a la Muerte, al Nigromántico, pícaros, mozas, médicos, frailes y demás fauna quevedesca. Al fin y al cabo estamos en Alcalá.Aquí Cervantes nació a unos metros, los estudiantes llevan siglos haciendo de las suyas y la Universidad ha sobrevivido a cosas bastante peores que un ojo del culo.
El público, numeroso, entró encantado en el juego. Hubo atención, emoción y, sobre todo, muchas risas hasta alcanzar el delirante juicio final, cuando Quevedo se entrega a la defensa del ya elevado a dignidad institucional “serenísimo ojo del culo”. Y los espectadores terminaron premiando al TIA con largos y nutridos aplausos.
Quizá ahí esté el secreto de Sueño y defensa del ojo del c…. Debajo de la broma gruesa hay literatura; debajo de la escatología, inteligencia; y debajo del disparate, una libertad teatral que permite juntar lo culto y lo popular sin pedir permiso. Carlos Mochales lo entendió. Luis Alonso y el TIA también. Y Quevedo, naturalmente, lo había entendido cuatro siglos antes que todos nosotros.
Así que el domingo, mientras las Ferias de Alcalá se acercaban a su final, el viejo Colegio de San Ildefonso añadió una página insólita a sus muchos siglos de historia. Por sus patios habían pasado teólogos, gramáticos, juristas y doctores. Ahora también había pasado el ojo del culo. Y, después de semejante defensa de Quevedo, salió absuelto. El público confirmó la sentencia con una buena ovación.


















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