Jarditoros toma Alcalá: seis morlacos de Santa Rosa de Lima y ni una baja en la enfermería

La Peña Los Jardineros volvió a convertir este sábado 29 de agosto el casco histórico de Alcalá en el escenario taurino más disparatado de las Ferias. Los temibles morlacos de cartón de la ganadería de Santa Rosa de Lima protagonizaron su tradicional encierro desde el Corral de la Sinagoga hasta el Ayuntamiento, antes de ser lidiados en la Capilla del Oidor. Hubo charanga, toreros, manolas, picador, una espontánea desalojada y, como manda la tradición, indulto y abrazo.

  • Los morlacos de Santa Rosa de Lima recorrieron el casco histórico antes de una lidia con espontánea, carcajadas y final feliz.
  • Crónica gráfica y video de Pedro Enrique Andarelli para ALCALÁ HOY

En Alcalá de Henares hay festejos que no se entienden sin su dosis de surrealismo popular. Jarditoros pertenece definitivamente a esa categoría. Una tradición que nadie sabe muy bien cómo explicar a un forastero sin que este termine preguntando si aquí estamos todos bien. La Peña Los Jardineros volvió a soltar este domingo por las calles del casco histórico a las temibles reses de la acreditadísima ganadería de Santa Rosa de Lima. Temibles, sí, pero hasta cierto punto. Porque estos toros no comen pienso, no pasan reconocimiento veterinario, no pesan quinientos kilos y, cuando termina el festejo, se quitan la cabeza, se toman una cerveza y probablemente comentan la faena con el torero que unos minutos antes intentaba darles muerte.

Así es Jarditoros. Y así debe seguir siendo. A las doce del mediodía estaba anunciado el Gran Encierro Especial de Jarditoros, una de esas citas de las Ferias y Fiestas de Alcalá que comenzaron siendo una ocurrencia entre amigos y han terminado adquiriendo categoría de liturgia popular. No figura en ningún tratado de tauromaquia conocido, pero tampoco hace falta. El reglamento aquí es sencillo: vale casi todo.

Como manda la tradición, antes de soltar las reses hubo que cumplir con los ritos. Los Jardineros llevaban ya horas metidos en faena, preparando disfraces, ajustando monteras, colocando mantillas, buscando cuernos y comprobando que el caballo del picador siguiera en condiciones de afrontar otra dura temporada. Tratándose de un caballo de trapo, el reconocimiento veterinario volvió a ser favorable.

Pasadas las doce, frente al portalón del Corral de la Sinagoga, se entonaron los cánticos a Santa Rosa de Lima, patrona de los Jardineros. Una santa italiana que, según cuenta la tradición, prefirió morir antes que perder su virginidad y terminó convertida en rosa: símbolo que, desde el 23 de agosto, acompaña cada año a esta peña. La solemnidad de la invocación duró apenas unos segundos, lo que tardaron en irrumpir los “toros” de la prestigiosa ganadería de Santa Rosa de Lima.

Se abrieron las puertas del Corral de la Sinagoga, frente a la Casa de Cervantes, y aparecieron los morlacos. La manada emprendió camino por la Calle Mayor entre corredores, niños, turistas, vecinos, móviles levantados y algún despistado que seguramente había salido tranquilamente a tomar el aperitivo y se encontró de repente en mitad de un encierro. La charanga Patxarán puso la banda sonora al acontecimiento, porque un toro de cartón sin charanga sería simplemente un señor disfrazado corriendo por la Calle Mayor y eso, incluso en Ferias, perdería bastante categoría.

La escena era puro Berlanga: corredores que apenas corrían, toros que embestían mesas de bar y espectadores que reían a carcajadas mientras grababan con el móvil. A su paso por la Plaza de Cervantes, pequeños y mayores se sumaban al juego esquivando reses imaginarias, con la certeza de que allí no habría cornada, pero sí risas aseguradas. Hubo carreras, amagos de embestida y recortes cuya técnica deberá estudiar algún día la Escuela de Tauromaquia. Alguna res buscó las tablas, otra pareció interesarse bastante más por las terrazas que por los corredores y todas avanzaron sin novedad digna de parte médico.

El recorrido culminó en la Casa Consistorial, antiguo convento de Agonizantes, donde los toreros se detuvieron a encomendar su suerte a San Bernardo. La escena, más procesión que liturgia, se completaba con el paseíllo hasta la Capilla del Oidor, convertida por un día en coso taurino. Allí, bajo un sol implacable, se desató la verdadera parodia.

Apareció entonces toda la fauna imprescindible para una corrida que se precie: toreros con más voluntad que técnica, manolas convenientemente ataviadas, picador sobre su sufrido caballo de trapo, barrenderos, auxiliares y cuantos personajes requiere esta particular tauromaquia jardinera. Solo faltaban los toros. Pero los toros también estaban.

Aquí conviene advertir al lector poco familiarizado con Jarditoros que cualquier parecido con una corrida reglamentaria es pura coincidencia. En la Capilla del Oidor se torea como se puede, se embiste cuando apetece y el reglamento cambia aproximadamente cada treinta segundos. Los toreros desplegaron capotes y muletas frente a unos animales que conocen perfectamente el secreto de la fiesta: debajo del pellejo hay un peñista dispuesto a complicarle la vida al matador. Y eso proporciona al toro una ventaja táctica considerable.

Hubo pases de todas las escuelas conocidas y probablemente alguno todavía pendiente de catalogación. Naturales poco naturales, derechazos que acabaron por la izquierda, desplantes, carreras, revolcones de pega y aproximaciones al astado que en una plaza de verdad habrían provocado algún que otro escalofrío. Aquí provocaban carcajadas. El picador hizo lo suyo sobre una cabalgadura que lleva años demostrando una resistencia admirable, las manolas mantuvieron el tipo, los barrenderos estuvieron atentos a cualquier eventualidad y la charanga Patxarán siguió poniendo música al disparate.

Y como no hay corrida que se precie sin algún sobresalto, en plena lidia saltó una espontánea al ruedo. La invasora apenas tuvo tiempo de probar fortuna ante los morlacos de Santa Rosa de Lima: los servicios de seguridad reaccionaron con una rapidez digna de una plaza de primera y la redujeron inmediatamente, obligándola a abandonar el coso sana, salva y sin necesidad de pasar por la enfermería. Su retirada se produjo entre los abucheos del respetable, aunque entre los tendidos también pudo apreciarse alguna risita cómplice. El orden quedó restablecido y la autoridad permitió que continuara el festejo. No hubo que lamentar daños personales ni, hasta donde sabemos, el toro presentó denuncia.

Entre el público, además de familias, niños, peñistas, vecinos y visitantes, hubo representación municipal. Por parte del Gobierno acudió el concejal Víctor Cobo, mientras que el PSOE estuvo representado por las concejalas María Aranguren y Patricia Sánchez. Y durante un rato ocurrió algo cada vez más extraordinario: Gobierno y oposición pudieron contemplar juntos un espectáculo sin necesidad de pedir la palabra, presentar una enmienda ni solicitar votación nominal. Mérito, sin duda, de Santa Rosa de Lima. Porque en Jarditoros las únicas diferencias verdaderamente importantes son entre quienes llevan cuernos y quienes intentan torearlos.

La faena avanzó hacia su inevitable desenlace. En cualquier otra plaza habría llegado la hora de la verdad: espada en mano, silencio en los tendidos y toro y torero frente a frente. Pero esto es Jarditoros. Aquí la hora de la verdad consiste precisamente en reconocer que todo es mentira. Por eso nadie espera una estocada. El destino del toro de Santa Rosa de Lima está escrito de antemano y constituye posiblemente la anomalía estadística más extraordinaria de la tauromaquia española: el cien por cien de los toros acaba indultado. No consta ganadería alguna con semejante porcentaje de supervivencia.

Llegado el momento, el respetable pidió clemencia para el astado. Y como la presidencia conoce perfectamente el reglamento no escrito de la casa, llegó el indulto. El toro salvó la vida. Otra vez. Nada de orejas. Nada de rabo. Nada de arrastre. Aquí al toro se le abraza.

Y seguramente sea esa la imagen que mejor explica un festejo nacido de la capacidad de las peñas alcalaínas para convertir una broma en tradición. La historia viene de lejos. Los Jardineros sitúan aquella primera ocurrencia en 1990. La aventura recuperó continuidad a partir del año 2000 y en 2002 terminó consolidándose con el nombre de Jarditoros y la Capilla del Oidor convertida definitivamente en su plaza de toros de pega. Desde entonces ha crecido hasta convertirse en una de esas citas inseparables de las Ferias de Alcalá, a medio camino entre la tradición y el disparate.

El año pasado ya lo definíamos en ALCALÁ HOY como el momento en que “el disparate se convierte en patrimonio festivo”. Doce meses después cuesta encontrar una definición mejor. Porque detrás de los cuernos de cartón, del caballo de trapo, de las manolas, los toreros imposibles y las embestidas a las mesas de las terrazas hay algo bastante más serio de lo que aparenta: una tradición transmitida entre generaciones y una manera muy alcalaína de reírse incluso de aquello que otros se toman muy en serio.

Terminada la corrida, la comitiva volvió a las calles del casco histórico en pasacalles. La charanga siguió tocando, los toreros sobrevivieron, los jarditoros también y el caballo del picador regresó entero. La enfermería cerró una temporada más sin parte de heridos de consideración. Balance difícilmente mejorable para cualquier feria taurina.

Hasta el año que viene, cuando volverán a abrirse las puertas del Corral de la Sinagoga y los peligrosísimos morlacos de Santa Rosa de Lima regresen a las calles de Alcalá. Para entonces conviene recordar la única recomendación verdaderamente útil para correr este encierro: si un jarditoro consigue alcanzarle, no se preocupe demasiado. Probablemente solo quiera darle un abrazo.

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