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Gigantes, ocho carrozas, cinco comparsas y seis toneladas de caramelos acompañaron la multitudinaria despedida de nueve días de Ferias en Alcalá.
- Crónica gráfica y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
Hay una imagen que en Alcalá anuncia que las Ferias se terminan mucho antes de que nadie mire el calendario. Los niños ocupan las primeras filas de las aceras, los padres calculan dónde colocarse para ver mejor, aparecen bolsas dispuestas a recoger caramelos y, a lo lejos, asoman por encima de las cabezas los Gigantes y Cabezudos. Es el último domingo de agosto y llega el Gran Desfile de Carrozas, esa multitudinaria despedida en movimiento que transforma durante unas horas la Vía Complutense y el Centro Histórico en un enorme pasillo festivo.
Miles de alcalaínos volvieron a salir a la calle este domingo 30 de agosto para acompañar una de las citas más familiares y populares de las Ferias y Fiestas de Alcalá de Henares 2026. Después de nueve días de peñas, conciertos, toros, actividades infantiles, deporte, cultura y noches que para algunos han resultado bastante más largas que los días, la ciudad afrontaba las últimas horas de fiesta con una cabalgata pensada especialmente para los pequeños, aunque basta acercarse al recorrido para comprobar que los mayores tampoco renuncian al espectáculo ni, llegado el caso, a disputarle algún caramelo a la chiquillería.
La comitiva arrancó a las 20:00 horas desde la rotonda de la calle Luis de Medina con Vía Complutense. La temperatura acompañó algo más que durante otros momentos de las Ferias y la amplitud de esta avenida permitió distribuir al público a ambos lados de la calzada antes de que el desfile se adentrara en el Centro Histórico. Familias enteras aguardaban desde bastante antes de la salida, buscando la primera fila para los niños y un hueco desde el que seguir un cortejo que este año reunió ocho carrozas, cinco comparsas, los tradicionales Gigantes y Cabezudos, los Pequeñantes y un gran pasacalles llegado desde Campo de Criptana.
Los Gigantes vuelven a abrir camino
Y si alguien sabe abrirse paso por las Ferias de Alcalá son los Gigantes y Cabezudos. Volvieron a ocupar las primeras posiciones de la comitiva y a provocar una de esas reacciones que apenas cambian con las generaciones: niños que corren hacia ellos, otros que mantienen una prudencial distancia de seguridad y padres y abuelos que contemplan la escena recordando que ellos hicieron exactamente lo mismo bastantes años atrás.
Los Gigantes avanzaron por delante del grueso del desfile y fueron también los primeros en alcanzar la plaza de Cervantes, donde hacia las 21:15 horas ya esperaba numeroso público. Son probablemente uno de los elementos de las Ferias que menos explicaciones necesitan. Forman parte de la memoria festiva de Alcalá y su presencia continúa funcionando como un puente entre generaciones. Cambian los niños que los miran desde las aceras, pero ellos siguen apareciendo cada agosto con esa mezcla de solemnidad, baile y desproporción que los convierte en personajes reconocibles desde muchos metros de distancia.
Detrás llegaba el grueso de una cabalgata concebida para que prácticamente no hubiera tiempos muertos. Las ocho carrozas, de temática infantil y juvenil, fueron sucediéndose acompañadas por música, disfraces y animación. Para los más pequeños importaba bastante menos el orden oficial del desfile que descubrir qué aparecía después de cada curva. Para los mayores, mientras tanto, quedaba ese otro espectáculo paralelo que siempre ofrecen las grandes citas de Ferias: aceras abarrotadas, encuentros inesperados entre conocidos y teléfonos móviles levantados intentando conservar una escena que, paradójicamente, casi todo el mundo ha visto ya alguna vez.
El desfile contó además con cinco comparsas participantes en el concurso organizado por la Concejalía de Fiestas y Tradiciones Populares. Las peñas El Juglar, Los Jardineros, Los Pichis y Los Reincidentes volvieron a demostrar que las Ferias no se entienden únicamente desde sus casetas. Junto a ellas participó la Asociación Cultural de Majorettes Ritmo y Bastón, completando una representación en la que vestuario, coreografías, música y muchas horas de preparación terminaron pasando ante miles de espectadores en apenas unos minutos.
Seis toneladas de caramelos sobre Alcalá
Pero una cabalgata puede tener carrozas, comparsas, gigantes y bailarines; para buena parte del público infantil hay un elemento que decide definitivamente el éxito de la operación: los caramelos. Y este año tampoco faltaron. La organización había preparado 6.000 kilos de caramelos blandos y sin gluten que las peñas fueron repartiendo a lo largo del recorrido.
Seis toneladas dan para muchos caramelos, aunque nunca parecen suficientes cuando empiezan a volar. Bolsas abiertas, manos levantadas, niños agachándose a una velocidad que ya quisieran algunos deportistas profesionales y padres que, oficialmente, recogen únicamente los que sus hijos no han visto. El lanzamiento de caramelos volvió a generar ese pequeño caos perfectamente organizado que acompaña a cualquier cabalgata que se precie. Hubo para recoger del suelo, para intercambiar, para guardar y seguramente para seguir encontrando alguno olvidado en bolsillos y mochilas cuando las Ferias sean ya un recuerdo.
A la sucesión de carrozas y comparsas se añadió uno de los elementos más vistosos del cortejo, el gran pasacalles de la Asociación Cultural La Burleta, llegada desde Campo de Criptana. Decenas de bailarines y tres grandes elementos móviles acompañaron una propuesta que aportó espectacularidad y movimiento a una comitiva que fue ganando ambiente conforme se aproximaba al casco histórico.
La Vía Complutense ofreció la parte más amplia del recorrido, con el público extendido durante cientos de metros, pero la entrada hacia el centro cambió por completo el escenario. Desde la glorieta de San Jerónimo de Sola, el desfile continuó por Sebastián de la Plaza, atravesó la Puerta de Mártires y tomó Libreros rumbo a la plaza de Cervantes. Allí las distancias se estrecharon, las fachadas sustituyeron al gran espacio abierto de la avenida y la cabalgata adquirió ese aspecto de río humano que caracteriza su llegada al corazón de Alcalá.
De Vía Complutense a una plaza de Cervantes abarrotada
La plaza de Cervantes esperaba el desfile convertida nuevamente en el gran punto de llegada de las Ferias. Allí se encontraban la alcaldesa, Judith Piquet; el concejal de Fiestas y Tradiciones Populares, Antonio Saldaña, y otros integrantes del Gobierno y de la Corporación municipal, mientras el público ocupaba los laterales del recorrido para contemplar el paso final de carrozas y comparsas ante la Casa Consistorial.
Durante aproximadamente una hora fueron llegando los distintos integrantes de la comitiva. Para entonces los Gigantes ya habían cumplido su misión de avanzadilla y la plaza recibía sucesivamente a peñistas, bailarines, majorettes, personajes infantiles y carrozas. Era el último gran desfile de unas Ferias que habían comenzado nueve días antes y el ambiente tenía ya algo inevitable de despedida, aunque alrededor continuaran sonando la música y las voces de los niños reclamando los últimos caramelos.
Porque las Ferias tienen una curiosa manera de terminar. Durante nueve días parece que siempre queda otra jornada por delante, otro concierto, otra actividad, otra comida de peña o alguna excusa para volver al centro. Hasta que llega la cabalgata. Entonces el calendario festivo empieza a quedarse sin páginas y cada gesto adquiere un significado distinto. El desfile deja de ser únicamente un espectáculo para convertirse también en una ceremonia colectiva de despedida.
El inevitable «Pobre de mí»
Y después llegó lo que tenía que llegar. El «Pobre de mí» volvió a poner letra a la despedida. Tras nueve jornadas de Ferias, Alcalá entonó ese pequeño lamento colectivo que resulta difícil tomarse completamente en serio después de tantos días de fiesta, pero que funciona cada año como frontera entre lo que todavía está ocurriendo y lo que ya empieza a convertirse en recuerdo.
Atrás quedaban nueve días en los que la ciudad había acumulado actos culturales, musicales, deportivos, taurinos, infantiles y populares, con las peñas ejerciendo una vez más como uno de los grandes motores de la calle. El domingo había comenzado todavía con la sensación de estar plenamente en Ferias, pero la llegada de los Gigantes a Cervantes, el paso de las últimas carrozas y la retirada del estandarte fueron descontando, uno a uno, los minutos de una fiesta que ya se despedía.
La cabalgata volvió a dejar también algunas de las fotografías más reconocibles del calendario festivo complutense: los Gigantes avanzando entre edificios modernos por Vía Complutense; niños esperando con las bolsas abiertas; peñistas repartiendo caramelos; bailarines ocupando la calzada; familias siguiendo el cortejo desde Libreros y una plaza de Cervantes recibiendo a una comitiva que había atravesado buena parte del centro de la ciudad.
Y así, entre gigantes, cabezudos, música, peñas, bailarines, ocho carrozas y seis toneladas de caramelos, Alcalá de Henares fue diciendo adiós a sus Ferias de 2026. El estandarte dejó el balcón del Ayuntamiento, sonó el «Pobre de mí» y, ya entrada la noche, los tradicionales fuegos artificiales pusieron el último destello a nueve días de fiesta antes de que la ciudad comenzara lentamente a regresar a la normalidad. Hasta el próximo agosto, claro. Porque en Alcalá las Ferias terminan cada año de la misma manera: prometiendo, sin necesidad de decirlo, que volverán.

























Que burrada 6.000 kilos,cuantos qyedaron por el suelo pisados por las ruedas de las carrrozas y en el vertedero barrido por las maquinaria de limpieza.
6 Toneladss dd inconpetentes hay en este Ayumtamiento.
Se sige tirando dinero