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Campuzano analiza las contradicciones entre el mensaje del Papa sobre inmigración y el comportamiento político de quienes más fervorosamente le recibieron.
- Por Antonio Campuzano. Periodista, patrono de la Fundación Diario Madrid.
La semana de visita del Papa León XIV a España, con calor y vísperas de Mundial de fútbol, pasará por derecho propio a la historia de las relaciones diplomáticas entre nuestro país y el Vaticano, del mismo modo que supone un paréntesis en la beligerancia de los trazados sentimentales y de respeto institucional entre políticos de distintos partidos, militantes, hasta la llegada de la autoridad católica, de la animadversión y el garrotazo.
El análisis y su tiempo de asimilación tienen el carácter de urgente porque el Papa vuelve a sus quehaceres en la plaza de San Pedro y aquí, en la caldera estival, se vuelve a la costumbre del trallazo judicial, el auto, la investigación y la UCO tomando calles y avenidas, todo el mundo simpatizante del gobierno de coalición tiene en su frente la señal y el estigma de la corrupción y los negocios.
La superioridad moral de la izquierda, aquel término apuntado ya por Gramsci como connatural a la definición de la familia del progresismo, se ha visto en estos días desplazado como argumento por la presencia del Papa León y su oposición a los combates contra la inmigración, con su director al frente del pescante del carruaje liderado internacionalmente por Trump, quien tiene ingenios especiales para ataviarse paródicamente con las vestiduras pontificales y salir invasivamente en redes e intercambiadores de flujos y algoritmos.
Se puede decir, no obstante, que el imperativo espiritual de los presentes en el recibimiento del pontífice excede y sobrepasa con mucho el peso ideológico y de componente político que viene dado por el posicionamiento papal contra la idea de la inmigración. Las masas, cifradas en centenares de miles, que reciben al invitado, según las últimas prospecciones, habitan los caladeros biológicos del voto de PP y Vox, lo que invita a servir a temperatura fría una buena dosis de contradicción.
La calidad pública del Papa se mantiene en este instante en la defensa de los derechos humanos amenazados por la gestión de la población inmigrante en Occidente. El seguimiento más conspicuo de los movimientos del santo padre viene de los feligreses de PP y Vox. A su vez, el gobierno de ambas fuerzas en tres comunidades autónomas españolas, camino de cuatro, se sostiene por el envite máximo de Vox a su entendimiento del hecho de la inmigración, es decir, cuanto más lejos mejor, con denominación apenas confusa que se llama “prioridad nacional”, traducido por “Spain, first”, si es que hay que traducir.
La ecuación amor-Papa-inmigración se encuentra en vías de dispersión por otra composición afecto-PP-Vox-inmigración. Pero en medio está el Papa y su poder espiritual, que León “te queremos un montón” también quiere introducir los pies en este mundo. El mensaje ecuménico, todas las creencias tienen validez, del Papa, salvo alguna excepción, se quedaba en los huesos cuando había que esperar en tiempo de saludo la representación política, todas las siglas en fila de a uno. El delegado del gobierno en Madrid, aislado, en el palacio de Oriente, fijado por protocolo y sitiado a babor y estribor por gentes del PP, rumiaba su soledad, muy enojado por su ubicación a la manera de Baltasar Gracián, “para vivir en soledad se ha de tener o mucho de Dios o todo de bestia”.
La presidenta Ayuso también quedó en determinado momento del pasamanos en formato contemplación de musarañas. El invitado, el Papa, se encumbra por tanto en la posición protagónica de la más acreditada sinceridad. Lo que dijo e hizo trae causa de lo dicho y hecho con anterioridad a la visita y que ha engrandecido su figura ante la hegemonía demoníaca del presidente de los Estados Unidos de América. Las fuerzas públicas presentes en los actos de salutación y bienvenida han desarrollado en determinados casos un proceso de insinceridad para el que parecían no estar preparados.
La masa, con el fervor y el cántico, no ha tenido más remedio que agarrarse al mensaje de las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, como valores incorpóreos al margen del toma y daca de la controversia mundana de la cosa pública. Si el acontecimiento papal se observa en su globalidad y el mensaje adquiere la rotundidad de cuanto sale del verbo del máximo representante de Dios en la Tierra, que linda con su obligación de cumplimiento, se predica un comportamiento de aproximación a lo emanado del ilustre visitante.
Los aplausos unánimes al cuerpo dialéctico del Papa en su discurso en el Congreso desmintieron la actitud de sesiones plenarias inmediatamente anteriores por, un ejemplo, Vox y sus diputados. Si esa mutación no tiene continuidad en próximas comparecencias electorales, no cabría pensar más que en la demostración de un fraude, esta vez más que nunca de índole moral. Cabe esperar un esfuerzo del público de la bienvenida acorde con la narrativa del mensaje visitante. En “El libro de los amores ridículos”, de Milan Kundera (Tusquets, 1968), un personaje dice que “si la mentira es imprescindible, quiero quedar en una situación que se parezca lo máximo posible a la verdad”.















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