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Bardón cuestiona el paternalismo político y señala que ciudadanía y dirigentes comparten más defectos de los que estamos dispuestos a admitir abiertamente.
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- Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»
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Aunque reconozco que es una causa perdida, me niego a colocar a los políticos, así, en general, en el lugar común del «todos son iguales», porque, de la misma forma que todos los libros son iguales para los analfabetos, los poemas para los avaros o las margaritas para los cerdos, considero que aquel que no es capaz de distinguir matices entre unos y otros manifiesta otro tipo de insensibilidad: la idiōteía, es decir, la condición de idiota, que era como los griegos llamaban a los ciudadanos que se desentendían de la vida comunitaria, que no se paraban a distinguir las voces de los ecos.
Sin embargo, sí me gustaría dar la batalla dialéctica en su reverso lógico, es decir, cuando son los políticos los que opinan sobre la ciudadanía, porque… ¡cómo opinan, oiga! Para muestra, botones verdes, azules, rojos y púrpuras:
—España tiene un pueblo heroico, valiente y digno (Abascal).
—Los españoles les han dado una lección de civismo (Feijóo).
—La ciudadanía ha demostrado, una vez más, su ejemplaridad (Sánchez).
—Confío en la capacidad de los españoles para afrontar las dificultades con responsabilidad y solidaridad (Borbón).
Como ven, la lógica es la misma solo que al revés: desde su prisma, todo quisque es bueno, ejemplar, digno, cívico, responsable. No sé si les pasa a ustedes, pero a mí este paternalismo condescendiente me apesta, y me pregunto: ¿qué tendré yo que ver, por poner un ejemplo, con esos energúmenos, una inmensa minoría según ciertos medios de comunicación, que coreaban en un partido de fútbol «musulmán el que no vote», para que me metan en el mismo saco? ¿O no son ellos también españoles y, por tanto, portadores de tan elevados atributos? Señores políticos: ¡Un poco de agudeza visual, por el amor de Dios, que en la plebe tampoco somos todos iguales!
Y luego sí, claro, admito la crítica y hasta la argumentación ad hominem, que al fin y al cabo uno no es más que un buenista, un woke de mierda que no se da cuenta del gran reemplazo que se nos viene encima, que no me entero, que no se integran, que no tienen los mismos valores que nosotros, que no comen jamón, y obligan a sus mujeres a ponerse velo o cosas peores. Para mi fuero interno siempre pienso que, puestos a elegir, prefiero cien veces el «buenismo bien» al «malismo mal» que despliegan sin complejos muchos de mis compatriotas (casi siempre hombres, todo hay que decirlo).
Tal vez conozcan el aforismo de un tal Joseph de Maistre, que dijo que cada pueblo tenía a los gobernantes que se merecía. Yo, desde luego, me declaro un firme maistresista y eso me hace no ser tan optimista como nuestros próceres a la hora de juzgar la bonhomía del personal.
El problema, a mi entender, no es tanto que los políticos sean todos iguales, sino que nosotros tampoco somos tan distintos de ellos. Por eso cabría formular el aforismo al revés, y decir que tal vez sean los políticos quienes tengan a los ciudadanos que se merecen, porque pensando en ellos (y en alguna de ellas) no veo que desentonen en absoluto con el ciudadano medio: deslenguados, mentirosos, desprolijos, ebrios de testosterona, incapaces de ver la viga en el ojo propio.
Y, si les parece que exagero, les invito al hacer conmigo el siguiente cálculo mental: cojan a los 50 millones de españoles y vayan restando:
a los que no son islamófobos, pero,
a los que no son machistas, pero,
a los solipsistas,
a los que gritan más que escuchan,
a los que, pase lo que pase, siempre miran para otro lado,
a los que ignoran,
a los que ignoran que ignoran,
a los que jamás han dudado,
a los que siempre dudan, pero jamás cambian,
a los hipócritas,
a los que tratan de imponernos su visión excluyente del país.
¿Lo tienen? ¿Cuánta gente les ha quedado?
Pues eso, como decía Manuel Summers en aquella mítica película en los albores de la España democrática: to er mundo é güeno.

















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