Dos decretos en tiempo de guerra | Por Pedro Enrique Andarelli

Antes de la actual tregua en Oriente Próximo, y en pleno repunte de la tensión internacional, el Gobierno de España aprobó dos decretos, el Real Decreto-ley 7/2026 y el 8/2026, para contener el impacto de la crisis en los hogares. En esta tribuna, Pedro Enrique Andarelli analiza unas medidas de alcance limitado pero necesarias que buscan amortiguar el golpe en energía y vivienda mientras la guerra amenaza con reactivar la inflación.

Fotocomposición IA de Pedro Enrique Andarelli
  • Dos decretos para contener energía y  el alquiler en plena crisis global, entre críticas políticas y beneficios empresariales en una economía tensionada.
Pedro Enrique Andarellli, director de ALCALÁ HOY

Mientras el mundo entero contiene el aliento ante una tregua que parece escrita con tinta de humo, España aprobó dos decretos. Dos modestos decretos ley que, frente a la amenaza de Trump de hacer desaparecer “una civilización entera para no volver jamás”, suenan casi a susurro desesperado. Pero en este abril distópico, donde el Estrecho de Ormuz se ha convertido en el pulso mismo de la economía global, esos dos parches son lo que nos separa del abismo para miles de familias españolas.

El Real Decreto-ley 7/2026, el Plan Integral de Respuesta a la Crisis en Oriente Medio, y su hermano el 8/2026, de medidas en el alquiler, nacieron de la urgencia de un Gobierno que, como todos nosotros, se levanta cada mañana preguntándose si hoy será el día en que la tregua se rompa, si Israel vuelve a bombardear con furia el sur de Líbano, si Irán cierra de nuevo el estrecho o si Hezbolá enciende otra mecha imposible de apagar.

Más de 5.000 millones de euros movilizados. Rebajas fiscales en la energía, IVA al 10%, suspensión de impuestos eléctricos, contención de precios en combustibles básicos y refuerzo del bono social para evitar cortes a los más vulnerables. A eso se suman ayudas directas a transportistas, agricultores, ganaderos y pescadores. En vivienda, prórrogas extraordinarias en los alquileres habituales y un tope del 2% en las actualizaciones de renta hasta finales de 2027. No es un plan salvador. Es un escudo improvisado en mitad de la tormenta.

Pedro Sánchez lo ha dejado claro desde el primer momento, “No a la guerra”. No a esta escalada que amenaza con arrastrarnos a todos. Su posición ha sido firme, rechazo a la lógica de la confrontación total, defensa del derecho de Israel a protegerse, sí, pero también llamada constante a la desescalada, al diálogo y a evitar que el conflicto se extienda por Líbano o por todo Oriente Próximo. “No a la guerra”, ha repetido, mientras impulsaba estos decretos como muro de contención para que el fuego lejano no queme nuestros hogares.

Mientras tanto, unos pocos, grandes comercializadoras energéticas, traders de petróleo y especuladores de todo pelaje, están obteniendo beneficios extraordinarios con esta crisis. Márgenes disparados, contratos a futuro inflados, fortunas que crecen mientras la gente corriente aprieta los dientes ante el surtidor y el recibo de la luz. Es la cara más amarga de esta guerra lejana, el dolor de muchos convertido en oro para unos cuantos. Frente a eso, estos decretos intentan, al menos, repartir el golpe.

Félix Bolaños lo ha defendido con esa mezcla de convicción y cansancio que caracteriza estos días, las medidas se han trabajado “de la mano de la UE”, son urgentes y necesarias para proteger a los españoles frente a una crisis provocada por una guerra que el propio Sánchez ha condenado sin ambigüedades. Ha llamado a la oposición a sumarse, consciente de que el reloj geopolítico no espera a mayorías perfectas.

Desde la otra orilla, Alberto Núñez Feijóo ha sido implacable. Critica los decretos por “ómnibus”, por insuficientes, por no incluir bajadas de IRPF ni reformas más profundas. Ha acusado al Gobierno de usar la guerra para tapar sus debilidades. Y, sin embargo, tras el ultimátum trumpista, también ha pedido sensatez y ha cuestionado la brutalidad de las amenazas. La retranca española asoma, mientras Trump juega al póker con civilizaciones, aquí discutimos si el IVA baja lo suficiente o si el decreto es demasiado largo.

El escenario internacional roza lo irreal. Israel bombardea el sur de Líbano con precisión letal, Irán responde con misiles, bloqueos y una retórica que hiela la sangre. Líbano vuelve a ser campo de batalla colateral. Y el Estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial, se ha convertido en la garganta que todos aprietan. Hasta que Trump, tras amenazar con el fin de una civilización, aceptó una tregua de dos semanas condicionada a la reapertura segura del estrecho. Dos semanas. Como si el destino del mundo cupiera en una quincena.

El decreto económico ya fue convalidado en el Congreso. El de vivienda sigue en tramitación, pero sus efectos corren desde el 22 de marzo. Son imperfectos, sí. Tardíos, quizá. Pero reales. En un momento en que cada día trae una sorpresa, un dron sobre el Golfo, un portaaviones que se reposiciona, un tuit que mueve mercados, el Gobierno ha optado por un pragmatismo sin épica, contener, amortiguar, ganar tiempo.

Porque, como siempre en España, la picaresca no tarda en asomar. Habrá caseros que intenten esquivar la prórroga obligatoria, comercializadoras que diluyan las rebajas fiscales y oportunistas dispuestos a inflar márgenes mientras aparentan cumplir. Es la vieja historia, ante la crisis, unos sufren, otros especulan y unos pocos hacen negocio. La clave estará en la vigilancia.

Óscar López ha insistido en que la mejor medida es parar la guerra, pero mientras eso no llega, hay que proteger a la gente. Y ahí está el nudo, ¿cuánto durará esta tregua frágil? ¿Volverá la escalada? ¿Se disparará otra vez la inflación y dejará en nada estos 5.000 millones?

Gobernar España en 2026 se parece demasiado a apagar un incendio con un vaso de agua mientras sopla el viento. Dependencia energética, salarios tensionados, familias haciendo cuentas. No es una distopía futura, es el presente.

Y sin embargo, estos dos decretos merecen ser defendidos no como triunfos, sino como actos de resistencia. Feijóo acierta al exigir reformas estructurales, Sánchez y su Gobierno, al recordar que en tiempo de guerra no se gobierna desde la comodidad de la oposición. Entre ambos discursos se mueve un país que intenta sostenerse.

La retranca amarga nos acompaña, mientras en Oriente Próximo se decide mucho más que un equilibrio regional, aquí seguimos debatiendo etiquetas ideológicas como si el tiempo no corriera en contra. Estos decretos no resolverán la crisis. Son apenas un margen de maniobra. Un intento de ganar tiempo mientras el mundo se tambalea y algunos hacen negocio con el temblor. Y aun así, aquí seguimos. Aguantando.

Porque a veces gobernar, y vivir, consiste exactamente en eso, resistir lo suficiente para que el golpe no te rompa del todo.

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