El oficio de tender puentes: Rufián y Vito Quiles | Por Antonio Campuzano

Antonio Campuzano, periodista y patrono de la Fundación Diario Madrid, reflexiona sobre el oficio contemporáneo de tender puentes en la política española a partir de dos figuras antagónicas: Gabriel Rufián y Vito Quiles. Desde trincheras ideológicas opuestas, ambos ensayan fórmulas de intermediación y agitación en un tiempo marcado por el trumpismo, el bloque contra bloque y la erosión del debate público.

Fotocomposición IA de Pedro Enrique Andarelli
  • Rufián y Quiles, extremos ideológicos, exploran puentes improbables en una España tensionada por el trumpismo y la lógica del enfrentamiento permanente..

 

  • Por Antonio Campuzano. Periodista, patrono de la Fundación Diario Madrid.

Cada cual en su trinchera, cada cual en su madriguera, en su laboratorio de germinación de ideas fuerza, aquellas sobre las que pivota el designio del clickbait, ese término que recurre a las prisas para lanzar un fogonazo a un titular y quedarse con lo mollar de la información, y ya está, no hace falta más.

Esos dos ejemplos de la realidad de las redes sociales se llaman Gabriel Rufián y Vito Quiles. El primero es sabedor del momento en que vive, con especial disección de las amenazas y desafíos nacionales sobre los que gravita el foco cuyo mando pertenece únicamente al inquilino del despacho oval y propietario de Mar-a-Lago ,que es la misma persona, Donald Trump, 79 años biológicos y, a su modo de proceder, con todo un futuro por delante.

Rufián advierte del peligro del mimetismo en España con el seguimiento de las maneras americanas, con riesgo de perder su pluralidad. Del mismo modo, quedarían arrebatados los derechos tanto civiles como humanos, aniquiladas las libertades y transustanciados los esquemas mentales de la etapa anterior a la Constitución del 78, de tal manera que lo sucedido en los últimos cincuenta años tuviese toda la pinta de un paréntesis histórico.

Quiles, por su parte, denuesta todo el acervo de la izquierda como representación de la vida en común, con elección de objetivos en el panorama de nombres de la coalición gobernante, con especial encomio entre los designados por investigaciones judiciales y algunos rostros mediáticos de apoyo y entendimiento a la labor de gobierno.

El dirigente de Esquerra es diputado y portavoz de su grupo, con radiación y visibilidad notables; el reportero muestra su dinamismo en los espacios de desenvolvimiento de protas de la esfera roja, caladero donde Vito confronta con gran nivel de entusiasmo y entrega sus académicas fobias contra el Gobierno de España.

El político catalán lleva ya tiempo agitando el enunciado de la necesidad aglutinadora de las fuerzas de la izquierda, máxime cuando pueden significar apoyo a la función ejecutiva del Partido Socialista, tenor en la gobernanza, y que por razones de solipsismo y vanidad desatienden el deber federal de la ayuda contra la corriente depredadora del momento presente. La media docena de fuerzas nacionalistas y perimetrales de la izquierda, así las cosas, oyen a Rufián y su prédica con obligación de sentarse con amplio prospecto de calma y sin estatutos, ese instrumento de disciplina orgánica que anula la creación y el alma de los partidos.

El frontis constitutivo de Rufián es el “hay que hacer algo” en la dirección federal de ideas, no de territorios, para activar la frenada al trumpismo ibérico, que está justamente a la vuelta de la esquina. No le importa el fracaso, pero quiere empezar a todo y con todos. Como contaba Ramón Garriga en la obra Juan March y su tiempo (Planeta, 1976, Premio Espejo de España), de Indalecio Prieto, resignado a la vida después del momento público: “cuando salga del Ministerio tendré que tocar la guitarra por las calles”.

El activista alicantino Vito Quiles, analista bipolar entre dos mundos, la corrupción y el puterío en dosis pariguales para el socialismo y la noción de izquierda, acaba de inaugurar una operativa en cierto modo comparable a la de Rufián, naturalmente con el beneficio de la distancia entre el libre pensamiento y la condición de truhán.

Vito abrió en Zaragoza el curso de la intermediación diplomática entre Vox y el Partido Popular. Se hizo el encontradizo con el presidenciable Jorge Azcón, que le saludó con cercanía al mismo tiempo que abría un compás dialéctico mediante el cual el veinteañero Vito ofrecía una mercancía saludable que procedía del mismo escaparate del que siempre se había exhibido estafa y trampa.  El pantano de la superación de la discordia podría haberse inaugurado entre las dos fuerzas de la derecha que pugnan por la supervivencia del prontuario social liberal o la aniquilación del mismo con la concurrencia del abuso y de la negación de derechos.

De darse el éxito de ambas actuaciones, el resultado sería una exposición de desentendimiento, pero con supresión de segundas operaciones con la aspiración de la manivela y la bisagra. Bloquismo o bibloquismo, que le llaman los sociólogos de la interpretación política.

Rufián y Vito se aplican, a lo que se ve, a tender puentes, a conducir voluntades, en la medida de lo posible. Uno, por la propia calidad de su materia reputacional como representante público; el otro, por el imperativo inapropiado del periodismo entendido como producto subvencionable, pero también urdidor de maniobras fuera del interés público.

Los puentes y su tendido. “Todo puente tiene un aforo más allá del cual no se sostiene”, que decía Cesare Pavese en El oficio de vivir.

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