
- Una reflexión literaria sobre la simpatía impuesta, el pensamiento en bloque y la pérdida silenciosa de la libertad individual en la sociedad actual.
- José Antonio Tello Sáenz es poeta y crítico musical especializado en Clásica. La escritura es el oficio del alma que logra guiar su mirada artística polifacética.
Tengo el recuerdo infantil de un País de la Alegría que las niñas invocaban con dulce canto, palmas y brazos en jarra, aunque ellas hablaban únicamente de su jardín y del novio que allí las esperaba. La alegría lo era todo entonces porque solo se representaba a sí misma, en toda su pureza, inabarcable y escurridiza a la vez, sentida bajo el sol especiado de la tarde y el sabor a pirulí de violeta. La alegría de vivir, de soñar, de convertir cada idea en voluntad, con las manos libres y la mirada luminosa. No tenía fronteras aquel país, elevado sobre el resto que conformaban por su parte un plano cotidiano, gris y práctico. Pero en esa cota baja era donde nos alimentábamos, crecíamos, callábamos la inconformidad y moldeábamos a nuestro futuro adulto con valores que siempre nos llevaban ventaja. Aquel país es un recuerdo que no lo es, menuda sorpresa, pero lo imposible se vive igualmente porque se desea.
Ahora me ronda un nuevo país, el País de la Simpatía, que es probablemente otro infructuoso recuerdo en ciernes. Llama a mi puerta cada día y me ofrece su nacionalidad a cambio de nada, aparentemente. Y me estoy refiriendo a la simpatía en su acepción más científica, no a la amabilidad. A ser un simpático mediando simpatía con otros cuerpos o con un sistema que juntos conformamos, lo que implica también mimetizarse con ellos. Parece que no serlo en estos días equivale a desaparecer. Nunca ha sido tan fuerte el sectarismo, cuyo monopolio pudieron ir cediendo los dogmas más radicales del pasado, y nunca tan forzado el pensamiento por lotes que apenas nos deja pensar ni elegir. Ya no hablamos del pensamiento único, sino del peligroso pensamiento reconectado por sistemas que nos supervisan y dan licencia a nuestra coherencia. Se siente muy sutil, pero es transparente.
El mensaje impuesto es que, si pensamos lo uno, debemos pensar lo otro, porque somos quienes somos y hemos querido formar parte de ello. Esto nos lleva a defender disparates, a facilitar la crítica destructiva de otros y a permitir que se redefinan valores universales como la libertad, la honestidad y hasta la propia tolerancia. Insultamos ejerciendo un supuesto derecho a hacerlo, prejuzgamos a desconocidos y opinamos largamente sobre lo que no entendemos. Prepotencia y temeridad por simpatía, igualados con el monstruo que pasaba por allí y nos invitó a café.
Gracias al poderoso interés en alistarnos para controlar mejor nuestros recursos, ya no siempre necesitamos a la razón para decidir. Somos las valiosas tierras raras del mercado y de la política, de las redes sociales y sus mecenas, así que terminamos siendo catalogados por nuestro reflejo rentable y no por lo que realmente somos. Poco les importa esto. Nos aplauden y nos enorgullece, pero no identificamos a quienes sí nos identifican a diario en su censo.
Al País de la Simpatía no se le canta, de momento. Más bien lo venimos callando.
















¡ Nuestro canal en Telegram! Si te ha interesado esta información, únete ahora a






