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El veterano grupo alcalaíno estrenó espacio escénico con una comedia de pequeño formato que volvió a conectar teatro, público y ciudad.
- Azpilicueta aporta la información, BALDO y HERROJO la mirada y Pedro Enrique Andarelli el pulso narrativo de este banco compartido.
Hay espacios que no nacieron para ser teatro y, sin embargo, cuando lo son por primera vez, ya no vuelven a ser los mismos. El Salón de Tapices del Círculo de Contribuyentes ha vivido esa pequeña gran transformación este 25 de enero, cuando el Teatro Independiente Alcalaíno decidió instalar allí —con dos pases matinales— algo tan aparentemente simple como un banco de parque… y demostrar, una vez más, que el teatro no necesita grandes artificios para ser grande.
No era una sala al uso. No había telón de boca, ni bambalinas, ni esa distancia tranquilizadora que separa escenario y butacas. Había cercanía. Demasiada, incluso. De esa que obliga a las actrices y actores a no esconderse detrás del gesto grande ni de la impostación. Aquí todo estaba a la vista. Y quizá por eso funcionó tan bien.
El resultado fue “Dos historias para un banco”, un montaje de pequeño formato que reúne “Reunidos por un banco” y “Una maleta junto a un banco”, dos piezas escritas y dirigidas por Luis Alonso, que tienen en común un elemento urbano tan cotidiano como cargado de simbolismo: ese banco que todos hemos ocupado alguna vez sin pensar que, a su alrededor, podían suceder tantas cosas.
Un banco como testigo mudo (y muy paciente)
El banco está ahí desde el primer minuto. No habla, no se mueve, no protesta. Observa. Es el testigo mudo del devenir humano, ese confidente involuntario que ha escuchado discusiones, declaraciones de amor, silencios incómodos y despedidas que nadie quiso alargar. En este caso, también es el eje sobre el que gira una comedia con vocación clara de entretener… pero sin renunciar a decir algo más.
La escenografía no necesita mucho más: un fondo que sugiere un parque urbano, una iluminación funcional, sin alardes, pero eficaz, y una música que abre y cierra el espectáculo como quien coloca los paréntesis de una conversación. Lo justo para que la imaginación haga el resto. Porque si algo ha demostrado TIA a lo largo de los años es que confía en el público. No le da todo mascado. Le invita a completar el viaje.
Y el público responde. Se engancha a esas historias de personajes reconocibles, cotidianos y a la vez extrañamente singulares. Porque todos tienen algo que los descoloca, que los saca del molde. Ahí está la gracia. Y ahí aparece también el humor: un humor que no busca la carcajada fácil, sino la sonrisa cómplice, el “esto me suena”, el “yo he visto a alguien así”.
Comedia, sí… pero con sorpresa final
La comedia funciona porque está bien medida. Porque los tiempos están cuidados y porque el texto no se recrea en el chiste, sino que avanza. Y cuando parece que ya sabemos por dónde va todo, llega ese final inesperado —como debe ser, que diría cualquier manual no escrito del teatro— que recoloca la historia y hace que el aplauso sea algo más que cortesía.
El elenco de TIA se mueve con soltura en este formato cercano, casi doméstico. No hay red. No hay distancia. Y eso exige mucho más de lo que parece. Aquí están Marisa Jiménez, Javier Blasco, Demi Reyes, Soraya Redondo, Mónika Salazar, Marta de la Peña, Luis Alonso, Ana Alcolado, Maribel Rollón y Francisco Piris, dando vida a personajes que entran y salen del banco como quien entra y sale de la vida de los demás sin pedir permiso.
Detrás, o mejor dicho, alrededor, está también un sólido equipo técnico y artístico que rara vez se ve, pero sin el cual nada de esto sería posible: Esther Moruno, Sebastián Sánchez, Paco Varela, Diego Serrano, Carmen Castro, Maribel Tabero, Luis Caro, Isabel Álvarez, Adriana Demers y Josué Rodríguez. Teatro de grupo, en el sentido más literal del término.
Cuando la cultura se alía y pasan cosas
Que esta experiencia haya sido posible no es casualidad. Es fruto de la colaboración entre dos entidades culturales profundamente arraigadas en Alcalá: el propio Círculo de Contribuyentes, a través de Manuel Domínguez, miembro de su Junta Directiva, y el Teatro Independiente Alcalaíno. Cuando las instituciones culturales se entienden, pasan estas cosas: los espacios se abren, el público responde y la ciudad gana.
El Salón de Tapices, inaugurado como escenario teatral con esta propuesta, ya no es solo un lugar con historia. Ahora también tiene memoria escénica. Y eso, para quienes creemos que la cultura no es un adorno sino un músculo cívico, no es poca cosa.
El público salió satisfecho. Se notaba en los comentarios, en los aplausos, en esa sensación de haber asistido a algo especial, aunque aparentemente pequeño. Porque el teatro, cuando es de verdad, no se mide en metros cuadrados ni en presupuestos. Se mide en emociones compartidas.
Y en eso, TIA sigue siendo una garantía: veterano, sí; acomodado, en absoluto. Siempre dispuesto a buscar nuevos espacios, nuevos formatos y nuevas maneras de recordarnos que, mientras haya alguien dispuesto a sentarse en un banco y contar una historia, el teatro seguirá vivo.
















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