- Una reflexión geopolítica que conecta Imperio Romano, Irán, China y Estados Unidos para explicar el declive europeo y el nuevo orden global.
Corría el año 53 AC cuando uno de los hombres más acaudalados de la República Romana, Marco Licinio Craso, imbuido por la codicia y una sed de poder desmedida, inició batalla contra el Imperio Parto sin permiso del Senado.
Craso error, confiaba en una victoria rápida seguro de la superioridad y preparación militar de sus legiones ante un ejército que era menor en número. Pero tal osado atrevimiento se convirtió en una gran derrota donde perecieron más de 20000 hombres a las órdenes romanas, sin contar otros 10000 apresados.
Aparte de los errores tácticos que posibilitaron el envolvimiento de las tropas romanas, lo cierto es que los arqueros a caballo iranios iban provistos de numerosas flechas con punta de acero fundidas con técnicas chinas que perforaron con mucha facilidad los escudos y las armaduras de los legionarios, dejándolos incluso asidos al suelo cuando algunos de estos proyectiles hacían blanco sobre los pies de esos pobres infantes.
El resultado de aquella matanza alentó la guerra civil en la República y dio a conocer la seda a unos romanos obnubilados por los estandartes partos exhibidos en aquella batalla. Un hecho que ya en época imperial, haría que la seda sustituyera al lino, convirtiéndose en un símbolo de ostentación social.
Partia por entonces dominaba las rutas de los comerciantes sogdianos provenientes de la cordillera del Pamir, que hacían llegar variadas mercancías chinas hasta la frontera con Roma en el río Éufrates. Era un derecho de tránsito que, junto a otros productos llegados de la India, proporcionaba unos copiosos beneficios a los monarcas partos y levantaba la avaricia de romanos como Craso y su hijo Publio, que pagaron con la vida la aventura militar antes citada.
Más de 2000 años después, concretamente a finales del año pasado, en una tierra iraní dominada en este momento por una teocracia, surgieron unas protestas derivadas en violencia, que fueron alentadas por una inflación originada por un régimen empeñado en devaluar la moneda mediante emisiones de dinero continuas. Según los datos aportados, la inflación interanual se sitúa en un 42,2%, habiéndose depreciado la moneda local frente al dólar en un 69%. Una situación insoportable.
Evidentemente, que la ira popular en Irán fuera propiciada por el insultante encarecimiento de la vida, no era del agrado de unos políticos occidentales tan aficionados a la compra de bonos de deuda mediante la emisión de dinero de la nada al menor problema que se presenta. Así que ellos, con la ayuda inestimable de algunos periodistas a sueldo, prefirieron cambiar la narrativa de las protestas, dando al asunto un barniz de lucha por los derechos de la mujer, aunque desde la llegada del reformista Masoud Pezeskhian a la presidencia de aquel país, no se reprima a ninguna fémina por no cubrirse el cabello con velo.
Por tanto, la imagen icónica de la revuelta vendida al público occidental no ha sido la de una masa incendiando riales con la imagen del Ayatolá al estilo República de Weimar, sino la de una muchacha iraní quemando la foto del líder supremo para encenderse un cigarrillo en Canadá. El objetivo no es que las personas en Occidente se pregunten sobre la tendencia alcista de la onza de oro o de la plata, que parece un meme coin, sino el concienciar a la turba en la necesidad de cambiar un régimen que oprime las libertades de su pueblo para poner en el poder al Shah Reza Pahlavi, perteneciente a una dinastía no muy popular en Irán, pero que levanta las simpatías entre los israelíes bajo el mote cariñoso de «los caseros». En pocas palabras, no se quiere acercar la democracia a Irán en manos de un nuevo Mohammad Mossadeq, sino traer a un Shah que nos devuelva a los tiempos de la flota fantasma con destino al oleoducto de Eilat-Ascalón que abastezca a la moribunda Europa mediante la Compañía de Petróleo Transasiática.
El inevitabe auge de China
Pero los intereses de Israel no son siempre coincidentes con los de un Estados Unidos al que le debe preocupar un acercamiento entre China, Rusia e Irán, justamente lo que el reputado geopolítico Zbigniew Brzezinski decía que había que evitar a toda costa. Sobre todo, cuando la nueva ruta de la seda china, llamada Iniciativa de la Franja y la Ruta, se proyecta sobre un Irán que también da acceso directo al Golfo Pérsico y al Océano Índico salvando el estrecho de Malaca y el Mar de la China Meridional.
Cuando China fue admitida en la Organización Mundial del Comercio allá por el 2001, nadie se imaginó que en pocas décadas se iba a convertir en el principal exportador manufacturero a nivel global, justo lo que era Estados Unidos antes de la segunda guerra mundial por el menor coste y eficiencia de producción. Se pensó que sería una moda pasajera como el made in Japan. Pero olvidaron que Zhongguo, la nación del centro, fue la primera potencia económica mundial la mayor parte de la historia de la humanidad, si exceptuamos los últimos siglos al ser descapitalizada por el Reino Unido y la Compañía de las Islas Orientales mediante las guerras del opio.
De hecho, como españoles no podemos olvidar que el viaje de Cristóbal Colón, inspirado en la obra de Marco Polo, tenía como fin descubrir una nueva ruta que permitiera llegar a China, rompiendo el aislamiento de Europa por unas vías comerciales dominadas sucesivamente por árabes, mongoles y otomanos.
Años más tarde, cuando ya se supo que América era un continente y cuando el Imperio Español había tomado posesión de la Islas de Guam y Filipinas tras haber circunnavegado el orbe Juan Sebastián Elcano, la China de la dinastía Ming, que aún hoy se recuerda en el saludo tradicional de los practicantes de Kung Fu, selló una alianza económica con la Monarquía Hispánica. Fueron los tiempos del famoso Galeón de Manila que abastecía de plata a China a cambio de numerosos bienes, convirtiendo a Nueva España en una región rica de la que el naturalista alemán Alexander Von Humboldt dejó constancia escrita.
Así que es completamente normal que el auge de Zhongguo levante la preocupación en Estados Unidos, sobre todo cuando la obsesión de Israel con Irán o de la Unión Europea con Rusia, empujan cada vez más a ambos estados, con grandísimos recursos para desarrollar la economía, hacia el dragón asiático.
Buscando alejar a Irán y Rusia de China
Hay que tener en cuenta que la cuestión iraní y de Oriente Medio en general, es la principal causa de fractura en el movimiento MAGA, donde los partidarios del America First no quieren oír hablar de invasiones y guerras promovidas por Israel, prefiriendo algunos de ellos intervenciones como la llevada a cabo en Venezuela, donde un pacto con los gerifaltes del lugar satisface los intereses estadunidenses.
Pero los díscolos MAGA no son los únicos que piensan así, el prestigioso geopolítico John Mearsheimer dijo para una entrevista realizada por el escritor y productor Piers Morgan, que Irán no representa ningún peligro para Estados Unidos y que las amenazas a Israel no son las amenazas a Estados Unidos.
El problema es que el poder del lobby proisraelí es grande en Washington, por lo que la administración Trump apostó por incentivar unas protestas en Irán que posibilitaran el cambio de régimen sin soliviantar a gran parte de sus bases y votantes que se muestran contrarios a la política exterior de Benjamín Netanyahu. De esta manera se contentaría a unos y a otros, haciendo confluir los intereses de Estados Unidos e Israel al mismo tiempo.
Pero con lo que no se contó es con el elevado número de beatos que aún tiene Irán, además de con el apoyo incondicional de la inteligencia china y rusa, que ayudaron a la Guardia Revolucionaria Iraní a cortar la señal de los satélites Starlink y a localizar los aparatos portátiles entregados clandestinamente, lo que permitió una rápida disolución de las manifestaciones sin que le diera tiempo a Trump a asistir a la revolución mediante ataques aéreos concretos. Cosa que por otro lado no descarta posibles bombardeos futuros, atendiendo al despliegue de navíos y aeronaves en estos momentos.
Rusia no es igual a Irán
En cambio, con respecto a Rusia, la administración Trump y el movimiento MAGA lo tienen mucho más claro. En primer lugar, la enorme diáspora judía de origen ruso que vive en Israel, hace que las relaciones bilaterales entre la Federación Rusa y el estado hebreo sean fluidas, aunque a menudo no sean coincidentes. Por otra parte, una vez destruidos los dos gaseoductos North Stream y estando rotas las relaciones entre la Unión Europea y Rusia, no tiene ningún sentido continuar una guerra muy cara en Ucrania que está acercando mucho a Rusia y China. El plan de paz de 28 puntos propuesto por Trump para Ucrania, no era más que la constatación realista sobre el terreno, pero que en Bruselas no vieron bien por la falta de comprensión a la hora de diferenciar entre una guerra de desgaste y otra de movimientos.
En Estados Unidos saben que Rusia, salvo en el periodo de la guerra fría, nunca fue un enemigo para ellos. USA apoyó a la URSS durante la segunda guerra mundial mediante la Ley de Préstamo y Arriendo, mientras que el Imperio Ruso ayudó navalmente a la Unión en la guerra de secesión. Igualmente, Rusia vendió Alaska a los useños para que sirviera de tapón frente a un Imperio Británico vencedor de la guerra de Crimea y que amenazaba los territorios rusos del extremo oriente.
En cambio, los conflictos territoriales entre la Federación Rusa y la República Popular de China siguen hoy presentes, tal y como reflejó el enfrentamiento armado entre la URSS y China por el islote de Zhenbao en 1969. El irredentismo chino considera injusta la ocupación rusa de la que aún hoy consideran Manchuria Exterior, producida durante el periodo denominado por los chinos como el siglo de la humillación.
Así que Estados Unidos buscará azuzar los sentimientos nacionalistas de uno y otro lado para forzar la ruptura de las sólidas relaciones entre China y Rusia, como ya hiciera Henry Kissinger con bastante éxito en los años 70 del siglo pasado. Aunque para conseguir ese objetivo no sirve sólo con seducir a Vladimir Putin, pues los norteamericanos tienen dos piedras en el camino, una es el astuto Xin Jinping y otra es Ucrania y los obtusos dirigentes europeos.
Evidentemente Xi Jinping no va a reclamar ningún territorio a Rusia. ¿Para qué quiere China invadir Vladivostok si con ello se cierra el paso al mar de Ojotsk que controla la Federación en su totalidad, perdiendo la salida de sus mercancías al Pacífico sin depender de Taiwán? Igual que el Myanmar en guerra, Pakistán e Irán dan acceso a China al Océano Índico, Rusia abre el Océano Pacífico y la ruta comercial del Ártico al gigante asiático, lo que no sólo reduce el tránsito marítimo de sus manufacturas considerablemente, sino que evita el transporte de estos productos por el estrecho de Bab El Mandeb, donde las guerras tienen sumido en el caos a Yemen, Somalia y Sudán mediante la intervención directa o indirecta de Israel, Irán, Emiratos Árabes, Arabia Saudí o Turquía.
La importancia de Groenlandia
Pero si Estados Unidos no consigue separar a Rusia de China, el Ártico se convierte en una cuestión de seguridad nacional para el país norteamericano y de ahí su apetito por comprar o invadir la isla de Groenlandia. La famosa Cúpula de Dorada que quiere construir Trump para defenderse de un hipotético ataque preventivo de ICBMs por el norte, requiere dominar Groenlandia y una Canadá que en Estados Unidos se considera que está bajo la influencia china desde antes de la reunión entre Mark Carney y Xi Jinping.
Aparte de eso, Groenlandia forma parte del sector que da acceso por su parte septentrional al Océano Atlántico y que se conoce con el nombre de Giuk Gap. Esta brecha fue muy importante para el control aeronaval durante la guerra fría y la segunda guerra mundial, cuando Reino unido conquistó Islandia con la excusa del peligro a ser invadida por parte del Tercer Reich alemán. La historia no se repite, pero rima.
Es cierto que Groenlandia también es una región rica en minerales, materias primas energéticas o metales, pero es la seguridad nacional la principal razón que levanta el interés de Estados Unidos por dominar este territorio autónomo de Dinamarca.
La incompetencia de la élite europea y española
El derecho de autodeterminación de Groenlandia, así como su baja demografía y la falta de decisión para defender la isla por parte de una pasiva Unión Europea, que sólo puede movilizar unas decenas de soldados ante la amenaza a la integridad territorial de uno de sus estados miembros, no hace más que motivar a la administración Trump para tomar la isla de una u otra manera.
Ante esta situación que ha levantado incluso las críticas de Volodímir Zelensky, la reacción de los políticos europeos ha sido la de llegar a un acuerdo marco bilateral, en el que se vislumbra ante el mundo la supeditación de Europa ante Estados Unidos y su renuncia al orden internacional liberal basado en reglas del que presumía ser garante. Los líderes europeos sólo esperan que el tensionamiento y la polarización que se vive en el interior de Estados Unidos a raíz de los sucesos acaecidos en Minnesota, traiga consigo una nueva administración demócrata que les devuelva a la sobredosis de idealismo que se resisten a abandonar. Piensan que una vez se vaya el señor naranja, todo volverá a la normalidad. Pero no será así, las nuevas potencias emergentes están exigiendo sus centros de poder en el nuevo tablero internacional y Trump sólo es una consecuencia a este hecho objetivo.
En Estados Unidos, frente a la elevada deuda e inflación que les aboca a un final similar al del Imperio Romano, son muchos los que pretenden cambiar ese augurio y creen firmemente que están en algún periodo indeterminado entre la Republica y el Imperio. Unos como Mike Cernovich, no personalizan en ningún César; otros como el escritor y periodista César Vidal, nos hablan de Adriano. En cualquier caso, no parece que quieran emular a Craso y pretenden fijar los límites de un Imperio que debe sanearse mediante concesiones o la fijación de aranceles para reducir el déficit a costa de otros. Nos podrá parecer mal, pero USA pretende sobrevivir a diferencia de la UE.
Estados Unidos lo ha dejado claro, el petróleo de Venezuela, el litio de Bolivia y el cobre de Chile forman parte de su hemisferio, por mucho acuerdo con Mercosur que se firme para importar productos agrícolas nutridos con fertilizantes rusos económicos sancionados en Europa. La doctrina Monroe ha vuelto con abordamiento de buques incluidos, así que es posible que los nuevos inmigrantes latinoamericanos que lleguen al Madrid de Isabel Díaz Ayuso, tengan un marcado acento texano. Aunque seguro que habrá quien se consuele pensando que hubo un día que Texas fue parte del Imperio Español.
Lo único que esperamos del futuro, ante la poca influencia de nuestros dóciles políticos de derecha, es que no tengamos un problema territorial serio con un Marruecos que es aliado preferente de Estado Unidos e Israel, sin menoscabar sus relaciones con China o Rusia. Un vecino envalentonado porque los políticos de izquierda le dieron la soberanía sobre el Sáhara Occidental en contra del derecho internacional. Un plan de autonomía que inició Donald Trump y continuó Joe Biden.

















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