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Una reflexión incómoda sobre el fin del orden internacional, el cinismo geopolítico y la urgencia de una identidad europea realista y sin nostalgias.

- José Morilla Critz es Catedrático emérito de Historia e Instituciones Económicas
La “intervención especial” de EEUU en Venezuela con la que da comienzo el cumplimiento de los objetivos del documento de Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (10/12/2025), está haciendo callar a los que con media sonrisa en los labios han estado lanzando todo tipo de frases despectivas sobre la forma de manifestarse Donald Trump. Les aconsejo que empiecen a tomárselo en serio, aunque sólo sea porque se ha demostrado que él es solamente portavoz, a su manera, de una política seriamente concebida y consistente con unos objetivos, que el gobierno norteamericano está dispuesto a conseguir con inusitada rapidez.
Si queremos seguir divirtiéndonos con lo que emana de los EEUU actualmente, es mejor que giremos la mirada a los dirigentes venezolanos, europeos y, particularmente, a los españoles que, pillados “mirando las musarañas”, sus declaraciones (basadas en los sueños que se hacían antes de la citada intervención) son dignas, como mínimo, de una nueva “antología del disparate” y sobre todo indicativas de la realidad imaginaria en la que viven.
A Corina Machado le vendría bien conocer el drama de nuestro héroe ibero Viriato, que dio lugar a la famosa frase de “Roma no paga traidores”. ¿Qué creía? ¿Que Estados Unidos iba a confiar la recuperación de su “designio histórico” de “América para los americanos” a una presidencia de Venezuela que fuera a recuperar la democracia con un gobierno apoyado por la parte de la población que cree en un país libre, democrático y en los derechos humanos?. Es de imaginar la cara que se le habrá quedado a la Sra. Machado después de oír decir a Trump “Es una estupenda mujer, pero no tiene el respeto necesario para dirigir el país”. No hace falta decir más. Ha servido para lo que ha servido.
Pero viniendo al “celtiberia show” de nuestra política nacional ¿Qué va a decir Alberto N. Feijóo después de alegrarse de una “intervención histórica” de Estados Unidos y reivindicar la dirección del país para Edmundo González y Corina Machado?. Si hubiera leído a Churchill o al menos alguna antología de sus frases célebres, tal vez hubiera recordado aquello de “es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda”. Si pretendió ganarse la simpatía del gobierno norteamericano, que está deseando tener en la Moncloa alguien que le resulte más simpático que Sánchez, su poca inteligencia y prudencia le han traicionado. Así como a Isabel Ayuso, que dijo lo mismo, pero más enfáticamente aun.
Mayor disparate es la programática frase de nuestra gran política Ione Belarra (aunque mera portavoz del no menos grandioso cerebro estratégico, Pablo Iglesias) instando al gobierno español y a la Comisión Europea a “aislar internacionalmente a Trump y a romper todas las relaciones con el país norteamericano”. Podría explicar cómo un ratón es capaz de aislar a un elefante y con ello a lo mejor la inscribían en la lista Guines, porque si no, lo de “tonta laba” le puede caer encima para los restos.
¿Y que me dicen de Santiago Abascal?. Este sí que está haciendo “un pan como unas tortas”. Declarándose ferviente partidario de la política de esta presidencia norteamericana, celebra la restauración de la democracia en Venezuela; pero da la casualidad que lo hecho ha sido simplemente capturar a Maduro y mantener la dictadura chavista, tan odiada, según parecía, por Abascal. No liga muy bien esa actitud ante la intervención de un país soberano, parte de nuestro antiguo imperio, con la lógica de un partido como Vox, que tan nacionalista y patriota se considera, pues abona la estrategia de EEUU de amarrar a sus intereses también lo que quede de Europa una vez “renacionalizada” la UE, con la ayuda, como tontos útiles, de partidos como Vox. Abascal, en lugar de meterse en esas arenas movedizas antipatrióticas, que cada día resultan más evidentes, debería tomar ejemplo de ultranacionalistas más sólidos, como Marie Lepen que tiene capacidad para ver las cosas claras. Por ello, la maestra del ultranacionalismo en Europa, ha condenado claramente la intervención en Venezuela diciendo que “aceptar esta acción equivaldría a legitimar cualquier intervención futura”. Llegado el caso, Abascal acabará recibiendo de su admirado Trump la misma respuesta de “Roma no paga traidores”. Lo malo es que la traicionada entonces será nuestra patria: España. Porque como Trump, Marco Rubio y Pete Hegseth no han dejado de repetir “lo de Maduro les puede ocurrir a otros también” y eso no sólo se refiere a Cuba, Nicaragua y Groenlandia (ya su primer ministro, Jens Frederik Nielsen, ha rechazado las nuevas declaraciones del presidente estadounidense sobre la anexión de la isla por parte de Estados Unidos, exigiendo una postura firme de la UE al respecto) sino a los países europeos, una vez destruida la UE con la inconsciente, pero no menos traicionera, ayuda de políticos como Abascal.
Pero aquí también el resto de los dirigentes europeos, entre ellos los del PSOE y el conglomerado SUMAR parecen, como mínimo, estar en babia ante el nuevo escenario mundial que se nos presenta, porque con sus monótonas apelaciones al “respeto del derecho internacional”, no parecen querer darse cuenta de que la tan repetida letanía de algo tan moribundo como el “orden internacional”, o las “instituciones internacionales” como ya han de saber, aunque sólo sea por estar en el gobierno, han servido de algo cuando ha habido tras ellas, uno o dos países lo suficientemente grandes, poderosos y comprometidos en mantenerlos, y que ahora han decidió dejar de hacerlo. Tales potencias que fueron (como EEUU y Rusia) no obtienen ya nada suficientemente valioso a cambio; pago que es la base de cualquier sistema mundial que parta de una declaración de que todos los países y sistemas tienen los mismos poderes y derechos, sea cual sea su tamaño, peso y condición. Ese pago (en formas de dependencia que, en última instancia se convertían en rentas a favor de sus habitantes) es lo que durante unos sesenta años de los ochenta que vida que han tenido esas instituciones globales, es lo que ha permitido que no fueran pura retórica, y aquellos derechos mantenidos exclusivamente con la aquiescencia de los países a los que se les concedió, por pura lógica, derecho de veto en su día en todo aquello verdaderamente importante.
Se acabó ese mundo. Estamos en la violenta y resbaladiza transición a un nuevo sistema político mundial que, de momento va a ser de áreas de influencia sin eufemismos, con su núcleo, o núcleos de poder y sus dependientes (que puede que con el tiempo queden definidos por una categoría poblacional que ya ni se parezca a los estados nación). Sólo es cierta la incertidumbre y, en consecuencia, sea el que sea el nivel al que de momento queramos operar, ya sea al de nuestras míticas patrias o nuestras soñadas uniones multinacionales, en las que vivamos civilizadamente con mayores o menores desigualdades y con nuestras variadas diletancias éticas y estéticas, deberemos querer mejorar y no caer en la desesperación de matarnos, según la tecnología nos vaya permitiendo. Pero para ello no queda más remedio que dejar de mirar con añoranza al pasado, no pretender reconstruir lo irreconstruible y, desde luego, dejar de lado lo que de pronto, ante lo verdaderamente importante, se ha convertido en inútil: los enfrentamientos ideológicos partidistas nacidos bajo el paraguas del ya cadáver “orden internacional de postguerra”
De momento no puede haber nada más que un tema: de que mejor manera salvamos lo conseguido y con que sagacidad empleamos nuestros esfuerzos en sacar partido de lo que se va conformando. Eso quiere decir que para los europeos no hay más plan que una identidad europea, patriótica, en lugar de una destrucción de la misma, que significaría, en tal caso también, la de las patrias históricas. Así, lo que está ocurriendo podría ser una buena noticia, pero… ¿se sentarán nuestros políticos a hablar dejando cada uno de lado sus ya insustanciales pasados ideales?.

















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Magnífico análisis, doctor Morilla. Nuestra única oportunidad es una Europa fuerte y unida.
Para responder al artículo y debatir los argumentos presentados sobre el fin del orden internacional y la transición hacia un mundo de esferas de influencia, basándose en el contenido de las fuentes, me gustaría comentar varios puntos:
1. El riesgo de declarar «muerto» el derecho internacional
Para mi, aunque el sistema sea imperfecto, abandonar la «letanía» del derecho internacional en favor de un realismo descarnado no garantiza la estabilidad, sino que crea una «transición resbaladiza» donde la única regla es la fuerza. Sin un marco legal, incluso las potencias corren el riesgo de un agotamiento constante en conflictos interminables dentro de sus esferas de influencia.
2. La validez de la soberanía popular frente al «designio histórico»
Calificar de «traidores» a quienes buscan la libertad de su país bajo principios democráticos es una interpretación cínica que ignora la legitimidad de la voluntad popular. Si el nuevo orden de EE. UU. se basa solo en el «respeto» personal que un líder inspire a Trump y no en valores compartidos, dicho orden será intrínsecamente frágil y dependiente del capricho de un individuo, no de una «política seriamente concebida».
3. La contradicción de la «Identidad Europea Patriótica»
Existe una contradicción entre pedir una unión europea fuerte y, al mismo tiempo, considerar que los enfrentamientos ideológicos y las instituciones actuales son «inútiles» o «cadáveres». Si se despoja a Europa de sus bases democráticas y legales actuales por considerarlas «irreconstruibles», la construcción de una nueva identidad patriótica carecería de cimientos, dejando a los países europeos como piezas sueltas en el tablero de las grandes potencias.
4. El peligro de la «Renacionalización»
El artículo propone que la ética y el derecho han sido sustituidos por la fuerza y el interés. La respuesta lógica es que un mundo que solo entiende de «núcleos de poder» es un mundo en el que nadie, ni siquiera el «elefante», está a salvo del caos de una guerra perpetua por el control de su área.
Me gustaría conocer la respuesta a José Morilla Critz sobre mis planteamientos. Gracias
Gracias Sr. Jiménez por su extenso y razonado comentario, que indica una preocupación razonada por el tema que estimo más importante de la política actual.
No creo haber hecho una aproximación cínica a tan importante asunto o, en todo caso no ha sido mi intención. Lo que sí he tratado es de remover las conciencias para que nos demos cuenta de que por simplemente desear lo que ha sido bueno y hasta justo durante ochenta años, por quererlo fervientemente se vaya a mantener.
El mundo ha cambiado mucho. Eso no necesita comentarios. A pesar de creer que el orden internacional que hasta ahora ha estado funcionando se mantenía por los acuerdos adoptados por todos los países, su supervivencia ha dependido, sobre todo, de la capacidad que un país, EEUU, ha tenido de facilitar y defender los «bienes públicos globales». A éste la mayoría de los demás países le daban su confianza para ejercer ese papel con eficacia, cambio de cederle en la práctica parte de su soberanía (esto es lo que significaba el derecho de veto), permitirle bases a lo largo del planeta, ayudarle a sostener la estabilidad de su moneda como la moneda de todos, etc.
Pero ese papel se ha podido mantener mientras dicho país fuera consciente de obtener material y psicológicamente una ventaja por ello. Cosa que se ha ido erosionando sin descanso desde los años 80.
Ello
Esto ha llevado a que gran parte de su población haya comenzado a plantearse cada vez con más ansiedad que no obtiene ya grandes ventajas cumpliendo tal papel. Y como ocurre con las personas, ha acabado creándose una conciencia mayoritaria (en la práctica un movimiento político) que culpa a los demás de sus males y cree que puede utilizar el gran poder que tiene para dar la vuelta a la situación. Es decir, abandonar el derecho internacional creado y sus instituciones y volver a viejo principio de la ley del o de los más fuertes.
No discuto que esto es moralmente injusto. De hecho abomino de ello, pero para enfrentarse a la situación hay que reconocerla, no sólo lamentarse y, desde luego dejar de lado luchas intestinas que, son no sólo inútiles, sino perjudiciales en esta situación. Y por supuesto, no sirve de nada buscar soluciones en el pasado, como volver a encerrarse en el nacionalismo.
Bueno, creo que no debo cansarle más.
Le saludo afectuosamente
Muy acertado Pepe, totalmente de acuerdo con lo que dices
Gracias! Muy interesante visión. Ojalá encontremos UN camino!
Bien, pero no acabo de entender por qué al columnista le parece un disparate romper con EEUU o tomar represalias. ¿Europa debe asistir impasible a todo lo que ocurre? ¿También si invade Groenlandia? ¿La mejor manera de contener a un matón es seguir poniéndole buena cara?