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Un estudio alerta del desgaste democrático y recoge la advertencia del profesor Francisco Muñoz Romero: “la desinformación genera agotamiento, confusión y desafección”.
La desinformación ha dejado de ser una anomalía del sistema informativo para convertirse en parte del decorado cotidiano. Para una parte muy significativa de la juventud española, convivir con bulos, medias verdades y contenidos manipulados forma ya parte de la experiencia habitual de informarse. Así lo constata el estudio ¿Cuánto cuesta una mentira?, que advierte de un dato tan contundente como preocupante: el 87 % de los jóvenes considera que la desinformación ha dañado la calidad democrática en España.
El informe ha sido elaborado en colaboración con evercom, agencia independiente de comunicación y marketing, Fad Juventud y la Universidad Complutense de Madrid, y se apoya en una encuesta a 800 jóvenes de entre 15 y 24 años. Más allá de los porcentajes, el trabajo retrata un estado de ánimo generacional marcado por el cansancio, la frustración y la sensación creciente de que informarse en el entorno digital exige un esfuerzo constante para no perder el equilibrio. El problema, concluye el estudio, no es la falta de interés, sino la saturación informativa.
Informarse entre scrolls y titulares fugaces
Las pantallas se han convertido en la principal puerta de entrada a la realidad. Más del 70 % de los jóvenes reconoce que se informa fundamentalmente a través de redes sociales, muy por delante de la televisión, la radio o la prensa escrita. Informarse es hoy sinónimo de deslizar el dedo, encadenar vídeos, leer titulares y saltar de enlace en enlace sin apenas detenerse.
El estudio constata que ese consumo informativo se produce en un entorno donde se mezclan ocio, conversación y actualidad sin fronteras claras. El resultado es que ocho de cada diez jóvenes aseguran encontrarse con desinformación de manera frecuente, especialmente en contenidos vinculados a política, migraciones y conflictos internacionales.
Aunque un porcentaje relevante sigue a medios de comunicación y periodistas en redes sociales, la relación con la información tiende a quedarse en la superficie. Muchos reconocen que no pasan del titular y que el contraste sistemático no forma parte de su rutina. Solo un 13 % afirma verificar siempre los contenidos que consume. La mayoría lo hace solo a veces y una cuarta parte reconoce que rara vez comprueba si lo que lee o comparte es cierto.
En ese contexto, la desinformación deja de percibirse como una excepción y se normaliza como parte del paisaje digital. No se identifica siempre como un problema grave, sino como un ruido constante al que uno se acostumbra, aunque ese ruido termine pasando factura.
El impacto emocional de no saber a qué creer
Más allá de la calidad informativa, el estudio pone el foco en una dimensión a menudo olvidada: el impacto emocional de convivir con noticias falsas o manipuladas. El 67 % de los jóvenes afirma que no puede confiar plenamente en la información que encuentra en redes sociales. Esa desconfianza permanente genera un estado de duda que se traduce en cansancio cognitivo y desgaste emocional.
Más de la mitad admite sentirse confundida o decepcionada cuando descubre que una noticia que daba por cierta era falsa. Un 63 % se siente frustrado al comprobar cómo los bulos se difunden con facilidad entre otras personas y un 54 % reconoce experimentar impotencia ante la rapidez con la que circulan.
El dato más revelador quizá sea este: un 35 % confiesa sentir ansiedad ante la posibilidad de estar conviviendo con noticias falsas sin ser capaz de identificarlas. Informarse, lejos de aportar seguridad o comprensión del entorno, se convierte en una actividad que genera inquietud.
Ese malestar acaba provocando estrategias de retirada. Un 42 % afirma terminar mentalmente agotado tras navegar por redes sociales y uno de cada tres ha abandonado temporalmente estas plataformas por saturación. Otro 40 % reconoce haberse planteado hacerlo. No por desinterés en la actualidad, sino por autoprotección.
Democracia cansada y vínculos debilitados
Cuando informarse cansa, la democracia se resiente. El estudio señala una pérdida clara de confianza en los distintos actores del ecosistema informativo. Apenas un 43 % de los jóvenes confía en los medios tradicionales y la confianza en la información que circula por redes sociales desciende todavía más.
No resulta extraño, por tanto, que una mayoría perciba la desinformación como un problema estructural, no como algo anecdótico. El 87 % considera que ha dañado la calidad democrática del país y cuatro de cada diez creen que las instituciones no están preparadas para afrontar su impacto en la opinión pública y la convivencia.
Según los propios jóvenes, los bulos contribuyen a manipular la opinión pública, a aumentar la polarización social y a erosionar la credibilidad de las instituciones. Esta percepción tiene su reflejo en la participación. Apenas una cuarta parte forma parte de asociaciones o colectivos y más del 40 % reconoce no haber votado nunca, pese a tener edad para hacerlo.
La lectura es clara: no estamos ante una generación apática, sino ante una generación desgastada. Como señala Francisco Muñoz Romero, profesor de Comunicación Institucional e Imagen Pública de la Universidad Complutense de Madrid, la hiperexposición digital ha creado cámaras de eco que fragmentan la realidad y generan un auténtico estado de malestar. La desafección no nace de la indiferencia, sino del agotamiento.
Exigir responsabilidades y aprender a orientarse
Pese a este diagnóstico preocupante, el estudio no muestra una juventud resignada. Al contrario, los datos reflejan una demanda clara de responsabilidades. Tres de cada cuatro jóvenes consideran que las plataformas digitales deberían advertir de manera visible cuando un contenido es dudoso y un 67 % cree que estas empresas no están haciendo lo suficiente para frenar la difusión de noticias falsas.
También señalan a los medios de comunicación y a las instituciones públicas como actores clave para recuperar un entorno informativo más fiable y transparente. Pero, junto a esa exigencia, aparece una petición muy concreta: herramientas para defenderse mejor.
El 83 % cree que aprender a detectar bulos protege su bienestar emocional y el 80 % considera esencial saber distinguir entre información verdadera y falsa en los entornos digitales. Más del 60 % reclama formación específica en este ámbito y muchos consideran que centros educativos y espacios de trabajo deberían ofrecer programas de alfabetización mediática.
La educación aparece así como una pieza clave para reconstruir la confianza. No se trata de fomentar la desconfianza permanente ni de enseñar a sospechar de todo, sino de dotar a la juventud de criterios, habilidades y referencias que le permitan orientarse en un ecosistema saturado sin vivir en tensión constante.
No es casual que el informe haya tenido un amplio eco en medios nacionales como RTVE o El Periódico, además de en publicaciones especializadas en comunicación. La desinformación juvenil ha dejado de ser un asunto sectorial para convertirse en una cuestión democrática de primer nivel.
El mensaje de fondo es tan sencillo como incómodo: cuando la mentira se normaliza, el coste no lo paga solo la verdad. Lo paga también la salud emocional, la confianza colectiva y la relación entre las nuevas generaciones y la democracia. Y ese es un precio demasiado alto como para seguir mirando hacia otro lado.
👉 Ver Estudio · Desinformación y bienestar emocional en jóvenes (evercom)
















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