- Nogués acusa al gobierno local de improvisación y propaganda, señalando que el desorden de las obras alimenta el malestar y el desencanto vecinal.

Enrique Nogués es concejal socialista en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares
Dicen que obras son amores y no buenas razones, pero en Alcalá parece que las obras son más bien excusas. Excusas para hacerse fotos, para alimentar un relato electoral, para intentar demostrar que se ha hecho algo después de dos años y medio en blanco. Porque, seamos sinceros, la prioridad de la alcaldesa no son los vecinos, sino el titular. No es el bienestar diario, sino la campaña que ya tiene en mente, su imagen, su proyección hacia arriba es lo primero, después vendrá lo demás.
Los atascos, la falta de previsión, las obras que se superponen unas con otras… todo eso parece secundario frente a la urgencia de poder decir “hemos hecho”. Pero ¿hacer qué y cómo? ¿Alguien se imagina que el gobierno anterior hubiera decidido ejecutar, justo el año antes de las elecciones, todas las obras que ya estaban planificadas y presupuestadas? ¿los 21 parques reformándose a la vez? ¿El asfaltado de Reyes Católicos junto con el de vía Complutense? Habríamos tachado aquello de auténtico disparate, un caos innecesario. Pues eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora.
Durante más de dos años, nada. Silencio administrativo y parálisis. Y, de repente, la ciudad se ha convertido en un laberinto de vallas, grúas y calles cortadas. Y mientras tanto, los vecinos, los que madrugan, los que llevan a los niños y niñas al colegio, los que trabajan y viven aquí, somos los que sufrimos las consecuencias.
Porque hacer obras no equivale a solucionar problemas. Que se lo digan a los vecinos de Nueva Alcalá o de los Gorriones, donde hay calles a medio asfaltar, aceras que se quedan a medias y remates que parecen de principiante. La alcaldesa fue a hacerse la foto con las obras, sí, pero no con el resultado final. Y normal: a cualquiera le daría vergüenza presumir de semejantes chapuzas. Las obras molestan, claro, pero asumimos esa molestia cuando entendemos que hay un beneficio común detrás, no este caos mal planificado.
Y mientras tanto, la crispación crece. El mal ambiente se propaga como un gas invisible que todo lo contamina. Hemos pasado de tener una ciudad referente, que presumía de su Semana Santa de interés turístico nacional o del Don Juan en Alcalá, que peatonalizaba su casco histórico, arreglaba sus parques y cuidaba su patrimonio natural, a ser noticia por enfrentamientos políticos o por comportamientos racistas que nunca habían tenido cabida en una Alcalá acogedora y diversa.
Este colapso del día a día —el ruido, los atascos, la desidia— no solo entorpece la vida de los vecinos, sino que alimenta el desencanto, el “todo va mal”, el “la política no sirve”. Y en ese terreno, ya se sabe quién gana: la ultraderecha, que se alimenta del malestar, del hartazgo y del cinismo. Lo más grave es que la alcaldesa lo sabe. Lo sabe, lo respalda y lo asume.
Porque, al final, no son las obras lo que molesta. Es la falta de respeto a una ciudad que merecía planificación, diálogo y orgullo, no propaganda y caos.

















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