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Entre la militancia comunista, la fe cristiana y los mojitos, Dori encarna la memoria viva y festiva de Alcalá.
- Crónica gráfica de Pedro Enrique Andarelli para ALCALÁ HOY
En el corazón del recinto ferial de la Isla del Colegio, donde las luces de las atracciones compiten con la música de las casetas y el bullicio del público, hay un rincón que se ha convertido en parada obligada para generaciones de alcalaínos. Allí, tras la barra de la caseta del Centro Social 13 Rosas, se encuentra Adoración Corral —para todos, Dori—, que este diciembre soplará nada menos que noventa velas. Una vida entera, y buena parte de ella, sirviendo mojitos con la misma sonrisa, la misma retranca y la misma coherencia política y vital que la han convertido en un símbolo de las Ferias de Alcalá.
Hablar con Dori es abrir un libro de historia local. Solo a veces las fechas se le cruzan, pero la memoria le funciona con la lucidez de quien ha vivido intensamente casi un siglo. Recuerda, por ejemplo, cuando vendía mojitos con un simple cubo en la Plaza de Cervantes, mucho antes de que el Partido Comunista fuese legalizado en España el 9 de abril de 1977, en el histórico “Sábado Santo Rojo”. Han pasado más de tres décadas desde que se instalara de forma estable en las ferias, y todavía sigue al pie del cañón, atendiendo a vecinos y vecinas con la misma cercanía de siempre. “Por lo menos treinta años”, asegura, aunque quienes la conocen saben que son bastantes más.
De hecho, si uno repasa la geografía cambiante de las Ferias de Alcalá, Dori es de las pocas personas que puede enumerar, de memoria y con detalle, los lugares por los que han pasado: primero la Plaza de Cervantes, después la Virgen del Val, el parque a la entrada… hasta acabar fijándose definitivamente en la Isla del Colegio. “Donde hubiera sitio, allí montábamos”, resume con sabiduría popular.
Una vida entre mojitos, política y catequesis
Dori es comunista de toda la vida. Lo dice con naturalidad y sin grandilocuencias, porque lo suyo no es la pose sino la militancia coherente. En los años de la clandestinidad, cuando el PCE todavía era ilegal, ya participaba en las reuniones y trabajaba por la causa. “A mí tardaron tres años en darme el carnet, pero nunca lo negué”, recuerda. Y sin embargo, añade con la misma tranquilidad, ella también era, y sigue siendo, católica. Fue catequista, dio clases de religión a decenas de niños y mantiene su fe como quien guarda una llama discreta pero firme. “No hay contradicción”, afirma con convicción. “He conocido gente muy buena en la iglesia y muy buena en el partido”.
La mezcla puede sonar extraña a quien mire desde fuera, pero en realidad define bien a Dori: una mujer puente entre mundos, capaz de ser “roja y cristiana” al mismo tiempo, de pedirle a un cura ayuda por los hijos de un detenido, o de reconciliarse con la memoria de aquellos tiempos sin rencor gratuito. Incluso cuando recuerda la tragedia familiar, su padre, fusilado en la guerra por ser comunista, lo hace sin levantar la voz, con la serenidad de quien aprendió a vivir con las ausencias.
Pero si hay algo que la ha acompañado siempre es su enorme capacidad de querer. Lo dice ella misma: “Si es persona buena, ¿por qué no voy a quererla?”. Y por eso no extraña que su caseta se llene de nietos, de vecinos, de antiguos catecúmenos que ahora regresan como adultos para darle un abrazo y pedirle un mojito. La familia de sangre también se multiplica: dos hijos, un médico y una profesora, cinco nietos y varios biznietos que completan la estampa de una vida fecunda.
El entorno de la caseta del Centro Social 13 Rosas también ayuda a entender el magnetismo de Dori. La asociación, nacida para tejer redes solidarias en la ciudad y mantener viva la memoria de las Trece Rosas fusiladas en 1939, encarna muchos de los valores que ella misma representa: justicia social, igualdad, lucha contra la discriminación, memoria democrática. En sus Puntos Violeta y Arcoíris han acompañado a víctimas de agresiones machistas y homófobas; en su Asamblea de Vivienda han evitado desahucios y denunciado estafas; en los momentos más duros de la pandemia organizaron recogidas de alimentos y apoyo psicológico. La suya no es solo una caseta de feria: es un espacio político y social, un punto de encuentro para quienes creen que otra Alcalá es posible.
Tradición anual y paseo por el ferial
Este año, como en tantos anteriores, la visita a Dori se convirtió para nuestro medio en una tradición inevitable. El lunes 25 de agosto, tres días después de la apertura oficial del recinto, allí estaba ella, incansable, con su cubo de mojitos, atendiendo a jóvenes, veteranos, curiosos y militantes. Y como es costumbre, nos invitó a degustar uno de sus mojitos, en mi caso, sin alcohol, que fui apurando poco a poco durante toda la tarde-noche en el recorrido por el ferial. De paso, aprovechamos para pasearnos por el resto: un vistazo a la caseta de Más Madrid, otro a la de Vox en el fondo sur, y un recorrido por las atracciones, los puestos de algodón y las inevitables tómbolas que dibujan la geografía efímera de cada verano complutense.
Pero la crónica no estaría completa sin volver a Dori, a esa mujer que pronto cumplirá noventa años y que se ha ganado el cariño de toda Alcalá. Lo suyo no es nostalgia, aunque hable de la Plaza Cervantes, de los tiempos de la clandestinidad o de las casas de Corea, como se conocía a los bloques de la avenida de Guadalajara donde se alojaban militares estadounidenses destinados en la cercana base de Torrejón de Ardoz. Lo suyo es vitalidad: seguir en activo, seguir sirviendo mojitos, seguir defendiendo lo que cree justo. Y, sobre todo, seguir siendo querida.
Quizá por eso, cuando uno se despide de ella tras una charla interminable, siente que ha pasado por algo más que una barra de feria. Ha pasado por un pedazo de la historia viva de Alcalá de Henares, servida en vaso largo, con hierbabuena, azúcar y la sonrisa de Dori. La abuela del mojito.
















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