LA CABEZA DE TURCO DE NOELIA NÚÑEZ | Por Miguel Ángel Bañuelos

La dimisión de Noelia Núñez por falsear su currículum ha sido el detonante de una reflexión más amplia que Miguel Ángel Bañuelos aborda sin ambages. Para el autor, la joven política popular no es sino el chivo expiatorio de un sistema viciado, que hace tiempo dejó de premiar el mérito y la verdad. Su texto, ácido y certero, desnuda las contradicciones de una clase dirigente atrapada en su propia farsa.

Foto de agencias
  • Más allá del escarnio mediático, la caída de Noelia Núñez revela un sistema político agotado, sostenido por mentiras, precariedad y redes clientelares.

El falseamiento del currículum y posterior dimisión de la que ya es ex-diputada popular Noelia Núñez, sólo es un síntoma más de la degeneración del régimen partitocrático que hoy tenemos que sufrir todos los ciudadanos. Que los políticos mientan sobre su formación académica y engañen con promesas electorales que nunca cumplen, ha llegado a ser  habitual y cotididiano entre una clase que en los últimos 30 años ha conseguido que el salario medio real de los españoles sólo haya crecido un 2,76% , cuando en el conjunto  de los países de la OCDE los sueldos reales se han incrementado un 30,8%.

Si los irlandeses y los españoles hace 30 años teníamos prácticamente el mismo salario medio, los primeros cobran hoy un 63% más que los nacionales. La razón es obvia, mientras nuestra casta política apostó por el ladrillo, el turismo y empleos de bajo valor añadido con cotizaciones raquíticas para sostener el sistema de la Seguridad Social, Irlanda prefirió aumentar el peso de la industria y la productividad. E hizo todo eso con una menor presión fiscal impositiva según los datos aportados en el año 2023 por el portal datosmacro.com.

Así que en estos últimos 30 años, o incluso más allá en el tiempo, España ha sufrido una desindustrialización galopante, un aumento del precio de la vivienda desorbitante para nuestros jóvenes y un incremento del trabajo precario propiciado por un modelo productivo implementado por unos políticos que, de manera paralela, han generado un engranaje de chiringuitos y redes clientelares del que la sacrificada en ofrenda para el mantenimiento del mismo, Noelia Núñez, formaba parte.

Porque la verdad, cuesta creer que la dimisión de Noelia Núñez sea voluntaria como bien apuntara la escritora Ana Iris Simón en uno de los programas televisivos donde se mostró a la política susodicha como un pelele, para que sirviera de escarnio público ante todos los televidentes y la sociedad en su conjunto. Como si las mentirijillas de una mujer compungida y sollozosa como una púber de 15 años fuera equiparable a la corrupción de los montoros, ábalos y cerdanes.

Una función grotesca y orwelliana donde una niña de 33 años expuesta a diferentes medios de comunicación, no sólo era culpada de haber mentido con inexistentes titulaciones, sino también de haber engañado a la Universidad Francisco Marroquín (la misma donde Javier Fernández Lasquetty fue Vicerrector), por presentarse como Profesora de Ciencias Políticas y ser utilizada en diferentes videos promocionales de dicha universidad de gancho de captación para nuevo alumnado.

Seguramente si esta mujer hubiera formado parte del equipo del paleolibertario chileno Johannes Kaiser, o del líder salvadoreño referente de la derecha norteamericana Nayib Bukele, hubiera sabido que no es necesario tener un grado para alcanzar el éxito en la política. Pero Noelia Núñez es víctima del clasismo que aún anida en el PP, un partido  donde posiblemente le debieron exigir tener un título universitario aunque fuera obtenido mediante trabajos a golpe de talonario en alguna universidad privada. Y claro, una vez abierta la caja de Pandora, el embuste se hizo compulsivo y Noelia decidió libremente tener tres carreras en vez una, ya que tenía que seguir haciendo méritos para ascender en el aparato de la formación.

El proceso de transición del adolescente al adulto y que Noelia Núñez finalmente ha alcanzado a la edad de Cristo, como si de un rito iniciático se tratara, es duro pero necesario. El hecho que en su despacho se exhibiera una bandera de Gadsden bastante cutre junto a un retrato de la imperialista Margaret Thatcher, negacionista de la soberanía de nuestros pueblos hermanos argentino y chileno sobre las Islas Malvinas y la plataforma continental antártica, es ya una contradicción en esencia.  No se puede igualar un símbolo emancipador de la metrópoli creado por un general libertador y publicitado mundialmente por la banda Metallica en su quinto álbum, con un Estado que desde su territorio se promueven movimientos indigenistas y separatistas en la Araucanía chilena y la Patagonia argentina en busca de adueñarse de recursos ajenos.

En el desarrollo de una mentalidad crítica propia, Noelia Núñez debe asimilar que no es lo mismo el intervencionismo de Friedrich Hayek que el “aislacionismo” de Murray Rothbard, de igual manera que no se puede asemejar la política internacional de Ron Paul con la de José María Aznar, que aunque buscara los intereses representativos de España al alejarse de Jacques Chirac y Gerhard Schröder aproximándose a George Bush II, no es menos cierto que apoyó implícitamente la política neocón de Robert Kagan, lo que a efectos prácticos ha conducido a Estados Unidos al sobreendeudamiento y a Iraq, Libia y Afganistán al desastre.

El que firma el presente artículo no es nadie  para decir qué tiene que pensar o no Noelia Núñez, aunque sí le aconsejo que al menos sea coherente con sus ideas conforme a su yo y sus circunstancias (como nos dijera Ortega y Gasset). Como también le recomiendo, aunque dudo que llegue a leer estas líneas,  que se aleje de los  gurús que le rodean (en palabras de Alexander Elder) y que ahora le ofrecen en compensación contratos televisivos para que siga siendo fuente de entretenimiento y diversión de las masas cretinizadas. El humillarse y arrastrarse de plató en plató, para que otros puedan mostrarse ante el electorado, como diferentes al doctor Sánchez y Pilar Bernabé, es un espectáculo lamentable que ninguna persona merece vivir.

 

 

 

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