Kamala, ¡Es la desigualdad! | José Morilla Critz

"Bernie Sanders, el incómodo disidente del Partido Demócrata ha resumido lo ocurrido en las elecciones presidenciales de EEUU: No debería ser una gran sorpresa que un partido demócrata que ha abandonado a la gente de la clase trabajadora descubra que la clase trabajadora le ha abandonado".

Foto de agencias
  • José Morilla Critz, catedrático emérito de la Universidad de Alcalá.
José Morilla Critz, catedrático emérito de la Facultad de Económicas y Empresariales

 

De manera más adecuada a la estructura social actual de EEUU, esas palabras quieren decir, sencillamente, que el Partido Demócrata ha dejado de ser defensor de los “perdedores” que es lo que preconizó desde su fundación en 1828. Defendía entonces los intereses de los plantadores del sur (esclavistas, pero marginados del poder por las élites industriales del norte) de los pequeños agricultores de ese mismo sur y del oeste. Después se erigió en el defensor de las clases populares frente a la élite comercial y manufacturera y en paladín de las reformas políticas y sociales. Con sus contradicciones, fue avanzando hasta 1933 en que, con el país arrasado por la crisis de 1929, F.D. Roosevelt acercó enérgicamente la política del partido al reformismo social que en Europa empezaban entonces a practicar los laboristas y socialdemócratas más moderados. El punto álgido en ese sesgo progresista lo alcanzó en 1964 y 1965 con el presidente L.B Johnson y sus medidas para una “Great Society”, que llevaron a una amplia intervención del Estado a favor de los sectores populares y “perdedores” de entonces, como fue, por ejemplo, la Ley de Derechos Civiles.

Fuera de esa crítica de Bernie Sanders, las explicaciones dadas para tan extraordinaria derrota frente a Trump, como la de la tardía entrada en campaña, la rémora de ser vicepresidenta de un Biden con una bajísima popularidad, ser mujer no blanca, etc., que son las justificaciones de los líderes más establecidos del partido, tales como Nancy Pelosi, o Barack Obama, son excusas irrelevantes.

El abandono de los “perdedores” no es de hoy. Se ha ido fraguando desde los años setenta del siglo XX en la que con la aquiescencia de los demócratas y, sobre todo, de Bill Clinton (1993-2001) se fue liquidando la era de la gran compresión (así, sin n) en palabras del brillante especialista en cliodinámica Peter Turchin, que en su reciente libro Final de Partida. Élites, contraélites y el camino de la desintegración política, ha explicado las conclusiones de un trabajo empírico de un equipo multidisciplinar de investigadores sociales, que barajando una increíble cantidad de “big data”, nos ha revelado el ritmo de las grandes crisis institucionales que han atravesado y atraviesan las sociedades estatales a largo plazo, entre ellas la norteamericana. Ese ingente trabajo ya le había llevado en 2010 en un artículo en la revista Nature a predecir con extraordinaria precisión el fuerte pico de inestabilidad, enfrentamiento y crisis institucional del comienzo de los años 20 (el primer y turbulento acceso al poder de Trump, su derrota ante Biden, los desórdenes y el asalto al Congreso) que subvirtieron en grado extremo las tradicionales bases de la política norteamericana. Con su nuevo libro, demuestra que ese no fue un epifenómeno, sino el comienzo de un período en el cual va a seguir subvirtiéndose tal orden, sin saberse a priori si dará lugar a una revolución, una gran disrupción de valores e instituciones o un conflicto civil.

El fin de la gran compresión significa que se rompió el pacto social implícito de las décadas progresistas habidas tras 1933, de sostenida reducción de las diferencias económicas y sociales que y desde entonces tales diferencias han ido creciendo. Así los salarios “típicos” (trabajadores no cualificados  o de los trabajadores de la industria manufacturera; dando igual el sector siempre que utilicemos el mismo grupo) han ido perdiendo valor adquisitivo sin descanso, de tal modo que ya en 2010 se había reducido a la mitad, teniendo como contrapartida que el número de superricos (con un patrimonio mínimo de diez millones de dólares constantes ) se multiplicó por más de diez entre 1983 y 2019; de manera que tal sector pasó de representar el 0,08 por ciento de la población norteamericana al 0,54 por ciento. Esto ha significado que el patrimonio de la familia media ha disminuido drásticamente, con lo que ha crecido notablemente la divergencia entre el bienestar de los estadounidenses comunes y corrientes y el de la élite adinerada. Lo que sido nefasto para la estabilidad social, pues que multiplica todas divergencias derivadas de cualesquiera otras diferencias (raza, sexo, origen, etc.) que existan.

No todos los salarios han tenido ese descalabro continuado en su valor adquisitivo y en su pérdida de peso relativo en el PIB, puesto que de él han escapado los elevados (gestores públicos y privados, los de los famosos, sean artistas, escritores, políticos, periodistas, etc.) que se han distanciado más y más de los corrientes. Ello, unido a la entrada masivamente en la especulación de sus ahorros en una economía que ha encubierto su deterioro productivo con las inversiones de los enormes excedentes de las economías emergentes, ha enriquecido a los grupos de “gente bien”, que han pasado a ocupar los escalones bajos (los millonarios, y los decamillonarios) de una élite en cuya cúspide están los cienmillonarios y los milmillonarios. Los primeros (10% de la población) tienen mucho poder sobre sus propias vidas, los segundos (1%) mucho poder sobre los demás y los terceros (0,3%) un inmenso poder.

Curiosamente, a los del grupo del 10%, que han pasado a ocupar los escalones bajos de los millonarios, pertenece hoy la base dirigente del Partido Demócrata. Naturalmente, como tradicionalmente les ha ocurrido a los candidatos republicanos, poca autoridad tienen ya para dirigirse atractivamente a los contumaces perdedores de la sociedad americana. De modo que la clave de las pasadas elecciones no era “¡idiota es la economía !, sino ¡Idiota es la desigualdad! Y como otros perdedores en ese nuevo reparto de la renta han sido los presupuestos estatales y federales debido a las continuas reducciones de impuestos y gastos sociales con la aquiescencia de republicanos y demócratas, éstos han visto reducida progresivamente la confianza de sus tradicionales votantes.

Los demócratas han creído ir encontrando en el programa woke (una ampliación y profundización de los derechos civiles en los asuntos de género, violencia machista, inmigración, discriminación racial, LGTBI, etc.) una nueva conexión con la mayoría, pero aparte de tal programa sea necesario y justo, hay una importante correlación en el sentido de lo económico a lo moral y es aceptado  también por no pocos republicanos, como el propio Trump ha demostrado, considerando muy correcto que uno de sus sólidos feudos, Florida, haya confirmado la legalidad del aborto. Y, en todo caso, muchos pequeños segmentos del electorado sumados no formarán nunca una mayoría tan significativa como la definida por la pérdida de la esperanza de alcanzar el “sueño americano” y de la sólida aversión por la involucración de EEUU en guerras exteriores.

Así pues, incapaz cada vez más el Partido Demócrata de acercarse a los perdedores, no tiene nada de extraño que Kamala Harris no haya tenido más remedio que hacer una campaña de silencios y generalidades. Silencios sobre las guerras, generalidades sobre la democracia y el peligro de pérdida de libertades y centrarse en algún aspecto puntual del programa woke como el derecho al aborto, porque en la barrera a la inmigración o la guerra de Gaza tenía que pasar de puntillas, dada su posición mantenida como vicepresidenta. Así, no se pueden ganar unas elecciones.

Con el campo libre, Trump ha podido prometer cualquier cosa, aunque al tiempo que lo hacía seguramente pensara como una vez dijo Tierno Galván: Los programas electorales se hacen para no cumplirlos. Y el caso es que los norteamericanos perdedores, que ya han comprobado que poco se puede esperar del Estado porque los políticos que dicen creer en él han contribuido a reducir su papel tanto como los que explícitamente dicen que es un estorbo, van comportándose cada vez más como la plebe romana, que fue abandonando un Estado que cada vez les ofrecía menos y entregándose en manos de potentados privados, iniciando así el camino al feudalismo. No en balde, Yanis Varoufakis ha dado carta de naturaleza al término tecno-feudalismo (Tecno-feudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo) al sistema que se va acercando la sociedad actual, cuya lectura recomiendo para entender que está pasando en las sociedades actuales, manifestados con más claridad que en cualquier otro lugar en el epicentro del sistema: Estados Unidos.

 

 

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1 Comentario

  1. Acertado análisis, al que nada tengo que cuestionar aunque sí me gustaría hacer algunas pequeñas puntualizaciones.
    La primera, que con la «corrección política», ahora llamada «movimiento woke», se cumplió el conocido refrán de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Vamos, que se pasaron de rosca y, partiendo de unos postulados respetables que no discuto, acabaron cayendo en exageraciones absurdas cuando no aberrantes, a la par que completamente alejadas de los problemas reales de la mayoría de la población. Algo, por cierto, que lleva haciendo en Europa, y también en España, una extrema izquierda incapaz de olvidarse de sus delirios para trabajar, desde sus postulados propios, en beneficio real de la ciudadanía, algo que por desgracia no deja de ser una utopía.
    Lo triste es que la gente, lo puedo entencer pero no aceptar, es que por huir de la sartén acaba cayendo en el fuego. Con independencia de todo lo criticable que tenga el Partido Demócrata norteamericano, Donald Trump ya dejó bien claro lo que era capaz de hacer y, todavía peor, de no hacer, por lo que no deberían llamarse a engaño ya que todos los que estaban justamente indignados con los demócratas mucho me temo que no se vayan a ver beneficiados con este populista del que si algo está medianamente claro es que jamás moverá un dedo por ayudar a las clases más desfavorecidas de su país, que son precisamente las que le dieron la victoria.
    Y lo más preocupante es que en España y en Europa estamos padeciendo lo mismo, véase personajes como Berlusconi, Boris Johnson, Marine Le Pen, Giorgia Meloni, Vikton Orban o, ya en nuestro país, el cañí Jesús Gil y más recientemente Puigdemont, Abascal, Pablo Iglesias o la inefable Isabel Díaz Ayuso, inventora -o mejor dicho transmisora de las ideas de su cerebro gris Miguel Ángel Rodríguez- de un seudonacionalismo madrileño calcado literalmente del irredentismo catalán.
    Estos populismos, lejos de estar asociados como se nos pretende hacer creer a unas ideologías determinadas, son completamente transversales, y se nutren del justo cabreo de unos ciudadanos que al parecer son incapaces de percibir que ya no se trata de elegir entre el malo y el peor, sino entre entre el peor y el pésimo para desgracia de todos. Mientras tanto, los partidos tradicionales -conviene no olvidar que, aunque reverstido con los ropajes del partido Republicano Trump es, como dicen allí, un outsider, es decir, que va por libre- siguen incapaces de reaccionar ante unas reivindicaciones que no pueden ser más claras: dejarse de sus peleas y sus discusiones bizantinas para atender a las reclamaciones de los ciudadanos, perfectamente conocidas, a lo que añadiría algo tan importante como acabar con la plaga de políticos mediocres, incapaces y sin escrúpulos -véase el ejemplo de las recientes inundaciones- que han acaparado los puestos de poder de todos los partidos sin excepción alguna.
    Mientras tanto, iremos cada vez más de mal en peor.

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